La disminución de nacimientos y la baja fecundidad han reducido el peso de niños y jóvenes, mientras crece la proporción de adultos mayores.Foto: Jorge Luis Baños/IPS
Cuba enfrenta un envejecimiento acelerado que redefine su demografía, economía y políticas sociales.
IPS/La Habana
El envejecimiento de la población cubana es uno de los fenómenos demográficos más relevantes del país en las últimas décadas y, a la vez, uno de los menos resueltos de manera integral.
Esta transformación estructural, marcada por una mayor proporción de personas mayores de 60 años respecto al total de habitantes, tiene implicaciones profundas para la dinámica social, el sistema de salud, la economía y las políticas públicas, que aún muestran dificultades para adaptarse al ritmo y la magnitud del cambio.
Los datos oficiales confirman que una parte considerable de la población cubana ha alcanzado la tercera edad. Para finales de 2024, más de una cuarta parte de los residentes en el país tenía 60 años o más, lo que sitúa a Cuba entre los territorios con mayor proporción de adultos mayores en América Latina y el Caribe.
Esta posición, si bien refleja avances históricos en salud y esperanza de vida, también evidencia una transición demográfica acelerada para la cual las respuestas institucionales han sido parciales y, en muchos casos, insuficientes.
Según informó el primer ministro Manuel Marrero en la última sesión de la Asamblea Nacional del Poder Popular de Cuba, se estima que entre 2025 y 2050 se mantendrá la tendencia de baja fecundidad y de un saldo natural negativo, con más fallecimientos que nacimientos.
Estas proyecciones plantean interrogantes relevantes sobre la sostenibilidad económica y social del país, especialmente en un contexto de limitaciones estructurales persistentes.
Tal escenario es resultado de varios factores interrelacionados que han modificado de manera significativa la pirámide poblacional. Entre ellos, la disminución sostenida de la natalidad, el descenso prolongado de la fecundidad y el aumento de la esperanza de vida.
Como consecuencia, los grupos juveniles y de adultos en edad productiva han reducido su peso relativo frente a una población mayor cada vez más numerosa, lo que altera el equilibrio tradicional entre generaciones.

Entre 2025 y 2050, la población cubana en edad laboral se reducirá de 5,9 a 4,1 millones de personas, lo que plantea desafíos para la sostenibilidad económica y social.
Causas
Las cifras de nacimientos en Cuba muestran una tendencia descendente que se ha acentuado en los últimos años.
Esta caída prolongada ha reducido de manera significativa la proporción de niños y jóvenes en la población total, acentúa el peso relativo de los adultos mayores y compromete el relevo generacional.
A ello se suma la contracción del grupo de personas entre 15 y 59 años, que en el periodo reciente ha disminuido de forma notable. Este descenso limita la disponibilidad de fuerza laboral y profundiza el desbalance entre población activa y dependiente.
El resultado combinado de menos nacimientos y menos jóvenes acelera el envejecimiento demográfico y coloca una presión creciente sobre los sistemas de protección social.
El aumento de la longevidad también contribuye a este proceso. La esperanza de vida en Cuba se sitúa alrededor de los 77 años, un indicador que refleja avances acumulados en salud pública, pero que al mismo tiempo incrementa el número de personas que requieren atención prolongada en edades avanzadas.
Sin una adecuación paralela de los servicios y las condiciones materiales, este logro puede convertirse en una fuente adicional de vulnerabilidad.
La migración es otro factor clave en la configuración actual. La salida sostenida de población joven y en edad laboral estrecha la base de la pirámide poblacional y amplifica el peso relativo de los adultos mayores.
Este patrón migratorio modifica la estructura por edades y debilita redes familiares tradicionales que han sido históricamente un sostén fundamental para la vejez.

Provincias como Villa Clara y La Habana concentran más del 28 % de adultos mayores, con índices de dependencia que superan los 500 por cada 1 000 personas activas, generando tensiones locales en servicios y economía.
Distribución nacional
El envejecimiento no se manifiesta de manera homogénea en el territorio cubano. Algunas provincias presentan porcentajes de adultos mayores superiores al promedio nacional.
El índice de envejecimiento, que compara la cantidad de adultos mayores con la de menores de 15 años, revela también desequilibrios territoriales marcados.
Las regiones centrales del país muestran valores considerablemente más altos, mientras que provincias como Guantánamo o Artemisa presentan índices relativamente menores. Estas diferencias sugieren la necesidad de políticas territoriales diferenciadas, que no siempre se han desarrollado con la profundidad requerida.
De igual forma, el índice de dependencia de la vejez —que expresa la presión que ejercen los adultos mayores sobre la población en edad laboral— alcanza niveles elevados en determinados territorios.
Provincias como Villa Clara superan los 500 adultos mayores por cada 1 000 personas activas, lo que representa un desafío tangible para la sostenibilidad social y económica a escala local.

