Manuel Juan Somoza/La Habana
Escribo a toda máquina, acaban de reponer el servicio eléctrico por pocas horas y quiero sumar un hecho estimulante a esas crónicas diarias con las que intento dejar constancia, desde hoy hasta el futuro, de la crueldad impuesta a Cuba.
Comparto con ustedes una jornada de felicidad en al agobio diario, con el único deseo de que al repartirla -más allá de cualquier ego- todos podamos sentir que la vida nunca se detendrá, aunque algunos piensen e intenten lo contrario.
La noticia llegó de sorpresa hace unas 24 horas y me estremeció al punto que invité a Vivian a escapar de la rutina, a fugarnos de ese camino trillado impuesto a cubanas y cubanos por la carencia de casi todo lo indispensable y la urgencia de sobrevivir.
Donald Trump y sus vasallos quieren ahogarnos, de momento, con esa guerra silenciosa de presiones económicas que bloquean incluso la compra de combustibles en el mercado internacional. Buscan que la soberanía de Cuba les sea entregada por asfixia, sin respetar ni a niños ni ancianos.
Y pese a ello, cuentan también los días en que saltamos el cerco, en este caso, por el inesperado anuncio de Ruth Casa Editorial de que mi novela, ”Conmoción en La Catedral”, había sido seleccionada “El libro del mes” debido a sus ventas en la isla y en el resto de la aldea.
Fue tal el impulso que me dio ese equipo de gentes iluminadas que trabajan sin descanso, que me quité la barba que crecía inexorable por demasiados días sin tiempo, sin luz, ni deseos de afeitarme.
“Pareces un enfermo”, me decía Vivian persistente; “no te favorece”, comentó nuestra amiga-hermana Ilsa con su delicadeza característica. Y bajo el influjo de la buena nueva, apartando la rutina, nos fuimos a celebrar a una pizzería estatal que intenta abrirse espacio en el barrio, donde el manjar italiano de tamaño familiar se comercializa a 500 pesos, costo inferior a la media que impera en La Habana. Igual ocurre con cervezas y refrescos.
El restaurante -parte del hotel Kohly- trabajaba con planta eléctrica, todo el barrio estaba en apagón y la oferta se reducía a eso, pero la disfrutamos como supongo lo harían los dioses del Olimpo, y al retomar nuestros quehaceres lo hicimos optimistas, porque en medio de cualquier cerco una buena noticia vale más que muchos golpes.
Así fue para nosotros la jornada que acaba de transcurrir y la comparto, reitero, a fin de que infunda ánimo , con el convencimiento de que las buenas noticias no son exclusivas y también llegarán a ustedes.



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