Manuel Juan Somoza/La Habana
Hubo un tiempo en que los gobiernos latinoamericanos y caribeños, de izquierda a derecha, imaginaron posible vivir en paz en esa enorme y rica zona del continente americano y lo acuñaron en La Habana, en un compromiso que mantuvo su vigencia hasta que Donald Trump y su secretario, Marco Rubio, llegaron a la Casa Blanca.
Hoy Ecuador se pelea con Colombia en la frontera común por una presunta lucha contra la delincuencia organizada, que va sumando muertos y bombazos; el presidente Milei, en Buenos Aires, quiere teñirse de rubio para sentirse más cerca de su ídolo norteño; bajo presión del secretario de Trump, Jamaica rompió la colaboración médica que le brindó Cuba durante 30 años con vistas a suplir la falta de doctores en ese país -con lo cual los cubanos perdieron otra fuente de ingresos en divisas fuertes-; y México vive equilibrando entre la defensa de su soberanía y la amenaza trumpista de intervención militar, bajo pretexto de exterminar a los carteles de la droga, sin hacer absolutamente nada a fin de que la Unión Americana deje de ser el principal mercado de estupefacientes del planeta.
En 10 líneas intento resumir un drama de mayor calado, con la intención de calibrar las circunstancias en que asumen el asedio impuesto por Washington esas cubanas y cubanos que han vuelto a optar por su dignidad y la soberanía de su diminuto país, aunque apenas tengan electricidad (por las restricciones a la importación de petróleo decretadas desde el Salón Oval) y vivan en malabarismo constante sin saber si llegarán al día siguiente.
Imposible olvidar, además, que Cuba entró en este capítulo de su historia arrastrando lo que el gobierno nacional dejó de hacer o malogró durante más de 10 años, pese a advertencias, propuestas y demandas de economistas, académicos o de gente de calle con sabiduría suficiente para darse cuenta de que las cosas andaban de mal en peor en la isla. La otra cara de esa moneda maldita que sigue en el aire.
Y así las cosas, de suponer que la paz regional trascendería las ideologías y beneficiaría a todos del otro lado del río Bravo, ha irrumpido la realidad filosa de estos tiempos, que en el caso cubano solo deja un pequeño espacio a la esperanza – sin optimismo- de que de la enorme crisis en curso surjan soluciones nuevas para el mejor vivir de los isleños, quienes llevan casi 70 años luchando por una arquitectura política, económica y social que nunca gustó a quienes mandan en el Norte y no renuncian a mantener el control del Sur.


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