Manuel Juan Somoza/La Habana
Supongo que igual que la mayoría de las cubanas y cubanos que trabajamos a distancia, aquí estoy, pensando en cómo asumiremos Vivian y yo otro día de apagones (fueron más de 15 horas hasta la madrugada de hoy y 27 la jornada anterior), aprovechando la luz matutina para cargar artilugios.
Y escribo a fin de evadir el aturdimiento, la depresión, el infarto. No para dar recetas, como ese programa casi de ciencia-ficción de los domingos en TV (Mamita está cocinando, creo le dicen), y al mismo tiempo con vistas a poner a punto un farol que me envío mi hija Ivón desde la otra acera, mientras veo cuánto se ha consumido la vela que trajo de Madrid nuestro hijo Ariel en octubre y echo mano, por si las moscas, a otra que me regaló la hermana Ilsa hace un año, traída nada menos que de Nueva York, comprada cuando ella y Anael eran corresponsales de PL allá, hace poco más de una década.
Por ahí anda la táctica diseñada este martes, cuando por suerte en casa tenemos agua y gas, casi un privilegio, en tanto la UNE anuncia en la tarde-noche una capacidad de generación de apenas mil 300 MW, una demanda de tres mil 200 MW y una afectación de mil 970 MW (un tilín menos que ayer). Por lo cual, volverán a quitar y a poner la corriente cuando quieran y puedan, porque entonces reventará esta o aquella subestación o se joderá una línea transmisora y la única variante a mano será confiar en quienes manejen las cargas, lo que equivale a otro RIESGO MAYÚSCULO.
De estrategia, ni hablar. Imposible anticipar lo que ocurrirá mañana o lo que nos deparan los días por venir, que aquí no serán de luces de colores por las calles. Así que comparto mi suerte con la de ustedes, con el deseo de que a TODOS nos vaya LO MEJOR POSIBLE, esperando, al menos yo, poco o nada de lo que prometen los mandantes de la UNE.


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