Diplomacia secreta

   
                                                     
  Jorge Gómez Barata/La Habana
Por la escala y la envergadura de las tensiones desatadas en los numerosos escenarios abiertos por la guerra en Europa que, además de Rusia y Ucrania, implica a otros 40 países, el prolongado y criminal genocidio de Israel en Gaza, las agresiones contra Líbano y Cisjordania, la posibilidad de guerra contra Irán, así como el reciente ataque a Venezuela y los efectos  del bloqueo económico a Cuba entre otros fenómenos internacionales, evidencian la urgencia de negociaciones que atenúen los peligros generados por la beligerancia global que implica a Estados Unidos.
Otra noticia es que, necesitado de éxitos que acrediten su errática gestión y desvíen la atención de sus dislates, Donald Trump apremia a sus negociadores.
Estudiando el entorno político de la Primera Guerra Mundial (1914-1918) descubrí que, Woodrow Wilson, 28º presidente de los Estados Unidos y Lenin, líder de los bolcheviques  que en 1917 tomaron el poder en Rusia, aunque fueron adversarios ubicados en antípodas ideológicas y políticas, coincidieron en la crítica a la “diplomacia secreta”, una práctica a la cual se acude todavía.
Tanto Wilson como Lenin estimaban que la “diplomacia secreta” era una práctica tóxica que, entre otras cosas, es ajena a la democracia porque se realiza al margen de las instituciones y concede a las autoridades políticas y militares ejecutivas, atribuciones exageradas. La diplomacia secreta, conlleva al secretismo, es ajena a la transparencia y puede prestarse a la conspiración.  
Al respecto es preciso no confundir la diplomacia secreta mediante la cual se procura resolver problemas y conflictos reales con las conspiraciones internacionales contra países, procesos o líderes. En el siglo XX el principal artífice de ambas manifestaciones fue Henry Kissinger artífice, entre otros ejercicios de las negociaciones para poner fin a la guerra en Vietnam y del acercamiento para el restablecimiento de las relaciones entre Estados Unidos y China y avanzar hacia el reconocimiento de: “Una sola China”.
En 1965, siendo profesor en Harvard, Kissinger visitó Vietnam del Sur, momento en que parece haber adquirido la convicción de la necesidad de poner fin a aquel conflicto, lo cual dependia de Washington. En 1967 por intermedio de allegados franceses que tenian acceso al presidente Ho Chi Minh, realizó el primer acercamiento al líder vietnamita quien mostró disposición para negociar la paz, siempre que Estados Unidos cesara los bombardeos a Vietnam del Norte.
En 1971, estando en Pakistán, Henry Kissinger, entonces asesor de seguridad nacional, fingió un leve malestar atribuido al cansancio por lo cual el presidente de aquel país, Yahya Khan lo invitó a descansar en una residencia dispuesta para esos fines en las montañas, lo cual fue aceptado. Entonces se vio a la limusina de Kissinger partir rumbo a la residencia, sólo que el secretario de estado no viajaba en ella. Pocos días después Kissinger regresó recuperado.
La verdad es que Kissinger no estuvo nunca en aquella residencia, sino que, en secreto, viajó a China para realizar la “Operación Marco Polo” que consistió en conversaciones con el primer ministro Chou Enlai y el máximo líder chino Mao Zedong. La operación culminó con el viaje del presidente Richard Nixon a China en 1972, el restablecimiento de las relaciones entre China y los Estados Unidos en 1979 y la adopción por el estado norteamericano de la politica de una sola China.
Según referencias, entre el primer viaje del negociador a Beijing y la visita de Nixon  se documentaron más de 100 reuniones.
El dilatado tramo final de las negociaciones para la paz en Vietnam se desplegó en secreto en París entre Henry Kissinger y Le Duc Tho y comprendió 68 reuniones plenarias, en 27 rondas y cientos de encuentros privados entre los jefes de las delegaciones o de altos funcionarios o expertos efectuadas entre 4 de agosto de 1969 al 20 de diciembre de 1973. El acuerdo para el Fin de la Guerra y el Restablecimiento de la Paz en Vietnam, fue firmado por Kissinger y Le Duc Tho el 23 de enero de 1973
 En las últimas semanas, con una frecuencia nunca antes utilizada, el presidente Donald Trump ha reiterado sus referencias a Cuba, emitiendo las habituales diatribas contra el sistema político y la situación económica de la Isla. Lo nuevo son las afirmaciones de que Estados Unidos conversa o negocia con funcionarios cubanos, sugiriendo incluso que ello se ha realizado con altos cargos del gobierno cubano, llegando a especular con que se han alcanzado avances.
Con parecida reiteración, aunque con contenido inverso y generalmente aclaratorio, tanto el presidente cubano Miguel Diaz-Canel Bermúdez, como el ministro de relaciones exteriores, Bruno Rodríguez, el vice ministro primero del MINREX, Carlos Fernández de Cossío y otros altos funcionarios que, para beneficio de la nación hubieran deseado que tales negociaciones o contactos fueran ciertos, se ven obligados a negar que se estén efectuando negociaciones  bilaterales, excepto las habituales consultas en asuntos migratorios y otros temas de interés bilateral. “No tenemos una mesa de negociación” enfatizó Fernández de Cossío.
 Todos, incluido el presidente cubano, aprovechan cuanta oportunidad se presenta para reiterar  la disposición de Cuba para negociar todos y cada uno de los temas que forman la abultada agenda con Estados Unidos, siempre que se haga en igualdad y con respeto a la soberanía y la independencia nacional.
Por su parte, el viceministro de Relaciones Exteriores de Cuba, Carlos Fernández de Cossío, ha precisado que, lamentablemente, tales intercambios no se han convertido en un “diálogo formal”. “Hemos tenido intercambios de mensajes, tenemos embajadas, hemos tenido comunicaciones, pero no tenemos una mesa de diálogo”.
A los dichos de los presidentes Trump y Diaz-Canel y de los demás funcionarios de ambos países, se suman los añadidos de los medios de prensa, los periodistas y los operadores de redes sociales que los difunden, los cuales son a veces objetivos y en otros casos, tendenciosos que añaden de su cosecha matices y sutilezas y, en no pocos casos burdas mentiras que desnaturalizan lo planteado.  

