Un nuevo modelo para conflictos, pero Cuba plantea viejas preguntas

2K12 Kub de fabricación soviética: móvil, de alcance medio; el más eficaz de los sistemas cubanos más antiguos

En términos operativos, una guerra total con Cuba terminaría rápidamente. Política y humanamente, no terminaría nunca.

By Amaury Cruz 

Examinemos el reciente ataque militar de Estados Unidos contra Venezuela no solo como espectáculo, sino como un ensayo. Lo ocurrido en Caracas a comienzos de enero no fue simplemente la destitución de Nicolás Maduro. Fue una demostración, dirigida a Cuba y al mundo, de cuán rápido el actual poder militar estadounidense puede neutralizar defensas de fabricación rusa, pero también de cuán poco resuelve ese logro dudoso una vez que se disipa el humo.

Esa realidad importa hoy más que nunca debido a la renovada agresión de Trump hacia Cuba. «NO HABRÁ MÁS PETRÓLEO NI DINERO QUE VAYA A CUBA – ¡CERO!», publicó Trump en su plataforma Truth Social. «Les sugiero encarecidamente que hagan un trato, ANTES DE QUE SEA DEMASIADO TARDE». Venezuela, en otras palabras, no fue un episodio aislado. Fue una prueba general. El presidente cubano, Miguel Díaz-Canel, prometió defender al país. «Cuba es una nación libre, independiente y soberana. Nadie nos dice qué hacer», escribió Díaz-Canel en X, añadiendo que la isla estaba «lista para defender la patria hasta la última gota de sangre».

Poco antes del amanecer del 3 de enero, fuerzas de operaciones especiales de Estados Unidos, respaldadas por aviones y helicópteros, atacaron instalaciones militares y centros de mando en el norte de Venezuela. Objetivos en Caracas y en el puerto de La Guaira fueron alcanzados casi de manera simultánea. La incursión, denominada Operación Resolución Absoluta por funcionarios estadounidenses, combinó ataques aéreos con penetraciones rápidas de acción directa que colapsaron prontamente las defensas venezolanas. Maduro y su esposa, Cilia Flores, fueron detenidos en breve plazo. Funcionarios de Estados Unidos informaron que no hubo bajas estadounidenses y solo heridas leves. Las autoridades venezolanas reconocieron decenas de muertes militares, incluso al menos 23 agentes de seguridad y 32 efectivos cubanos al servicio del gobierno de Maduro. También se reportaron víctimas civiles, lo que eleva el total a entre 75 y 100, y se documentaron daños visibles por explosiones y municiones en varias zonas urbanas. La presidenta interina Delcy Rodríguez declaró una semana de luto nacional.

El rasgo más sorprendente de la operación fue la celeridad con la que las avanzadas defensas aéreas de Venezuela dejaron de importar. A pesar de años de inversión en sistemas suministrados por Rusia, incluidos los misiles tierra-aire Buk-M2E, esas defensas fueron neutralizadas casi de inmediato. Sin embargo, ha surgido nueva evidencia de que las fuerzas venezolanas estaban mal preparadas e eran incompetentes, algunos componentes aún permanecían almacenados y no desplegados, y los sistemas antiaéreos no estaban interconectados. Rusia compartió la responsabilidad del fracaso, ya que sus instructores y técnicos no se aseguraron de que el sistema estuviera bien mantenido y operativo. Esto facilitó que las fuerzas estadounidenses priorizaran la supresión de radares y la destrucción de emplazamientos de misiles, apoyándose en gran medida en aeronaves furtivas y en la guerra electrónica. Las baterías venezolanas fueron inutilizadas antes de que pudieran imponer costos significativos. Ninguna aeronave estadounidense se perdió por fuego enemigo.

Lo que siguió ha sido menos ordenado. La salida de Maduro no resolvió la crisis subyacente de Venezuela. El colapso económico, la legitimidad disputada y la fractura social no desaparecieron con el arresto de solo un hombre. Aunque Maduro y Flores enfrentan ahora cargos federales en Estados Unidos y un gobierno interino encabezado por Delcy Rodríguez reclama autoridad, la situación sobre el terreno sigue siendo volátil. Milicias armadas progubernamentales, los colectivos, continúan patrullando barrios y estableciendo puestos de control en partes de Caracas. Sus actividades han incrementado la inseguridad y han llevado a funcionarios estadounidenses a instar a sus ciudadanos que abandonen el país.

La reacción internacional fue rápida y polarizada. Gobiernos del Sur Global condenaron la intervención como una violación de la soberanía y del derecho internacional. Aliados de Estados Unidos emitieron comunicados cautelosos pidiendo moderación. Rusia, China, Irán y varios Estados latinoamericanos presentaron protestas formales. Las Naciones Unidas convocaron discusiones de emergencia que no produjeron consenso, pero sí abundantes condenas, como polvo en el viento.

Desde un punto de vista estrictamente militar, la operación fue un éxito para Estados Unidos. Desde el punto de vista político, sigue sin resolverse. La estabilización no sigue a la decapitación parcial del régimen. La renovación democrática no muestra señales de materializarse. Trump expresó dudas sobre la capacidad de la dirigente opositora venezolana María Corina Machado para gobernar el país, y ni siquiera ha mencionado al presunto ganador de la elección que se acusa a Maduro de haber robado: Edmundo González Urrutia, quien fue el sustituto de Machado. Las instituciones permanecen débiles, las fuerzas de oposición fragmentadas y la dislocación económica intacta. Analistas señalan que, salvo por la ausencia del propio Maduro, la configuración básica de poder y tensión en Venezuela resulta inquietantemente familiar. Ni siquiera el plan de Trump para robarse el petróleo venezolano parece algo seguro, dada la reticencia de los ejecutivos petroleros estadounidenses a involucrarse y arriesgar hasta $100 mil millones de dólares.

