Yuliet Teresa /LaHabana
#Intensa| Diciembre llega con su olor a balances. No huele a carne de cerdo, congrí, cerveza: huele a cuenta. A lista. A esa hoja invisible donde anotamos lo que hicimos, lo que no hicimos, lo que debimos haber hecho. Es una auditoría íntima, severa, sin derecho a réplica. Un arqueo de caja de la vida.
La lista es una forma de obediencia. Parece inocente, pero no lo es. Nos ordena, nos mide, nos clasifica. Dice quién avanzó y quién quedó atrás. Quién cumplió y quién falló. Quién merece el aplauso silencioso de haber “logrado algo” y quién se queda con la culpa de no haber llegado.
Casi nadie llega completo. Hay quienes tachan todos los ítems, pero llegan rotos: con el cuerpo agotado, la cabeza saturada, el pecho apretado. Otros llegan sin tachar casi nada, pero con una fatiga más honda: la de haber resistido. Resistido apagones, colas, precios imposibles, despedidas. Resistido sin que eso cuente como mérito en ninguna lista.
Nos han enseñado que vivir es cumplir. Que existir es rendir. Que el valor de una persona se mide en productividad, en eficacia, en resultados. Ser funcionales, dicen. La pregunta —que casi nunca se formula— es: funcionales, ¿para quién?
La modernidad tardía, esa que se disfraza de motivación y frases luminosas, nos vendió un falso positivismo: todo está bien, todo depende de ti, si quieres, puedes. Mientras tanto, el mundo —y Cuba con él— se desmorona en capas superpuestas: crisis económica, desgaste institucional, migración como horizonte, cansancio social. Pero la consigna persiste: sonríe, agradece, produce.
La lista se vuelve entonces una forma de violencia suave. No grita, no golpea, pero empuja. Nos pone al borde de nuestras fuerzas. Nos exige un tipo de vida que no es la nuestra. Una vida de escaparate, de “novela turca”: intensa pero irreal, llena de éxitos individuales, de romances consumibles, de finales felices garantizados. Un estándar importado que no dialoga con nuestras condiciones materiales ni con nuestras historias colectivas.
La idea posmoderna del éxito fabrica vidas de cristal: brillantes, frágiles, vacías. Vidas sin contradicción, sin ambigüedad, sin dolor legítimo. Emociones editadas para encajar en el relato. La felicidad convertida en performance.
Y en esa lista interminable hemos ido borrando lo esencial. No aparece el tiempo compartido. No aparece el cuidado. No aparece el amor como acto político. No aparece la ternura como forma de resistencia. Vivir y amar no puntúan.
En Cuba, esta trampa es más cruel. Porque aquí la felicidad no puede ser solo una consigna individual. No puede reducirse a “actitud” cuando faltan condiciones. La vida digna necesita políticas públicas que la sostengan: leyes que protejan, sistemas que cuiden, decisiones que pongan la vida —toda la vida— en el centro. Pero también necesita otra cosa, más silenciosa y más difícil: una ética cotidiana de la austeridad sin miseria, de la dignidad sin cinismo, del decoro sin resignación.
Tal vez haya que romper la lista. O reescribirla. Que no pregunte cuánto produjimos, sino cuánto cuidamos. Que no mida cuánto acumulamos, sino cuánto compartimos. Que no celebre la autosuficiencia, sino la interdependencia.
Tal vez el verdadero balance no esté en lo logrado, sino en lo sostenido. En haber seguido amando cuando parecía inútil. En haber esperado cuando todo invitaba a irse. En haber apostado, aun con miedo, por una vida que no sea solo sobrevivir.
Al final, cuando el año se va, no queda la lista. Queda el cuerpo. Quedan los vínculos. Queda la pregunta, incómoda y necesaria, que ninguna modernidad ha logrado silenciar: ¿para qué —y con quiénes— queremos vivir?
(Tomado del Facebook de la autora)


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