Manuel Juan Somoza/La Habana
Es tradición de familia disfrutar los domingos con un buen almuerzo. En tiempos normales: un pargo o un bonito jugoso; si los muchachos descansaban tras salir de “la beca”, lo mejor y en abundancia que se tuviera a mano -por lo general cerdo-; y si ese día coincidía con alguna visita de Ilsa y Anel, inevitablemente camarones.
Ha sido así desde que tenemos recuerdos, incluso cuando Regino y Cheché se jugaban la vida en el M-26-7 en época de Batista y Vivian era una niña, o cuando en la misma época, Manolo, María y yo nos sentábamos a la mesa luego de asistir a misa y rogar, una vez más, por la paz entre cubanos.
Las tradiciones son mucho más obstinadas que las crisis, que las carencias, que los cortes diarios, extensos y sorpresivos del servicio eléctrico, y cada domingo, a fin de mantenerlas vivas o por ser otra manera de animarnos, nosotros intentamos que sigan latiendo en Kohly.
El primer domingo de abril no fue excepción, incluso resultó reflejo fiel de lo que provoca el cerco impuesto por Doald Trump y su secretario NO CUBANO, Marco Rubio, y del acto vital de alimentarnos aquí, cuando desde allá esos dos halan la soga invisible con la que aprietan el cuello de la Nación y desplazan a otro plano las pifias cometidas en tiempos menos dramáticos por quienes dirigen a la isla.
Les detallo el menú y ustedes dirán:
Frijoles negros y arroz blanco, los primeros donados por México, los segundos llegados de igual manera de China y repartidos TODOS SIN COSTO ALGUNO en el barrio mediante la Libreta de Abastecimiento (o de racionamiento), con la que cuenta cada familia desde décadas pasadas. Bistec de cerdo, a partir de lo que queda de una pierna comprada desde el otro lado de la acera por una de nuestras hijas y entregada en casa como regalo en mi 80 cumpleaños. Y yuca con mojo, vianda adquirida al mejor precio de estos tiempos, en unos de esos puntos de venta que los gobiernos locales despliegan los fines de semana, evitando intermediarios. Y de despedida, el infaltable café.
En esta ocasión estuvieron ausentes las Torrejas espectaculares de Vivian (Torrijas en la Península de la que llegaron mis abuelos) e igualmente el vino tinto, hay que ahorrar. No obstante, disfrutamos el domingo mientras pudimos hasta que sobre las seis de la tarde irrumpieron 11 horas de apagón.
Y así , todavía con el sabor del almuerzo dominical, en otro amanecer de lunes sin luz, arrancamos el ascenso de la montaña escarpada en la que Cuba se transforma cada semana. Ojalá que a ustedes les fuera mejor.


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