VIERNES SANTO EN CUBA

Manuel Juan Somoza/LA Habana

Son millones las personas que en esta aldea maltrecha por guerras e imposiciones oran en este viernes, para ellos Santo, y se aprestan a festejar el domingo la resurrección que la Iglesia recrea cada año, mientras en Cuba la crisis que agobia a casi todos prosigue inconmovible, sin ceder ante milagros.

Ya ni recuerdo el momento preciso en que comenzó esta nueva historia de desgaste después de la pandemia, aunque nunca olvidaré que entre sus causas figuran la larga guerra silenciosa del Norte, junto con los desatinos de los mandantes en la isla, que PERDIERON EL TIEMPO QUE NO SE PODÍA PERDER, cuando hasta quienes estaban por nacer alertaban la aproximación de un huracán rabioso.

Y la rabia se encasquetó un nombre, Donald Trump, y comenzó a cuajar desde enero pasado, cuando en Venezuela -principal suministrador de crudo de la isla- Washington logró a golpe de ataques, muertos y traiciones que la revolución de Chávez se transformara en retórica y en olvido el envío de combustible a Cuba.

Inmediatamente después, A FIN DE LIQUIDAR EL JUEGO, llegó el anunció de sanciones a quienes suministraran petróleo a nuestro país y así, con la excepción de los miles de barriles de combustible enviados desde Rusia, transcurre ahora este viernes de quietud en La Habana, en tanto unos oran a su Dios y otros buscan la manera de reponer fuerzas como sea, porque el que se canse, pierde.

El panorama es sombrío y, sin embargo, el JUEGO PROSIGUE entre señales de esperanza. La generación de electricidad (corazón de cualquier sociedad) ha vuelto a sobrepasar los mil 400 megawatts, disminuye el efecto hiriente de los apagones y cada vez está más próximo el momento de alcanzar los dos mil MW con el petróleo ruso a refinar de corre-corre.

La Semana Santa NO TRAJO DESCANSO a los cubanos, no es posible ni el ritual de abstenerse de comer la carne roja -llevamos mucho tiempo de abstinencia-, pero la gente, mucha o poca, no lo sé, insiste en no rendirse ante la mala vida impuesta, crean en Orula o en la divinidad de Nazaret. Siguen riendo hasta de sus carencias, bailan donde sea, si suena el cornetín, y parecen decididos a nunca renunciar al apotegma de que ”mañana, todo será mejor”.

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