Desde esta acera

Manuel Juan Somoza/La Habana

Hablar de Cuba desde sus entrañas, es tan agotador como cualquier día en esta isla condenada al parecer por alguna autoridad divina a vivir o más bien sobrevivir permanentemente con la soga al cuello.

Sé que los problemas sobran en el mundo, ser simple mortal es un dilema lo mismo en La Habana, en Madrid que en Nueva York. Pero resulta que hasta para enfrentar los dilemas universales, aquí todo es distinto.

Un día de sol tibio, arranco temprano la jornada informándome del programa de esos apagones que se sostienen con mayor o menor intensidad desde hace tres años.

La repartición de cortes del servicio eléctrico le tocará a mi barrio seis horas en la mañana-tarde del jueves, dos en la noche del sábado – “¡Coño, el sábado!”, exclamé en silencio-, y otras seis horas en la mañana del lunes.

Y sí, hay que conocer de esos cortes antes de cualquier gestión, porque si usted va digamos al banco, se suena una hora de espera de pie y bajo el sol, aunque sea tibio en este invierno tropical, y al entrar quitan la corriente, simplemente perdió el tiempo.

No obstante, la buena y pírrica victoria de este día puede ser que a la familia -mi esposa y yo, porque los cinco hijos y cinco nietos optaron por irse a España, Canadá y EU a probar suerte- le correspondió la cuota de “pollo normado”: dos libras (un kilogramo) para un mes en 40 pesos.

 Y es victoria porque antes compramos una escoba, una simple escoba en el mejor precio que encontramos: dos mil 500 pesos (mi jubilación, la predominante entre los viejos, no llega a mil 600 pesos mensuales).

 El pollo alcanza para poco, pero se agradece, porque el precio lo subvenciona el Estado y se vende por libreta (cartilla) de racionamiento.

“En qué país del mundo cuesta tan barato”, me dijo un vecino con sorna. La escobita la comercializa el sector privado que ya lidera el mercado de alimentos y pronto el de ferretería.

 Los comercios estatales, predominantes hasta que comenzaron las reformas en curso, están desabastecidos. Es curioso y distinto mi país hasta para enfrentar el dilema universal de vivir en estos tiempos. porque además contamos con el privilegio de estar sancionados por Estados Unidos desde hace 60 años.

 “Para que vuelva la democracia y se respeten los derechos humanos”, nos dicen ellos-, en medio de un rollo económico, moral y hasta político que, al parecer, los que mandan en la isla aún no han encontrado la forma de desenredar, aunque prometen que lo harán pronto.

fin

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