Cuando más necesita a sus hijos para reconstruir un país que desde hace años se cae a pedazos, el gobierno cubano decide expulsarlos. No convocarlos: expulsarlos.
Esta vez le tocó al profesor y arquitecto Abel Tablada. Un profesional íntegro, de mirada crítica y honesta, querido por sus alumnos y respetado por su trabajo. Su “falta” ha sido la de siempre en Cuba: pensar por cuenta propia. Disentir. Hablar con voz propia.
Lo han apartado de la universidad incluso mientras sus estudiantes lo defienden y lo reclaman en el aula. Porque en la Cuba de hoy parecería que la fidelidad que se exige no es al conocimiento ni al país, sino al silencio.
Este episodio —uno más en una larga lista— dice mucho más de las grietas y fracasos de un sistema que de quien es castigado. Habla de un poder que teme a la inteligencia, sospecha de la crítica y prefiere expulsar antes que debatir. Un poder que, mientras el país se vacía y se derrumba, sigue castigando a quienes todavía creen que Cuba merece ser pensada y discutida con libertad.
Un gobierno que disciplina y premia a los aplaudidores, como focas entrenadas; que se sostiene en los “levantamientos por unanimidad”; que convierte las conferencias de prensa en un nado sincronizado donde periodistas recitan preguntas previamente dictadas por ese poder.
Y entonces ocurre lo más perverso: los extremos terminan tocándose. De un lado, el bloqueo y Trump —emperador naranja— asfixiando desde fuera; del otro, el muro interno de una pléyade de burócratas y cuadros gordiflones que exigen unidad y resistencia, pero castigan a quien se atreva a pensar distinto.
Una “Revolución” cada vez más rígida —y lo digo con un dolor enorme, porque también han hecho pedazos la Revolución que muchos creímos posible—.
Entre ambos muros queda atrapado el país. Y sus hijos. Como Abel.
(Tomado del Facebook del autor)


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