Matar al capitán

Grupo de soldados cubanos en Angola

Un testimonio crudo sobre la disciplina, la humillación y los límites psicológicos de la obediencia en la guerra.

Aurelio Pedroso/La Habana

De mis memorias como soldado en las guerras de Angola y Etiopía (1977-79), a la espera del momento adecuado para ser publicadas, he tomado la decisión de dar a conocer un acontecimiento que no pocos en la isla lo tildarían de contraproducente: sacar de escena, eliminar en la primera oportunidad al capitán jefe del batallón.

Nada excepcional y mucho menos atípico. Tienen las malditas guerras esa potestad que no existe por lo general en tiempos de paz: hacer justicia con el dedo índice sobre el disparador y que por la boca del fusil se cumpla la voluntad personal o de unos cuantos porque no siempre habrá ocasión de consultar al superior.

Ya habíamos cumplido la misión en Angola en 1978. Estábamos a la espera del regreso a casa luego de haber entregado las armas y vestir de paisanos cuando recibimos la visita de un coronel de la MMCA (Misión Militar Cubana en Angola) que nos reunió para solicitar una encomienda del propio Fidel Castro.

Memorias de Aurelio Pedroso: Reflexiones sobre la guerra y la vida militar en Angola.

No faltaron las risas cuando el oficial reclamó la voluntariedad para una segunda misión. Eso le molestó en demasía al punto de que, con una severidad no prevista para el propósito, ripostó que él no nos conocía ni tampoco nosotros a él para hacer chistes ni bromas tan improcedentes.

Recuerdo haberle preguntado que para dónde era esa misión. El hombre, todavía algo molesto, respondió con cuatro palabras:

-Lo sabrán cuando lleguen.

El primero en dar un paso al frente fue el negro Gilberto, un estibador que en su momento había integrado la guerrilla del Che en el Congo. Luego, todos nosotros.

Oportuno y obligado señalar que el ministro de las Fuerzas Armadas había ordenado a una comisión multidisciplinaria la investigación casi secreta en torno al tiempo permisible que un soldado podía permanecer en el exterior.

El informe y los resultados me los hizo saber poco tiempo después un comandante vecino (Carlos Lahite Lahera), que no más de un año porque comenzarían a aparecer comportamientos de nostalgia, agresividad, apatía, inconformidad y otros agregados psicológicos que hacían potencialmente peligroso a un hombre que tuviera un fusil en manos.

Y nosotros todos ya llevábamos un año en Angola, con tales síntomas que éramos capaces de sentir. A veces, controlables, aunque no siempre.

El avión se posó una noche bien oscura, sin luna, al final de la pista del aeropuerto  internacional de Luanda donde estaba una unidad antiaérea cubana. Al acercarnos pude divisar que en su fuselaje se leía Ethiopian Airlines.

Volamos en total silencio, a oscuras durante unas seis horas hasta un aeropuerto militar cercano a Addis Abeba, la capital. No había amanecido cuando la caravana en minibuses partió hacia Arba, lugar de concentración para tomar camino hacia las zonas en conflicto.

Uniformados y armados fuimos recibidos por el capitán jefe del batallón y el político de igual grado que no abrió la boca ni para sonreír mientras su cabeza, cual títere, se movía aprobando cada palabra del capitán:

-Atiendan acá. Los ladrones, violadores, asaltantes, maricones, traficantes, que en Angola hicieron de las suyas no piensen que aquí harán de las suyas porque los vamos a fusilar a todos…

¿Dispuestos a jugarnos nuevamente la vida por gentes que ni conocíamos y que nos humillaran de tal forma? Con tamaña ofensa firmaba su sentencia a eliminarlo en la primera oportunidad.

Ahí estaba  en formación el “jubo” Núñez, que no andaba muy bien de los nervios a esas alturas, con un pañuelo de cuatro nudos sobre la cabeza por el fuerte sol. El oficial posó la mirada en él gritándole:

-¿Usted es el payaso del grupo? ¿Se cree que está en la playa? ¡Quítese eso de la cabeza ahora mismo!

La oportunidad llegó a los pocos días en el poblado de Alenmaya, situado entre las ciudades de Harar y Dire Dawa. Dormíamos dentro de bolsos ingleses y en barracas improvisadas con las lonas de los blindados como techo cuando comenzó la balacera sobre el acueducto situado a pocos metros del improvisado campamento.

Ensordecedora, con balas trazadoras iluminando el escenario hacia ambos bandos donde en breves espacios de silencio se escuchaba el grito cubano de ¡Hijo e´puta! más otras barbaridades del idioma. Unos veinte minutos y reinó la total calma.

La tienda de campaña donde dormitaba el capitán quedó hecha trizas de lona. Al primer disparo, él la había abandonado. Ordenó revisar nuestras armas para comprobar el exceso en los disparos. A continuación, sin explicación alguna, ponernos a cavar letrinas con la pequeña e individual pala de infantería hasta que amaneció.

No olvido al pobre Virgilio, ya mayor en comparación a casi todos, dueño de un peculiar tic nervioso, soltando la gota gorda preguntándome hasta cuándo sería esa excavación y yo responderle:

-Hasta llegar a China, Villy.

Por fortuna para todos, fuimos separados del batallón y convertidos en unidad independiente. Con el tiempo, tras otros sucesos todavía más lamentables, fue expulsado deshonrosamente de las Fuerzas Armadas y pudo encontrar sustento en una gasolinera de la capital. Hasta el coronel jefe de la brigada fue degradado a mayor por motivos que incluían la buena vida de privilegios, la desatención a la tropa y la falta absoluta de ejemplaridad.

Elementos a tener en cuenta ahora que Cuba está en “economía de guerra”, entrenándose cada sábado en el arte del combate en campos de tiro y en cómo defender hasta la propia casa. El ejemplo es cardinal en el mando de una tropa. Eleva la moral llegado el instante de poner o no la vida a merced de la muerte. Yo lo tengo clarísimo y no aprendido en una academia militar.

(Tomado de El Boletín)

Deja un comentario