Por Ariel Dacal Díaz/La Habana
Rosa Luxemburgo recurrió a la certeza de que «la misión histórica de los trabajadores, una vez llegados al poder, es crear, en lugar de una democracia burguesa, una democracia socialista y no abolir toda democracia».
Colocaba así una discusión que, evadida o vedada durante mucho tiempo, resulta determinante para la creación (práctica y teórica) de paradigmas que superen los órdenes sociales opresivos vigentes (la tiranía del capital y el autoritarismo burocrático).
En el actual escenario bélico, donde peligra la soberanía, es menester que las cubanas y cubanos tengamos a mano tanto el fusil como la democracia. En el uso del primero llevamos algo de ventaja, no así en la utilidad de la segunda para resistir y avanzar.
El socialismo es democrático o no es socialismo. Su basamento está en el control popular, de abajo hacia arriba, para la gestión de los procesos productivos y el ejercicio del gobierno público.
La integralidad de la democracia socialista demanda la libertad de prensa, de asociación y de reunión, las elecciones con revocabilidad de todos los funcionarios, así como mecanismos de rotación de los cargos públicos.
Sobre la historia del socialismo después de 1917 ha pendido, como dilema político, la disyuntiva de adelantar los procedimientos de la democracia socialista, al tiempo que se crean las condiciones materiales (la democracia en todo momento); o, en su defecto, relegar a un segundo plano dichos procedimientos en nombre del progreso económico (la democracia para después).
La democracia tiene contenido histórico y de transición, no es un estado dado. Es importante examinar, aportaba George Lukacs, las direcciones del desarrollo real de tal estado. Por ello, prefirió usar el término democratización al de democracia.
La alternativa democratizadora al régimen autoritario burocrático no se otorga o se decreta, sino que resulta de un acumulado; es aprender culturalmente, desde la práctica, la democracia.
El intelectual cubano Juan Valdés Paz, en consonancia con esa tesis, apuntaba que, más que hablar de democracia, habría que hablar de desarrollo democrático. Al colocar esta aseveración en el terreno de la práctica política, sugería la pregunta: ¿cuál es el grado de desarrollo democrático alcanzado, según su propia filosofía, en las respectivas sociedades?
Subraya en esta idea el ineludible carácter histórico de los procesos democráticos, y sobre esa perspectiva recuerda que «la realización de los ideales democráticos ha sido casi siempre, por no decir que siempre, el resultado de las luchas populares». Nunca la realización de los ideales democráticos ha venido de arriba, de los sectores dominantes de las sociedades. Siempre ha sido el resultado de la actividad, la demanda, la lucha de los sectores populares.
Con esta perspectiva, la democratización de los mecanismos de relacionamiento para la producción de bienes y servicios es consustancial al socialismo; este empieza a realizarse en la gestión colectiva (consejos, comunas) de las riquezas (producción, distribución y consumo).
León Trotski entendió la democracia como brújula de la economía nacionalizada, al comprender que la calidad supone procesos democráticos donde se impliquen los productores y los consumidores, contrario a la ineficiencia y chapucería generada por el control burocrático en los procesos productivos.
Tal democracia contiene, además, la libertad de crítica y de iniciativa, la renovación de los sindicatos, la revisión radical de los planes en beneficio de trabajadores y trabajadoras, contrario a la coerción de la burocracia.
De cara al socialismo estadocéntrico, en el cual la actividad práctica de las masas en la gran política, incluso en la regulación en su vida cotidiana, ha sido pobre, surgía la pregunta (vigente para Cuba): ¿la superación de los términos autoritarios de la sociedad solo tiene ante sí como alternativa el capitalismo y el socialismo existente?
En relación con «la clase imprevista», Valdés Paz alertaba que «la burocracia no es el supernumerario de empleados, sino la ausencia de poder social para tomar decisiones y controlarlas». Retomaba así el carácter de sujeto político.
Para Lukacs, esta es una falsa alternativa. El intelectual húngaro colocó su perspectiva en el ámbito de lo que llamó la democratización del socialismo, es decir, su renovación.
Esta renovación es entendida como programa histórico a largo plazo. No es un medio para evitar las crisis, es un proceso de socialización (del poder, la propiedad y el saber) en el que es posible terminar con la división de las esferas pública y privada.
