Jorge Gómez Barata/La Habana
En los años sesenta existía optimismo respecto al uso pacífico de la energía nuclear, a la vez que temores porque se calculaba que, al concluir el siglo XX, unos 40 estados podían poseer armas nucleares. Aquellas expectativas no se cumplieron por los costos y las dificultades tecnológicas del desarrollo nuclear pacífico y la autolimitación de las potencias nucleares originales que no favorecieron la proliferación de las armas nucleares. Hoy día menos de 40 países poseen plantas electronucleares y son nueve los estados nucleares.
La proliferación se frenó debido a la nefasta experiencia de Hiroshima y Nagasaki y porque la Crisis de los Misiles en Cuba, ocurrida en 1962 revelaron la peligrosidad de semejante proceso. En conjunto aquellos hechos, premisas y preocupaciones conllevaron a la adopción, en 1968 del Tratado de No Proliferación Nuclear, suscrito por más de 190 estados.
Al suscribir tratados internacionales que jurídicamente los obligan, a la vez que obtienen ciertas garantías, los estados renuncian a determinados derechos. Así ocurre con el Tratado de No Proliferación Nuclear, el cual expresamente, prohíbe a los países firmantes la posesión de armas nucleares, excepto a cinco que, en el momento de la firma disponían de ellas.
Se trató entonces de Estados Unidos, Unión Soviética (Rusia), Inglaterra, Francia y China que fueron reconocidos como “estados nucleares”. No obstante, a estos países se les prohíben las acciones que favorezcan la proliferación de las armas nucleares y la difusión no controlada de las tecnologías, regulándo minuciosamente el comercio de uranio y otros materiales fisionables y las tecnologías atómicas.
(Artículo I: los Estados Nucleares se comprometen a no transferir tecnología nuclear ni tecnología sobre armas nucleares a otros países, ni tampoco a asistir en el desarrollo de tales armas, bajo ninguna circunstancia)
A la vez “…Los Estados No Nucleares se comprometen a no tratar de desarrollar armas nucleares y a someterse al régimen de salvaguardas del Organismo Internacional de Energía Atómica…”
Por estas circunstancias, libérrimamente aceptadas, los estados firmantes no pueden aludir a cuestiones de soberanía respecto a los asuntos asociados a la proliferación nuclear. Excepto los cinco países mencionados, ninguno de los otros firmantes tiene derecho a poseer tales armas y, obligatoriamente deberán observar las prohibiciones en el acceso y desarrollo de las tecnologías nucleares, entre ellas el enriquecimiento de uranio.
El amplio y estricto régimen de salvaguardas del Organismo Internacional de Energía Atómica no ha dificultado ni impedido el desarrollo de la industria nuclear ni obstaculizado la producción de energía nuclear. Actualmente 31 países, en los cuales operan unos 400 reactores que generan alrededor del 11 por ciento de toda la energía eléctrica producida en el mundo. Otros 200 reactores se emplean en investigaciones.
Programa y conflicto nuclear de Irán
El programa nuclear de Irán con fines pacíficos, uno de los más antiguos y ambiciosos del mundo se inició en 1957 cuando, al amparo del programa Átomos para la Paz, durante el gobierno del Sha Mohammad Reza Pahlavi, se firmó con Estados Unidos un acuerdo de cooperación nuclear civil, mediante el cual, con asistencia extranjera, se proponía construir unas 40 plantas nucleares y solventar las necesidades de combustible (uranio pobremente enriquecido para las mismas)
Setenta años después, Irán con una poderosa industria, solvencia económica y accesos para la adquisición de tecnologías nucleares, cuenta sólo con una planta electronuclear, aunque, a pesar de las limitaciones derivadas del Tratado de no Proliferación Nuclear, del cual es firmante, ha instalado capacidades para el enriquecimiento de uranio que, en pureza y cantidad, sobrepasan sus necesidades.
Los problemas en torno al programa nuclear de Irán se complicaron cuando, tras el derrocamiento del régimen del sha que había sido un incondicional aliado de Norteamérica, y el establecimiento de la República Islámica, las relaciones con Estados Unidos e Israel, se deterioraron hasta derivar en una confrontación que ha conducido a la presente situación.
A pesar de la insistencia en el carácter pacífico de su programa nuclear, periódicas inspecciones de la Agencia Internacional de la Energía Atómica, así como intensas negociaciones tanto con ese órgano como con las potencias nucleares que son miembros permanentes del Consejo de Seguridad, Irán no ha logrado solucionar su diferendo nuclear.
Entre los factores que influyen en este clima figuran, entre otros conflictos políticos, la manifiesta hostilidad de Israel que, cuenta con un vasto programa nuclear que, según se afirma, con apoyo occidental le ha permitido dotarse de un poderoso arsenal nuclear, que crea obvios riesgos de seguridad para Irán.
A pesar de la máxima presión sobre Irán y la tolerancia ante Israel, el país persa se ha mantenido dentro del Tratado de no Proliferación Nuclear y en 2006 entabló negociaciones con los cinco miembros permanentes del Consejo de Seguridad de la ONU y Alemania (5+1) que, tras 10 años de negociaciones, acordaron el Plan de Acción Integral Conjunto que, a pesar de ser aceptable para siete partes, no satisfizo al caprichoso Donald Trump que lo deshizo en 2018.
Así, por tortuosos caminos, tras 47 años de intensas confrontaciones Estados Unidos e Israel han desatado contra Irán una guerra por elección que nadie, excepto ellos mismos pueden detener. El escalado del conflicto es hoy más probable que el diálogo y la generalización de los combates que parecen próximos a asumir formato terrestre, incluso atómico está más cerca que un alto al fuego.
El camino de la paz parece cerrado y, aunque siempre existen beneficiarios, no son los pueblos de Irán ni de Israel, tampoco el de Estados Unidos. Allá nos vemos.
(Tomado del diario ¡Por esto!)
Estados Unidos e Irán. ¿Dónde está la línea de no retorno?


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