La crónica que nunca imaginé

Desde esta acera:

Manuel Juan Somoza/La Habana

Escribir una crónica sobre la Cuba de estos tiempos es deprimente, al menos si se busca esa objetividad tan esquiva siempre como la verdad, que no es la misma de este lado de la acera que del otro.

Y resulta todavía más desgarrador si uno pertenece a esa generación que de regreso ahora a la semilla se dedicó de lleno en mayoría y sin esperar nada a cambio a levantar una Nación que suponía llegaría a estar entre las más justas y prósperas del planeta.

 No les importaron a los adolescentes del 59 ni las dolorosas rupturas familiares, ni los ataques a tiros y bombazos de aquellos que todavía creen en otros paradigmas.

No los contuvo ni la amenaza de un ataque nuclear del Norte (EEUU), ni los desmovilizaron las inconsistencias y contradicciones que comenzaron a aflorar una década después de que todo comenzara, y fueron creando, agrandando y consolidando una especie de sedimento paralizador en lo económico, en lo político, social, cultural y espiritual.

Por esa ruta compleja ha continuado el andar de la isla hasta llegar a este mes de abril de 2024 en el que los cubanos padecemos otra crisis tan estremecedora y al mismo tiempo distinta a la de los años 90, porque todo indica que llegó la hora de pagar las cuentas que se arrastran. 

La vida, más testaruda que sueños y esperanzas, no admite nuevas dilaciones, otros remiendos, ni más equivocaciones, ni congresos formales, ni consignas de épocas distintas, ni discursos sin resultados palpables, aunque garantizar la independencia y la soberanía nacional siga siendo un principio irrenunciable.

Es doloroso escribir de Cuba cuando un veinteañero te toca a la puerta y dice: “Puro, le cambio esta ristra de ajos por azúcar o por cigarros o por detergente o por aceite”, el mismo día que en La Habana comenzaba un congreso de la Unión de Jóvenes Comunistas con la pretensión, entre otras anunciadas, de que “los jóvenes puedan desarrollar en el país sus proyectos de vida”, cuando suman “600 mil los migrantes en los últimos dos años”, la mayoría con buena escolaridad y en edad reproductiva, según los estudios de Jesús Arboleya, analista al que también le duelen las desgracias nacionales.

La historia de este país sugiere que la Nación saldrá del remolino, pero convencido estoy de que le corresponderá a otros escribir la última crónica de los tiempos duros o del “Koniec” (fin), como diría el cáustico narrador e inolvidable amigo Ángel Tomás González (1942-2019).

Fin/

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