Como proceso de la totalidad social, la democratización alcanza la vida cotidiana, la actividad económica, las instituciones y los mecanismos políticos para las decisiones; abarca la familia, la escuela, la comunidad, el Estado.
El énfasis de este proceso no está en mejorar la esfera política o el sistema de instituciones, está en democratizar el conjunto de la vida, lo cual incluye la calidad de las relaciones interpersonales (sentido común democrático).
Es sabido que en los períodos de crisis del socialismo realmente existente se ejerce presión sobre los gobernantes para el ajuste socioeconómico en el diseño del sistema. En tales períodos se acentúa la pugna de alternativa que, por lo general, han tendido, de un lado, a retoques muy parciales, conservando el control burocrático, de otro, a la introducción de las nociones liberal burguesa sobre la democracia y la libertad.
De cara a la experiencia histórica, llevaba razón Luckas al develar que «la burocracia que planifica centralmente no desea renunciar a su rol de dirigente absoluta», por lo que es comprensible que las modernizaciones formales dejen intactas las viejas esencias de control político.
Anótese que el sector burocrático (político, económico, militar), derivado de la comprensión de vanguardia, devino en intermediario entre los sectores populares y el proyecto socialista, con el incremento desproporcionado de sus funciones y prerrogativas.
Uno de los límites de la experiencia socialista del siglo XX, incluyendo la cubana, estuvo en no comprender que la superación de las relaciones capitalistas de producción solo será posible con la democratización de las relaciones productivas (principal tarea histórica de la transición socialista).
Visto así, el problema del socialismo no es económico en primera instancia, sino político. Entonces, ¿cómo lograr su renovación política?
Es sabido que en las experiencias del socialismo realmente existente el partido se convirtió en un instrumento de control de la sociedad en manos de la burocracia, es decir, se convirtió en el partido de la burocracia.
En la actual circunstancia cubana, ¿cómo podría el partido, siendo el instrumento político de control de una burocracia que «no desea renunciar a su rol de dirigente absoluta», conducir un proceso de democratización que comenzaría por cuestionar sus privilegios y la centralización del poder en sus manos?
Como parte del proceso de democratización socialista ha de incluirse la creación de nuevas formas de relación entre el abajo y el arriba, lo que implica desarrollar la democracia interna de las organizaciones políticas (partidista o no), asúmanse la necesidad de nuevas organizaciones políticas para los sectores populares en general, y para las y los trabajadores en particular.
Es urgente recordar, en la premura de los tiempos que corren, que la democratización es un método inexpugnable que ni la burocracia ni el imperialismo están preparados para vencer, sobre todo porque son, por su esencia, antidemocráticos.
Al igual que sucede con la democratización política, la democratización económica no implica la eliminación del poder, de la autoridad, de las normas y los límites, sino la ampliación de sus bases y la transformación de sus formas jerárquicas, profesionales y excluyentes. Tampoco implica el desconocimiento de las líneas de decisión dentro del mundo económico, sino que procura su legitimación democrática.
Hacen parte de este análisis las preguntas siguientes: ¿cómo actualizar, desde la pretensión democratizadora del socialismo, las maneras de producir política en Cuba? En relación a ello, ¿cómo enfrentaría la clase trabajadora el dilema que implica, de un lado, las relaciones de producción capitalistas emergentes, de otro, las distorsiones que ha sufrido el proyecto socialista cubano en manos de la burocracia?
Desestatizar y descentralizar en función del autogobierno y la autogestión podría ser una buena manera de responder esas interrogantes, al tiempo que encauzar la politización del ámbito público en general y del ámbito laboral en particular, concretado en la definición, decisión y control de la política.
El socialismo, en tanto cualidad del proyecto de nación, ha de pretender, en el camino de la plena soberanía, la democratización económica y política, el desarrollo socio económico y la mayor equidad.
De cualquier manera, como alertó Juan Valdés Paz, no solo tenemos que producir una buena idea de sociedad, sino que tenemos que acompañar cualquier propuesta de ella con un nivel de consenso que garantice el apoyo de las grandes mayorías.
Para Rosa Luxemburgo, aferrarse a la libertad como inmanencia democratizadora no viene de ningún concepto fanático de la «justicia», sino de que todo lo que es instructivo, totalizador y purificante en la libertad política depende de su carácter democrático.
(Tomado de La Joven Cuba)


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