Vuelo del punto B al punto A

Félix López /Andalucía

Otra vez de paso por Barajas. El aeropuerto que conecta con afectos y una larga lista de deseos. Como falta media hora para abordar a La Habana me voy a entretener en lo que más me gusta: contar lo que veo, escucho y siento.

Anoche tomé el último vuelo de Almería a Madrid. Elegí un hotel a tres kilómetros de Barajas para soñar ocho horas. El hospedaje es tan generoso que incluye buscarte y devolverte al aeropuerto. Cuando salí al andén, además de 10 grados, encontré el microbús con el nombre de mi hotel. Era el único pasajero y elegí sentarme junto al chofer. Un joven educado y desinhibido. Aproveché para llamar a casa y dar las buenas noches. Cuando colgué X me dijo con seguridad: “Eres cubano. Ese acento no se me escapa”.  Le pregunté dónde había desarrollado esa habilidad. “Estuve en Cuba antes del COVID. En un viaje turístico solo porque pagué un paquete, pero mi interés era descubrir a la Cuba que tenía idealizada, por mis abuelos y mis padres”. 

Indagué curioso qué había encontrado y él apuró su historia en los 15 minutos que nos separaban de nuestro destino. X comenzó por elogiar la maravilla de gente que son los cubanos, lo cálidas y hermosas que son las playas y el ingenio que presupone el museo automovilístico rodante que se disfruta en las calles. Hizo una pausa, aprovechó una luz roja y no se guardó las decepciones: “No me gustó la precariedad con que se vive. Falta de todo. Menos gente inconforme que te cuenta su calvario y chicas que se te ofrecen por casi nada. Verás mañana en tu vuelo a muchos viejos que viajan solos. A su aventura sexual a costa de la necesidad ajena”.

Yo no quería ni interrumpirlo. No había una sola pizca de mala leche en su relato. Más bien me trasmitía su tristeza. Entonces hablamos de lo inevitable. De la maldición geopolítica de Cuba. Del bloqueo y el socialismo ineficiente. X sabía que le quedaban unas pocas cuadras y no quería perder la oportunidad de mostrarme que no carga ni un solo pelo de tonto.

Hizo una pausa, como para ordenar ideas, y se lanzó las conclusiones: “Yo creo que lo peor que le pasa a Cuba es que se quedó enredada en el conflicto con los yanquis. Si sabes que estás ahí a un pasito y es tu destino tienes que ser feliz a toda costa. Dejar que la gente cree. Al que rueda todavía un Chevrolet del año 56 no hay bloqueador que lo pare. Pero hay que ponerle en la mano una vara y no el pescado. La primera vez que entregas algo gratis a una persona te lo agradecerá. La segunda se asombrará. La tercera lo llenará de expectativas. La cuarta sentirá que tiene derecho a recibir sin mover un dedo. La quinta ya será un adicto dependiente y si para la sexta no le dan nada, porque ya no hay o porque no alcanza, nacerá el resentimiento. Cuba está en esa última fase. Nadie quiere ni se merece que lo conviertan en parásito. Y…, ya hemos llegado al Sercotel. Bienvenido!”.

Nos dimos un apretón de manos, con el deseo de no acabar la charla. Pero X debía seguir en su aburrido trabajo de dar la misma vuelta quince veces por jornada, para después viajar una hora a Toledo, solo porque “en Madrid ya no se puede vivir con sus precios prohibitivos para los obreros mileuristas”.  Me he ido a la cama pensando que este chico se merece una vida mejor. Y he sentido vergüenza de que en un solo viaje, con todo y sus lagunas, entendiera la encrucijada de Cuba con mucho más realismo que ciertos burócratas entrampados en ir de un punto a otro, como si la vida de la gente fuese una ecuación sin alma.

Termino esta historia sentado en el avión. Mientras mis compañeros de vuelo abordan, recuerdo a X y observo a los señores que viajan solos, tratando de adivinar quién es turista, quién es empresario y quién es putero. Por suerte para Cuba…, también van algunas familias de españoles, ilusionados como X por descubrir la isla que otros le contaron. (Tomado del Facebook de Félix López)

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