Félix López/Andalucía
En enero de 2006 visité Abbottabad, una humilde ciudad de Pakistán, situada en el Valle de Orash, 120 kilómetros al norte de Islamabad. Allí mismo, cinco años después, Fuerzas especiales de los Navy Seals de los Estados Unidos abatieron a Osama Bin Laden (líder de Al Qaeda). Era el hombre más buscado por los gringos después de los atentados del 11 de septiembre. Tras una década de persecución, el 2 de mayo de 2011, el presidente Barack Obama dio el OK para que el cuerpo élite de los marines entrara en acción. Fue una operación quirúrgica que no terminó con el apresamiento. Tuvieron que abatirlo a tiros.
Osama in Laden era un terrorista peligroso. Se había enconchado en un pueblo del fin del mundo, en un barrio popular, donde sobresalía una casa de tres pisos rodeada de muros de más de tres metros. En los Estados Unidos y en casi todo el mundo se celebró su muerte. Los Navy Seals fueron condecorados como héroes y Obama sacó pecho en su lucha contra Al Qaeda. Desde entonces no se había vivido otra operación de película y Donald Trump, que es más rancio que James Monroe y más cínico que Barack Obama, envío a sus chicos de Delta Force a secuestrar a Nicolás Maduro en la madrugada del 3 de enero (el mismo día en que capturaron al presidente Manuel Noriega en Panamá, en aquella invasión criminal de 1990).
Ni Trump es Obama, ni Maduro es Bin Laden. Hay una diferencia sustancial entre un terrorista consumado y un presidente al que se acusa de antidemocrático, de liderar un cartel de la droga y de haber robado unas elecciones. Bin Laden había atacado el corazón del imperio. Nicolás Maduro, amén de su inflamado discurso antiimperialista y de su coqueteo con el diálogo, no le ha infligido ningún daño al pueblo de los Estados Unidos. Las propias agencias federales de los Estados Unidos y la gran prensa de ese país reconocen que las rutas de la droga que les hacen daño no nacen ni pasan por Venezuela; de manera que lo del «Cartel de los Soles» es una leyenda por probar.
Bombardear un país de madrugada, asesinar civiles inocentes y secuestrar al presidente de una nación soberana son acciones criminales que violan el derecho internacional. Donald Trump no es el emperador del mundo ni los chicos de Delta Force son la policía interplanetaria. Eso es de manual, aunque algunos se empeñen en celebrarlo y en legitimarlo. Lo que no he logrado entender en las primeras 24 horas del episodio es cómo se producen estos hechos con tanta facilidad. Una escuadra de helicópteros entra en el espacio aéreo de Caracas y con la precisión de un videojuego se posan en Fuerte Tiuna, un complejo militar artillado, y secuestran al presidente del país. Un ejército en alerta de combate que no combate al agresor. ¿Dónde estaban los mandos militares? ¿Por qué no tumbaron al menos un Black Hawk? ¿Cómo dejaron a su suerte al anillo de seguridad de Nicolás Maduro, en el que Donald Trump se ufana de la muerte de militares cubanos? ¿Cuál es la diferencia con la invasión a Panamá donde emplearon 27.000 soldados y no se la pusieron fácil?
Donald Trump ha comenzado el 2026 pletórico. Ha mostrado la foto de Nicolás Maduro esposado, mancillado, rumbo a una corte en New York. Esa imagen, por mucho que la expliquen, no es un acto de justicia, es apología de guerra, arrogancia imperial. Para superar a Monroe no solo revive el ideal de América para los americanos, sino que avisa que ahora es él quien gobierna en Venezuela, quien nombra administradores y que sus grandes petroleras entrarán a «arreglar» el país y a «generar» ingresos. No se esconde para anunciar el saqueo y no disimula que le importa un carajo la democracia. De paso ha dicho que María Corina Machado no es líder y no tiene el apoyo y el respeto del pueblo venezolano. Los traidores siempre son desechables.
Ojalá que el guiño de aprobación hacia Delcy Rodríguez (la vicepresidente de Venezuela) y su revelación de que ella está dispuesta a trabajar con los Estados Unidos sea otra de sus tretas y no una realidad. Pasará un tiempo y se sabrá una parte de la verdad. Veremos qué rumbo toman los acontecimientos, sabremos quiénes se la jugaron por Venezuela y quiénes flaquearon por las recompensas. Quizá, como le ocurrió a Manuel Noriega, Nicolás Maduro envejezca en una fría cárcel y todos los venezolanos que hoy están de fiesta alrededor del mundo maldigan a Donald Trump por haberlos dejado fuera de la repartición del botín.
Lo peor que le puede pasar a un pueblo es perder la memoria. Los que celebran son muy jóvenes, pero antes de 1992 en Venezuela mandaba la oligarquía petrolera. Un veinte por ciento vivía a toda leche, hacía los mercados de fin de semana en Miami a bordo de sus lujosos jets, mientras había madres en los cerros que alimentaban a sus hijos con perrarina (comida para perros). Pasen por la hemeroteca y relean lo que viene… Está resumido en una advertencia de Eduardo Galeano: «Cada vez que los Estados Unidos “salva” a un pueblo, lo deja convertido en un manicomio o en un cementerio». Aquí en estas redes he leído hoy que «Trump ha bombardeado a Venezuela por democracia». Hay que ser canijo. Ya aprenderán en la segunda parte de la película que sin soberanía no existen ni nación ni democracia.
(Tomado del Facebook del autor)


Deja un comentario