Gerardo Arreola /México
Miguel Díaz-Canel mostró ayer ante la prensa cubana que es muy poco lo que han alcanzado Cuba y Estados Unidos hasta ahora, en un diálogo incipiente, pero que al menos abrieron cartas.
El Presidente cubano tuvo que reconocer implícitamente que está dialogando con un cuchillo en la garganta. Recordó que hace tres meses no entra una gota de combustible a Cuba, con consecuencias agravadas en las últimas dos semanas, al agotarse las reservas internas.
A cambio exhibió un logro: el trato es bilateral, de Gobierno a Gobierno. Por el lado cubano, dijo Díaz-Canel, dirigen las conversaciones Raúl Castro y él mismo, «en acción colegiada» con el aparato dirigente.
Quiso subrayar este mensaje, hacia adentro y hacia afuera de la isla, al informar del asunto el día anterior a ese mismo aparato dirigente, que además estuvo en la conferencia de prensa, con los militares al frente.
No parece estar en la mesa un cambio de régimen ni de personajes. Por ahora no se repite el esquema venezolano. En este punto Díaz-Canel fue preciso: uno de los objetivos actuales es el de «buscar soluciones, por la vía del diálogo, a las diferencias bilaterales que tenemos entre las dos naciones».
El segundo objetivo revela que los contactos están en una etapa inicial y limitada: «Determinar la disposición de ambas partes de concretar acciones». Es decir que no han confirmado aún si mantendrán el diálogo hasta volverlo negociación.
El tercer objetivo es de más calado: «Identificar áreas de cooperación para enfrentar las amenazas y garantizar la seguridad y la paz de ambas naciones». Aquí el escenario cambia: el único punto de agenda visible es la seguridad, el único que ambos Gobiernos han explorado explícitamente.
La Orden Ejecutiva de Trump, que estableció el cerco energético a Cuba el 29 de enero, dice que las represalia puede cesar si la isla avanza hacia un alineamiento con los objetivos de política exterior y seguridad nacional de Estados Unidos.
Al día siguiente, la Cancillería cubana replicó con la oferta de renovar una cooperación en áreas como terrorismo, lavado de dinero, narcotráfico, ciberseguridad, trata de personas o delitos financieros.
Con el énfasis en la bilateralidad y en la seguridad, Díaz-Canel saca de la discusión la crisis interna de la isla, un asunto que Trump y el Secretario de Estado estadounidense, Marco Rubio, han evocado con insistencia.
Díaz-Canel dijo que ayudaron al acercamiento «factores internacionales», que por distintas señales se sabe que han sido, al menos, México, El Vaticano y la Comunidad del Caribe (Caricom).
Es posible que, en ese ir y venir de consultas, en la práctica se hayan sucedido acciones unilaterales pero pactadas o sugeridas o reconocidas tácitamente, que han aliviado la confrontación.
Es el caso de la autorización de Estados Unidos para que empresas privadas cubanas compren combustible y la ampliación del régimen legal en la isla para esas transacciones, todo lo cual es sobre todo simbólico, por las dificultades operativas.
También cuenta el tono mesurado de Rubio al reaccionar a la incursión en Cuba de una lancha con una tripulación armada, así como la anunciada cooperación del FBI en la investigación.
Entra en el balance el anuncio de liberación de 51 presos cubanos, que el Gobierno expuso como acto de buena voluntad hacia la Santa Sede. También es un gesto simbólico, porque pueden contarse por cientos los detenidos en los últimos años por su participación en protestas populares y cuya libertad es un reclamo creciente en la isla.
La crisis múltiple de la isla persiste y no hay garantías de que el diálogo con Estados Unidos progresará.
El gran dilema es si Trump se detendrá en un pacto de seguridad, en algún acuerdo comercial o querrá reclamar un cambio de fondo en la economía (si no en la política) cubana. Y si cualquiera de las variantes tendrán una respuesta positiva en la «acción colegiada» del aparato dirigente cubano. En rigor, es más lo que falta que lo que hay. El juego apenas empieza.
(Tomado de Reforma)


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