Por Vivian Núñez/La Habana
“¿Estás desempleado?”, pregunta Juan, a lo que José responde: “Sí, estoy interrupto”.
“¿Robaron en tu empresa?”, pregunta María, a lo que Carmen responde: “Sí, detectaron un
faltante”.
Son solo dos ejemplos que ilustran las vueltas que a veces se le da en Cuba al idioma para tratar de camuflar y suavizar políticamente términos bien definidos en la riquísima lengua española.
Muchas neuronas han tenido que emplear aquellos que idearon estas fórmulas para encontrar una manera más edulcorada de definir males que, supuestamente, debían estar desterrados de esta sociedad.
Quizás el punto más elevado de esta práctica se alcanzó con el Período Especial en Tiempo de Paz (la crisis de los 90).
Cuánta confusión se creó en las mentes de los niños, a quienes hasta ese momento se les había enseñado, aunque no fuera exactamente así, que lo “especial” es lo mejor, lo buenísimo, lo máximo como se dice ahora.
Una palabra antigua y sabia para definir esa etapa: crisis (dificultad, aprieto, problema), muy empleada por demás en Cuba cuando se refiere a otros, se sustituyó por una descafeinada, indolora, incolora: período.
El aporte más reciente es “barrio en transformación”. Antes de llegar ahí se pasó por “barrio desfavorecido”, pero no gustó. El origen es “barrio marginal”, pero qué va, de esos solo existen en otros países…
Eso de otorgar connotación peyorativa donde no la hay también está muy generalizado en el léxico oficialista.
Tomemos el caso de régimen, que es sinónimo de gobierno, y que además de dieta significa sistema.
Que sectores de derecha fuera de la isla le hayan dado otra connotación, no implica que en la gente común del interior de Cuba se deje robar esos vocablos ni que se acuñen acepciones que no tienen.
Y el sumun fueron los inventos surgidos durante esa crisis de los años 90 del siglo pasado, como el “picadillo enriquecido” o el “perro sin tripa”, para ocultar que el primero no sabía a nada y era estirado con otros productos no cárnicos, y que el segundo se desmoronaba cuando se hervía pues carecía del envoltorio.
Se corre además el riesgo de que, como me comentó una sabia anciana, dentro de muchos años, cuando los cubanos del futuro consulten una publicación de la época, piensen que sus compatriotas del ayer eran sádicos al extraerle los intestinos a esos animalitos, y al mismo tiempo magos, pues a pesar de todo los hacían caminar. “Llegó el perro sin tripa a Playa”, decía un anuncio de un periódico local.
Tan fácil que es llamar al pan pan y al vino vino. “La palabra se ha hecho para decir la verdad, no para encubrirla”, sentenció hace siglos el Héroe Nacional José Martí. ¿Por qué no le hacemos caso?
Fin/


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