Cuba es un pueblo duro

Yuliet Teresa/La Habana

“Cuba es un pueblo duro”, dijo el magnate norteamericano Donald Trump. No lo dijo como elogio. Lo dijo como quien constata un obstáculo. Un tipo habituado a falsear la realidad tropezó, por una vez, con una verdad incómoda. Duro no es un rasgo moral. Es una condición histórica.

Duro es un pueblo que decidió —en circunstancias extremas— no aceptar como destino la subordinación. Un pueblo que, desde una isla periférica, se propuso desmontar el orden social heredado: el de la tierra concentrada, el analfabetismo estructural, la miseria como paisaje, la política como privilegio de unos pocos.

Cuando Fidel Castro dijo La historia me absolverá, no estaba prometiendo el paraíso. Estaba enumerando tareas pendientes. Y las enumeró con precisión casi técnica: tierra para quienes la trabajan, educación para quienes nunca la tuvieron, salud como derecho, empleo digno, vivienda, justicia social. No metáforas. Programas. Y aquí estamos, disputándonos. Jodiéndonos por tenerlo, por hacerlo.

Duro es haber convertido esas promesas en políticas públicas. La reforma agraria no fue un gesto simbólico: fue la ruptura con el latifundio y con una economía diseñada para exportar riqueza y producir pobreza. La alfabetización no fue una campaña romántica: fue la decisión política de declarar intolerable que un país no supiera leerse a sí mismo.

La salud pública no fue caridad: fue la construcción de un sistema universal en un contexto de bloqueo económico sostenido. Y aquí estamos, jodiéndonos por tenerlo, por hacerlo.

Duro es haber apostado por la cultura como derecho y no como ornamento.

Haber fundado editoriales, escuelas de arte, cines, teatros, instituciones científicas, mientras el bloqueo económico se cerraba y el aislamiento se profundizaba. Haber entendido que la batalla ideológica también se libra en el pensamiento, en la creación, en la palabra. Y aquí estamos, jodiéndonos por tenerlo, por hacerlo.

Duro es haber sostenido un proyecto social bajo presión constante: sabotajes, invasiones, sanciones, campañas de descrédito, asfixia financiera. A noventa millas del centro del poder global. Con recursos limitados y errores propios que también pesan.

Duro es haber hecho de la solidaridad un principio organizador: dentro del país y más allá de sus fronteras. Médicos donde no hay médicos. Alfabetizadores donde no hay escuelas. Internacionalismo no como consigna, sino como política exterior.

Duro es haber redefinido la felicidad lejos del consumo. Medir el bienestar en acceso, en derechos, en comunidad. Una definición discutible, imperfecta, pero radicalmente política.

Duro es resistir incluso cuando el desgaste erosiona la épica, cuando la burocracia aplasta, cuando la desigualdad reaparece, cuando la promesa se vuelve más frágil que el sacrificio. Resistir sin dejar de pensar. Sin dejar de criticar. Sin dejar de disputar el sentido. Y aquí estamos, jodiéndonos por tenerlo, por hacerlo.

Duro es un pueblo que no fue diseñado para existir en soledad, pero aprendió a hacerlo. Que no fue pensado para durar, pero duró. Por eso la frase del magnate es cierta a su pesar. Cuba es dura no porque no sienta, sino porque decidió no rendirse. Y aquí estamos, jodiéndonos por tenerlo, por hacerlo.

Y esa —le guste o no al imperio— es nuestra mayor conquista.

(Tomado del Facebook de la autora)

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