Hay una lección que Cuba no puede ignorar. Las defensas aéreas, aún cuando parezcan formidables sobre el papel, pueden ser desmanteladas rápidamente por una fuerza tecnológicamente superior. Jefes de Estado pueden ser removidos sin una ocupación masiva. Pero hay otra lección que Estados Unidos tampoco puede ignorar: decapitar un gobierno no es lo mismo que reestructurar una sociedad. Las lecciones de Vietnam, Irak y Afganistán han sido olvidadas.

En Cuba, las consecuencias serían casi con certeza peores que en Venezuela, ya que solo una invasión satisfaría a halcones de derecha y vociferantes anticubanos como el secretario de Estado Marco Rubio y la representante Elvira Salazar, miembros de una cohorte que lleva 65 años aplicando sin éxito la teoría de la olla de presión sobre Cuba con el objetivo de un cambio total de régimen. 

Según los estándares militares convencionales, una invasión estadounidense sería breve en su primera etapa. Documentos de planificación del Pentágono han concluido desde hace tiempo que las fuerzas de Estados Unidos podrían establecer el control del espacio aéreo y de las aguas circundantes de una nación pequeña en cuestión de días, apoyándose en aeronaves furtivas, aviación naval, guerra electrónica y municiones de precisión, conforme a los criterios establecidos en el Departamento de Defensa de Estados Unidos, Publicación Conjunta 3-01: Contrarrestar las amenazas aéreas y de misiles (2023), que citan la experiencia de la Operación Tormenta del Desierto.

Las fuerzas armadas cubanas, estimadas en unos 50.000 efectivos activos y una reserva mucho mayor, operan en gran medida sistemas de la era soviética modernizados de manera dispareja tras décadas de sanciones. La isla aún despliega sistemas heredados de misiles tierra-aire, incluidos el S-75, el S-125 y el 2K12 Kub, complementados por sistemas de corto alcance y misiles portátiles. Estos sistemas no negarían la supremacía aérea de Estados Unidos, pero podrían imponer costos en la fase inicial, en particular contra aeronaves no furtivas, drones y plataformas de inteligencia. Invadir Cuba, entonces, no sería un paseo; podría resultar algo costoso en cuanto a equipos y bajas.

La doctrina estadounidense anticipa esos costos y los acepta. La supresión y destrucción de las defensas aéreas enemigas se prioriza precisamente porque conlleva riesgos incluso para la fuerza dominante. En un escenario cubano, las bajas estadounidenses probablemente serían limitadas, pero políticamente explosivas, dada la proximidad de la isla a Florida y la ausencia de cualquier amenaza cubana directa al territorio estadounidense o de otra justificación legítima. Más allá de los riesgos iniciales, si Estados Unidos ocupara la isla, no hay forma de prever qué daños podrían infligirse a las fuerzas ocupantes por una nación que venció en Angola y perfeccionó la guerra de guerrillas.

Las bajas militares cubanas serían mucho mayores, concentradas entre unidades de defensa aérea, fuerzas de seguridad interna y reservistas movilizados apresuradamente. Pero el costo decisivo recaería en otro lugar. Investigaciones sobre campañas aéreas modernas muestran que los efectos indirectos, como el cierre de hospitales, la escasez de medicamentos, fallas en la distribución de alimentos, accidentes causados por apagones, etc., pueden superar las muertes directas en combate en cuestión de semanas. Los conflictos que degradan las redes eléctricas producen aumentos bruscos de mortalidad civil prevenible, en particular entre los ancianos y los enfermos crónicos. La ya frágil cadena de suministros médicos de Cuba haría a la isla especialmente vulnerable a estos efectos en cascada.

La reacción internacional no suavizaría el golpe. Los gobiernos latinoamericanos se han opuesto siempre a la intervención militar en Cuba, y la Asamblea General de las Naciones Unidas ha condenado año tras año las medidas coercitivas de Estados Unidos contra la isla por abrumadoras mayorías. Una invasión profundizaría el aislamiento de Estados Unidos en la región y otorgaría ventaja retórica y estratégica a potencias rivales, incluso sin su participación directa. Pero oponerse a la intervención militar con palabras vacías no es lo mismo que enfrentar al mayor abusador del mundo, y a Trump, quien no piensa estratégicamente, le importa tres pitos lo que otros países piensan de él o de Estados Unidos.

En términos operativos, una guerra total con Cuba terminaría rápidamente. Política y humanamente, no terminaría nunca. Las cifras decisivas no aparecerían en informes posteriores a la acción, sino en hospitales sin electricidad, puertos sin combustible y barrios cuya supervivencia depende de sistemas que la guerra moderna desmantela. Ese desequilibrio entre una campaña breve y un ajuste de cuentas prolongado define lo que Venezuela prefigura. Que esto pueda llamarse de manera creíble exportación de la democracia es una pregunta que el pueblo cubano podría verse obligado a responder hasta la última gota de su sangre.

(Tomado de Progreso Weekly)

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