Provincias como Villa Clara y La Habana concentran más del 28 % de adultos mayores, con índices de dependencia que superan los 500 por cada 1 000 personas activas, generando tensiones locales en servicios y economía.
Atención especializada
El aumento sostenido de la población mayor incrementa la demanda de servicios de salud y atención social especializada. Las enfermedades crónicas asociadas a la edad, como las cardiopatías y determinados tipos de cáncer, concentran una parte importante de la morbilidad y la mortalidad en este grupo etario. Sin embargo, la capacidad del sistema para responder de forma integral enfrenta limitaciones de recursos, infraestructura y personal especializado.
El envejecimiento también implica una mayor dependencia de la red de seguridad social, particularmente de pensiones y programas de apoyo. Aunque estos mecanismos existen, su alcance y suficiencia se ven condicionados por restricciones económicas que afectan directamente la calidad de vida de las personas mayores.
La actualización de estas políticas avanza con lentitud frente a un contexto demográfico que se transforma con rapidez.
En algunos casos, el apoyo económico proveniente de familiares en el exterior representa un alivio importante. No obstante, la dispersión familiar y la separación geográfica, derivadas de los flujos migratorios, reducen la estabilidad de estas redes y dejan a muchos adultos mayores en situaciones de soledad o vulnerabilidad.
Más allá de los indicadores cuantitativos, la manera en que la sociedad percibe la vejez influye en la construcción de políticas inclusivas. Diversas organizaciones internacionales han subrayado la importancia de evitar enfoques que releguen a las personas mayores a roles pasivos y promueven en cambio su participación activa y el reconocimiento de su experiencia acumulada.
Este cambio cultural, aunque enunciado con frecuencia, aún enfrenta obstáculos en su implementación práctica en la mayor de las Antillas.
Retos y perspectivas
La transición hacia una población envejecida plantea desafíos estructurales para la planificación a largo plazo. El equilibrio intergeneracional, la disponibilidad de servicios sociales, la sostenibilidad económica y el diseño de políticas orientadas al envejecimiento saludable se ubican en el centro del debate.
El fortalecimiento de programas de atención integral y de redes comunitarias puede marcar la diferencia, siempre que se acompañe de recursos y voluntad sostenida.
Los cambios en la estructura familiar y los patrones migratorios seguirán influyendo en la composición por edades de la población, lo que exige enfoques flexibles y adaptativos en las estrategias sociales.
Ignorar estas dinámicas podría profundizar las desigualdades existentes entre territorios y grupos etarios.
La creciente proporción de adultos mayores en Cuba representa, al mismo tiempo, un logro social vinculado al aumento de la esperanza de vida y un desafío complejo en términos de adaptación institucional, condiciones económicas y sostenibilidad de los vínculos entre generaciones. El equilibrio entre estos dos aspectos continúa siendo frágil.
Las implicaciones de este fenómeno atraviesan dimensiones económicas, sociales y culturales.
Reconocer tempranamente estas tendencias e implementar políticas públicas coherentes y sostenidas orientadas al bienestar de las personas de la tercera edad será decisivo para enfrentar los retos asociados a la transformación demográfica del país.
No se trata únicamente de cifras o proyecciones, sino de un proceso que interpela la manera en que la sociedad se organiza, se cuida y se proyecta. Reconsiderar los vínculos intergeneracionales, el papel del trabajo a lo largo del ciclo vital y el valor social de la experiencia acumulada resulta indispensable.
En dicho contexto, la vejez deja de ser una etapa marginal y se convierte en un componente central de la vida cotidiana que exige respuestas concretas.
Mirar hacia el futuro implica asumir que el envejecimiento continuará marcando el rumbo demográfico de Cuba durante las próximas décadas. La respuesta a este desafío no depende solo de recursos materiales, sino de enfoques integrales que promuevan autonomía, inclusión y bienestar real para las personas mayores.
De la capacidad para articular esfuerzos institucionales, cuidados por parte de la familia y la comunidad dependerá, en buena medida, la sostenibilidad social de Cuba a largo plazo. (2025)
(Tomado de IPS/Cuba)


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