Silvio Rodríguez sosteniendo un Kalashnikov
La solicitud del trovador genera críticas por su simbolismo y abre un debate sobre el papel de artistas y ciudadanos en la defensa nacional.
Aurelio Pedroso/La Habana
La petición de Silvio Rodríguez de recibir un fusil de asalto ante una hipotética intervención de EEUU en Cuba ha desatado un intenso debate.
Confieso con toda sinceridad que pensé más de dos veces en suscribir mi opinión en torno a esa viral solicitud del trovador Silvio Rodríguez al reclamar a las Fuerzas Armadas Revolucionarias (Minfar) se le entregase un fusil de asalto para ocupar la primera línea de combate en caso de una intervención militar estadounidense en Cuba.
De igual modo, la ceremonia de primer nivel, con el presidente de la República y los ministros de las Far y del Interior asistentes al acto, además de otras personalidades gubernamentales, políticas y culturales.

Documento oficial que certifica el fusil de Silvio Rodríguez, mostrando detalles del arma
Privilegiado Silvio cuando desde hace buen rato, no pocos veteranos de guerra han dado cuenta de similar petición sin publicidad alguna y sin recibir la menor de las respuestas. Y no sólo los que han vivido tan desgarradora experiencia muy lejos de casa, en el continente africano o latinoamericano, sino todos aquellos que están convencidos de empuñar las armas en defensa de la soberanía nacional.
Lo peor y lamentable que pudiera ocurrir en un hipotético futuro, para nada incierto, es que Silvio abandone su guitarra y deba preguntar a última hora, dónde está el selector de disparos de un arma catalogada como una de las mejores del mundo, si no la mejor por sus características funcionales. Para esa tarea sobran hombres, mujeres, jóvenes y viejos.
Pienso en el chileno Víctor Jara, que le conocí personalmente, asesinado por las hordas fascistas de Pinochet que le quebraron las manos en el estadio donde estaba recluido para que no pudiera llevar sus dedos a las cuerdas. Su fusil era la guitarra, no una pistola calibre 45.
Alguna experiencia vivida viene ahora a la mente si de arma en mano tratamos. En la Nicaragua de los 80s, con un fusil israelí Galil a buen recaudo, conocí en una prisión a uno de los principales escoltas del dictador Somoza. “En mi auto nunca faltaba la música cubana: Silvio Rodríguez y Celia Cruz”.
Antes, en los 77, en Angola, con un Fal belga, la inspiración de su banda sonora para el serial Por el rastro de los libertadores. Luego, en Etiopía, con un “recortado” AKM 47, sus canciones de amor tarareadas en el desierto.
Y no hablo de Cuba, encima de una lancha rápida de las Tropas Guardafronteras en camino de cubrir en vivo para la revista Moncada una infiltración al país.
Para mí, por lo claro, que no deje de cantar, que devuelva el arma, que abundan combatientes para defender la patria y su guitarra en tan desafinada petición y escenario montado al efecto. Con dos dedos de frente se desprende que hay que estar preparados, bien preparados sin incitar a un conflicto ni bravuconerías de ocasión con efectos contraproducentes.
Las autoridades deberán poner punto final a tales reclamos en caso de que algunos quieran imitarlo. Dejar por sentado que esto ha sido simbólico no sea cosa que, por ejemplo, a la agrupación musical Los muñequitos de Matanzas, haya que entregarle una granada de fragmentación F-1 a cado uno de sus integrantes y que a Viengsay Valdés, directora del Ballet Nacional de Cuba, le faciliten un lanzacohetes antitanque RPG-7.
Plagiando a Silvio habrá que finalizar: “Y que conste que lo digo muy en serio”.
(Tomado de El Boletín)


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