Manuel Juan Somoza/La Habana
Amanecemos en La Habana con el sol en su lugar, aunque se anuncie lluvia, y todavía flote la confirmación por Díaz-Canel de un reciente diálogo entre representantes de su gobierno y el de Trump para tantear la posibilidad de entrar en negociaciones.
Esa confirmación ocurre, quizá, en el instante más dramático vivido desde 1959: la vida se sostiene con las reservas de petróleo que quedan; los apagones constantes y prolongados enajenan y crean protestas callejeras; las esperanzas de un buen vivir se desvanecen entre los que más padecen la crisis y el resto -muchos o pocos- aprietan los dientes a la espera de un milagro de sobrevivencia con dignidad.
Y en tal contexto, con Trump imponiendo sus leyes en todas direcciones (en este continente tiene la sartén en mano), es obvio concluir que si se llega a una negociación, Cuba lo hará a punta de pistola y estará obligada a hacer las concesiones que nunca antes hizo en diálogos similares.
En el instante que vive la Nación, son diversos los flancos abiertos por la confirmación de Díaz-Canel, mucho después de que Trump hiciera público el diálogo e impusiera la narrativa estadounidense sobre el tema, con el alcance demoledor y desmovilizador de contrarios que ella tiene.
Pero llegado este momento, sería error monumental perderse en la maraña de visiones generadas por el anuncio, tengan o no tengan razón: si el emisario cubano fue el nieto-escolta de Raúl; si el gobierno embarcó a más de uno de los periodistas que negamos los anuncios de diálogo llegados del Norte con la información con que contábamos -esa es nuestra responsabilidad exclusiva, no la del gobierno-; que si con tanto silencio las autoridades siguen perdiendo confianza.
Lo fundamental ahora, a mi entender, es saber con absoluta claridad cuáles son las líneas rojas que no traspasarán los eventuales negociadores cubanos, a fin de mantener nuestra soberanía intacta.
¿Se aceptaría administración estadounidense del puerto de Mariel?, ¿habrá asociación con ellos para la explotación del níquel?,¿se le entregará a Trump alguno de los islotes del archipiélago para que realice su sueño de montar un centro turístico al estilo Epstein?
No tengo las respuestas, esas estarían en el primer y exclusivo círculo de poder. Lo que sí tengo este sábado -Día de la Prensa Cubana- es una preocupación creciente por el futuro de Cuba, al que está ligada mi vida y la de muchos más.
Así amaneció, al menos para mí, este sábado curioso y riesgoso, cuando nos dicen que está a la vista otro frente frío, es decir, otra borrasca.


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