Más  recientemente, en entrevista con el periodista británico John Micklethwait, editor jefe de la agencia Bloomberg  News y reconocido experto en temas económicos, el secretario de Estado de los Estados Unidos, Marco Rubio, en respuesta a preguntas del periodista, tal vez con un tono más elaborado y quizás menos confrontativo, entre otras cosas ha dicho:  
PREGUNTA: ¿Qué hay de… Cuba? La mencionó de forma indirecta en el discurso al hablar de la crisis de los misiles de Cuba. ¿Cuánto tiempo cree que puede durar el régimen sin petróleo?
Secretario Rubio: “…El problema fundamental de Cuba es que no tiene economía y su modelo económico es uno que nunca se ha probado y nunca ha funcionado en ningún otro lugar del mundo…Sencillamente… no tiene una política económica real. No tiene una economía real…Ahora, olviden, dejen de lado por un momento el hecho de que no hay libertad de expresión, ni democracia, ni respeto por los derechos humanos. El problema fundamental de Cuba es que no tiene economía, y las personas que están a cargo de ese país, que controlan ese país, no saben cómo mejorar la vida cotidiana de su pueblo sin renunciar al poder sobre los sectores que controlan. Quieren controlarlo todo. No quieren que el pueblo cubano controle nada…”
¡Enhorabuena!, digo yo. Si Marco Rubio quisiera hablar de economía con la dirección cubana, tal vez la oferta sería aceptable porque precisamente, poner en pausa las diatribas  respecto a otros temas, y hablar o negociar sobre economía, en especial sobre el bloqueo o embargo económico de los Estados Unidos, es el tema de mayor prioridad para los líderes cubanos.
Conocedor del asunto, el periodista insistió: “¿Qué podría hacer el régimen cubano…? A lo cual el secretario de estado respondió de un modo, al menos serio: “Bueno, no voy a contarlo ni anunciarlo aquí en una entrevista porque, obviamente, estas cosas requieren espacio y tiempo para hacerse de la manera adecuada. (SIC)
En efecto, añadiría yo. Ese es el camino: se requiere espacio, tiempo y diálogo diría yo. A esa disposición pónganle voluntad y, tal vez, lo demás fluya.
Aunque en otro ambiente, pero con iguales dificultades y venciendo idénticos prejuicios, ya ocurrió una vez cuando los presidentes Barack Obama y Raúl Castro hablaron y avanzaron porque, descalificándose mutuamente, sin hablar nadie se entiende. Para ser interlocutor no se necesita ser amigo, ni negociar es claudicar. Allá nos vemos.  

(Tomado del diario PorEsto) 

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