Crónica de una cotidianidad en Cuba marcada por los apagones, la precariedad y el desgaste emocional de una sociedad al límite
Aurelio Pedroso/La Habana
Viva donde viva haga usted el ejercicio de pasar toda una noche en vela, amanecer con sólo dos horas de electricidad y luego, al atardecer, retornar a la oscuridad. Encima de ello, escuchar a su compañera de vida cómo en repetidas oportunidades, vía telefónica, le cuenta a amigas y parientes un pormenorizado recuento de toda la comida perdida por falta de frío.
Dígame, entonces, si no es como para perder la razón.
Y salga a la calle a tomar un aire para que entonces con cuanto vecino se tope en el camino deba soportarle el relato de lo perdido en la nevera y demás contratiempos nocturnos por el calor y los mosquitos en desaforada fiesta.
Dígame, además, si ello no le causa una sensación de impotencia.
Vaya hasta la casa del vecino para indagar cómo salió de una operación oncológica y reciba la buena nueva de que todo marchó bien, que en el hospital no faltó la electricidad, que el equipo por completo, cirujanos, anestesista y enfermeras de quirófano llegaron puntuales a pesar de no haber pegado un ojo en noche y madrugada.
Dígame, si no es como para ocultarle al familiar el gran reto que sufre un ser humano cuando su vida está pendiente de quienes no han logrado descansar como Dios manda.
Camine hasta las cercanías de un restaurante estatal, la cafetería del teatro Karl Marx, con módicos precios y aceptable calidad en la oferta y encuéntrese con la vecina que se mueve en silla de ruedas haciendo fila para llevar algo de comer a casa.
Dígame si no es para preocuparse por esos ancianos que viven solos, que ante una emergencia nocturna o diurna no tienen otra alternativa que gritarle al vecino porque llamar a una ambulancia sería perder el tiempo y la propia existencia.
Siga camino, tópese con ese que no pierde ni pisada a las declaraciones de Donald, no el pato, sino el presidente de EEUU que no cesa de amenazar e imponer condiciones de quién nos debe gobernar.
Dígame, si alguna vez se vio involucrado en alguna guerra lejos de casa, si de repente no extraña el fusil de asalto para decirle a este señor que sí, que venga, que nos traiga a su candidato.
Regrese casi sin fuerzas a casa, agotado por tantas vicisitudes que no merece un ser humano y póngase a pensar si alguna vez en los años mozos o de adulto usted pensó en un final de esta naturaleza.
Dígame, con sinceridad, si no es para perder la razón y cagarse en la madre de unos cuantos.
(Tomado de El Boletín)


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