Carlos Batista /Barcelona
Tras las masivas protestas de julio de 2021 en Cuba, muchos comenzaron a señalar la necesidad de un diálogo político. Dos años y medio después, tras las manifestaciones de marzo de 2024, la necesidad devino urgencia.
El propio presidente Miguel Díaz-Canel fue uno de los que abordó la cuestión, y propició un mayor contacto entre el gobierno y la población, incluyendo organizaciones y entidades de la sociedad civil no opositora.
Pero la persistencia de la situación, incluso el agravamiento de la crisis, apuntan que esto es insuficiente y no ha dado resultados tangibles.
Rafael Hernández y otros académicos, advierten el incremento de la polarización en la sociedad cubana, llegando a posiciones políticas extremas, todo lo cual provoca un crecimiento del disenso frente al proyecto socialista de seis décadas.
No parece haber crecido sin embargo la disidencia política más o menos organizada, ilegal y a veces tolerada, la que ha sufrido un drenaje por el éxodo en curso, y por resultar poco atractiva para las generaciones que, con las protestas, se han estrenado en el escenario político.
¿Con quién?
El diálogo, sostiene el académico Ariel Dacal, “si bien no es el objetivo final de la política, se constituye en medio que la encamina, cuando por política se entiende la búsqueda del bien común, instrumento para remover las asimetrías de poder, e impulso para desmontar las desigualdades históricamente creadas”.
Los diálogos más importantes en seis décadas, son el realizado por Fidel Castro en 1978 con representativos (no representantes) de la emigración y el mismo presidente con líderes evangélicos, en 1984.
Raúl Castro dialogó con el cardenal Jaime Ortega en 2010, que resultó en la liberación de 130 presos políticos, la mayoría de los cuales emigró con sus familias a España.
“El diálogo no se ha encontrado con un ambiente propicio en Cuba, también, por la polarización política producida después de 1959”, sostiene Dacal en una conferencia de junio de 2022.
En su opinión, el diálogo “ha sido una de las víctimas de la política del bloqueo contra Cuba porque el Estado ha volcado su acción y su fundamentación política, en la resistencia, la excepcionalidad, la plaza sitiada, la guerra de todo el pueblo, la batalla de ideas, y un sinfín de escenarios”.
Esto propició una “poco teorizada, pero existente, política de sospecha de la democracia, de los derechos humanos, de la sociedad civil”, añade.
Así pues, “los opositores raigales del socialismo no van a optar nunca por el diálogo con las instituciones estatales y políticas cubanas”, dice el experto.
Pero “los funcionarios más ortodoxos y más convencidos de la necesidad de la guerra sin cuartel a la contrarrevolución, tampoco optan por el diálogo”, concluye con realismo.
En este contexto actual, es difícil imaginar la contraparte del gobierno y el Partido Comunista, si el diálogo pretende ser real y fructífero.
Fin/


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