Yuliet Teresa /La Habana
En 2025, Cuba no solo vivió una crisis múltiple —económica, energética, migratoria, institucional—; vivió, sobre todo, una crisis de sentido. Una crisis del relato político que sostiene —o rompe— el vínculo entre Estado, sociedad y proyecto histórico. El país no fue narrado: fue disputado. Y esa disputa no ocurrió en abstracto, sino en el terreno material de la vida cotidiana, donde la comunicación dejó de ser mediación y se convirtió en campo de conflicto.
Dos grandes orillas mediáticas construyeron relatos incompatibles. No dialogaron: combatieron por el derecho a nombrar la realidad. Más que informar, produjeron marcos de interpretación excluyentes, revelando que la comunicación es siempre una práctica de poder.
Desde el sistema de medios públicos se sostuvo una narrativa de resistencia, orden y conducción política. La crisis fue admitida, pero cuidadosamente administrada en el lenguaje: coyuntural, explicable, controlable. Nunca estructural, nunca política en sentido profundo. Las causas se desplazaron hacia afuera —bloqueo, guerra económica, contexto internacional (que es verdad)— o hacia lo técnico —fallas, contingencias, ajustes—. El discurso fue institucional, defensivo, pedagógico en clave vertical: explicar para contener, nombrar para clausurar, informar para desactivar el conflicto.
En ese marco, la economía fue despojada de su carácter social y presentada como un problema técnico-administrativo. No hubo antagonismos, solo procedimientos. No hubo disputa distributiva, solo racionalidad de gestión. Cada apagón tuvo una causa; cada medida, una justificación; cada malestar, una exhortación a la paciencia. La comunicación operó como tecnología de gobernabilidad, no como espacio de deliberación popular. No amplió la ciudadanía: la disciplinó.
En contraste, los medios no oficiales narraron la economía desde abajo, desde el cuerpo cansado y la vida que no alcanza. El salario insuficiente, la mesa vacía, la cola infinita, el mercado informal como norma y no como excepción. Allí, la crisis no fue coyuntura: fue estructura vivida. El uso de datos, gráficos, calculadoras domésticas y testimonios no solo informó: politizó la experiencia, evidenciando la fractura entre el discurso estatal y la vida real. No se trató solo de mostrar números, sino de devolverle palabra a lo que había sido silenciado.
La crisis energética condensó con crudeza esta disputa comunicacional. Para los medios oficiales, los apagones exigieron comprensión, sacrificio y unidad. Para los no oficiales, revelaron desigualdades territoriales, jerarquías invisibles y un desgaste emocional acumulado. La ciudadanía no solo reorganizó horarios: reorganizó expectativas, afectos y vínculos sociales. La oscuridad no fue únicamente eléctrica; fue informativa y política. Lo que no se nombra —o se nombra bajo control— también gobierna.
La migración fue, quizá, el silencio más elocuente del relato oficial. Tratada desde la diplomacia, las cifras y los acuerdos, quedó amputada de su dimensión política interna. No fue presentada como síntoma de ruptura del pacto social, sino como fenómeno externo. Los medios no oficiales, en cambio, la leyeron como diagnóstico: la fuga de futuro, el agotamiento del horizonte, el voto con los pies de una generación. No como anomalía, sino como mensaje colectivo.
La fractura se volvió más profunda en el terreno de las libertades, las redes y la palabra pública. La comunicación oficial reforzó una lógica securitaria: el control como defensa, la regulación como salvación frente al caos. El disenso fue narrado como amenaza, no como expresión legítima de ciudadanía. Los medios independientes tradujeron decretos, leyes y sanciones en historias comprensibles, mostrando cómo la legalidad operó como dispositivo de control simbólico, estrechando el espacio de lo decible y lo pensable.
La política internacional funcionó, en la narrativa estatal, como marco totalizante. Mirar hacia afuera permitió aplazar preguntas hacia adentro. Los medios no oficiales insistieron en una interpelación incómoda pero necesaria: ¿cuánto de la crisis es ya estructural y cuánto puede seguir atribuyéndose a factores externos sin erosionar definitivamente la credibilidad del discurso revolucionario?
Incluso los espacios de cultura, deporte y orgullo nacional —insistentemente destacados por la prensa oficial— convivieron con una sensación social de agotamiento. El símbolo resistió, pero el cuerpo social mostró fatiga. La épica sobrevivió; la cotidianidad no. La mística ya no alcanzó para suturar la experiencia vivida.
Así, 2025 fue el año de las narrativas paralelas: no complementarias, sino antagónicas. Una exigió resistencia; la otra, reconocimiento del desgaste. Entre ambas quedó la ciudadanía, forzada a traducir, contrastar y sobrevivir en un ecosistema informativo fragmentado, donde informarse se volvió una forma de trabajo político no reconocido.
Cuba cerró el año sin consensos narrativos y con una pregunta central para la comunicación política:
¿quién tiene hoy la legitimidad para nombrar el país y desde dónde se construye esa autoridad simbólica?
Cuando el relato deja de convencer y la experiencia social no encuentra palabras públicas, no solo se erosiona el discurso: se erosiona el vínculo político. Y sin vínculo, no hay hegemonía posible.
El país que fue ya no existe.
El que viene, todavía, no logra decirse.
(Tomado del Facebook de la autora)


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