Grupo de hombres armados en un paisaje natural
La presión externa vuelve a poner sobre la mesa un debate aplazado: reformas internas, participación real y el precio de no negociar a tiempo.
Aurelio Pedroso/La Habana
En esos términos del titular ha sido la última amenaza-advertencia del presidente estadounidense Donald Trump de cara a las autoridades cubanas. La respuesta ha sido breve y contundente: hasta la última gota de sangre.
En anterior artículo de opinión (recalco lo de opinión), sostuve que cualquier intento de negociación a lo largo de la historia de relaciones Cuba-EEUU no ha arrojado resultados positivos por una sencilla razón: la soberanía e independencia no son negociables.
Nada de lo que pueda y deba hacerse en ese sentido será para complacer a Trump y comparsa, sino para mejorar y actualizar nuestro sistema que desde hace rato pide a gritos nuevas formas en la economía y hasta de carácter político, de auténtica participación popular en la toma de decisiones, sin secretismos, con transparencia y sin burócratas amargándonos el día a día y en lucha a muerte contra la corrupción a cualquier nivel.
Lo han hecho China y Vietnam y por diversas razones, las burocráticas incluidas, Cuba no ha dado el paso sobre todo de cara a incentivar y fortalecer el sector privado, inundado de controles y medidas que impiden su avance. Excesivo control. Lo fácil convertirlo en difícil.
Hace tan solo unos días, el estelar telediario de la noche reportó el encuentro del embajador vietnamita con nada más que la prensa nacional. En perfecto español dijo par de veces que la apuesta al crecimiento económico ellos la cifraban en el sector privado por su eficiencia y empuje.
Y no se trata de reproducir al pie de la letra, que ya bastante se copió de la antigua URSS incluso las exclamaciones de ¡hurra!, sino adecuarlo a las condiciones locales y a lo que dictan las experiencias y el sentido común que tal parece también lo tenemos en falta no por el bloqueo.
Una guerra hay que vivirla en sus condiciones extremas para poder aquilatarla en su justa medida. No lo sostengo de oídas. La he vivido en tres ocasiones no como periodista, sino como soldado (Angola, Etiopia y Nicaragua). Siempre seré de los primeros en evitarla. Las risas como preludio del terror cuando veo imágenes sonrientes de jóvenes encima de una pieza antiaérea durante el reciente ejercicio nacional por el día de la defensa.
Si las circunstancias futuras nos obligaran a portar de nuevo las armas, la respuesta sería una gran (u otra) sorpresa para el agresor.
Quienes participaron en alguna que otra conflagración bélica, dispuestos a rememorar viejas glorias, ya son ancianos retirados que le piden permiso a una pierna para el avance de la otra. Son pocos, contados con los dedos de una mano los que permanecen en activo. Basta con observar las condecoraciones de nuevos coroneles y generales; ninguna por acciones de guerra. Todas por años de servicio y ejemplar comportamiento disciplinario y de estudios.
Si no se lograra negociar de cara al imperio, que así ocurrirá, al menos tendríamos que hacerlo entre cubanos y vaya usted a saber si con ello evitaríamos meternos dentro de un uniforme verde olivo con AKM en mano y percatarnos que los discursos son bien diferentes cuando se pronuncian en una trinchera y no desde una tribuna.
Bisoños, primerizos y novatos deben saber que en nuestro grupo de combatientes en Angola y luego en Etiopía carecíamos de consignas políticas. No eran necesarias. Bastaba con que alguien gritara ¡Al “despingue”! y ya estábamos en combate.


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