Jorge Gómez Barata/La Habana
Obviamente, si no hacen lo primero, harán lo segundo, pero el momento llegará o, mejor dicho, llegó. En 2014 los presidentes de Cuba y Estados Unidos, Barack Obama y Raúl Castro respectivamente anunciaron la normalización de las relaciones diplomáticas. Obviamente, el momento fue posible por la existencia de voluntad política mutua, cálculos atinados y dilatadas negociaciones que contaron con el apoyo y la mediación de otros países, la Iglesia católica cubana y El Vaticano. Ahora o luego, no será diferente. Por lo general esas asistencias son necesarias.
Entonces, el anuncio, recibido con júbilo por la mayoría de los cubanos, para algunos, tal vez pocos, aunque influyentes, fue un mal trago porque, según ciertos criterios, significaba confraternizar con el imperio. Así también parece haber ocurrido en los Estados Unidos donde se criticó a Obama por pactar con un abominable régimen comunista. Lo seguro es que, en ambas orillas, unas y otras mayorías disfrutaron el momento en que llegó la distensión y avanzó la normalización. Hubo oposición, abierta en Estados Unidos donde se puede criticar al presidente y velada en Cuba donde eso no se estila.
Entonces, Obama vino a Cuba. Por vez primera el Air Force One, aterrizó en Rancho Boyeros y la Bestia, el Cadillac utilizado por Obama, rodó por La Habana. En gesto de confianza y amistad, trajo a su mujer y a sus niñas, se reunió con emprendedores, asistió a un juego de pelota y en el Teatro Nacional, habló para una variada audiencia donde dijo cosas interesantes y algunas que no gustaron, pero, Raúl que estaba allí, aplaudió.
La visita que pareció un momento mágico, los acuerdos y el gesto de confianza de viajar con su familia, fueron reciprocados por Raúl Castro con fina diplomacia y sinceridad, incluso en un gesto característico suyo, en un momento, levantó el brazo al presidente norteamericano.
En aquellos días La Habana y otras localidades se llenaron de cruceros y turistas, los dueños de autos antiguos despojaron a sus vehículos de los techos para imitar convertibles, corrió algún dinero y paseaban por las ciudades miles de norteamericanos y cubanoamericanos.
Mucho antes de que Raúl Castro realizara aquellas tratativas, disfrutara del momento y tuviera aquellos gestos, en 1963 Fidel Castro accedió a recibir a Jean Daniel, periodista francés, enviado por el presidente John F. Kennedy, lo cual constituía en sí mismo un mensaje conciliador que Fidel apreció.
Elier Ramírez, un joven historiador, devenido una de las personalidades cubanas del momento, describió minuciosamente, la misión de Jean Daniel y abordó con detalle el encuentro del Comandante con el francés, el cual estuvo precedido por discretas gestiones en las cuales intervinieron funcionarios y personalidades cubanas y estadounidenses.
Cuando Fidel recibió a Daniel en calidad de mensajero, el presidente Kennedy ya había emitido la Orden Ejecutiva que estableció el bloqueo a Cuba, todavía vigente, ejecutado la invasión de Bahía de Cochinos, endosado la Operación Mangosta, un vasto plan contrarrevolucionario que incluía, sabotajes, espionaje, terrorismo y todo tipo de crímenes y se había desatado la Crisis de los Misiles.
No obstante, actuando con la altura de los estadistas, al margen de antipatías y reservas, sin prejuicios, Fidel se dispuso a escuchar y a responder, según las conveniencias de Cuba.
En las últimas semanas, con llamativa insistencia, el presidente de los Estados Unidos, Donald Trump y su secretario de estado, hacen espacios en sus agendas para realizar reiteradas alusiones a Cuba. La buena noticia es que, aunque deslizan diatribas y arrecian el bloqueo, hoy hablan de diálogos y exponen, aunque sea de palabras, la intención de llegar a acuerdos. Me parece que antes, cuando se referían a invasiones y bombardeos era peor.
Ahora como antes, hay en Miami quienes critican a Trump y a Rubio y piden “rabo y oreja” y en Cuba, con espacios en los medios de difusión, se pronuncian quienes advierten a Díaz-Canel para que no escuche los cantos de Sirena de “estos tipos”, que en la negociación esconden la traición y “al no poder entrar de frente, se cuelan por la ventana”.
Se percibe que hay arengas que quizás sobran y tal vez no haya que repetir constantemente ciertas disposiciones. A los americanos que quieran combatir se les combate y con los que quieran hablar, se habla. Hablando no se crean conflictos ni guerras, pero así, muchas veces se terminan. Allá nos vemos.
(Tomado del diario !Por esto! )


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