Manuel Juan Somoza/La Habana
Ojalá el simbolismo de esta foto deje de ser compañera en diciembre, mes de festejos en familia, de intercambios con amigos, de miles de luces de colores, en otras partes; 31 días de recuentos, de proyectos, de promesas.
Ojalá la esperanza no abandone a las cubanas y cubanos que han decidido aferrarse a su isla con vistas a mantener prendido El Morro, aunque todo se conjugue en contra y la esperanza baje y suba.
El frío balance de otro año de crisis multiforme es desgarrador. Los economistas auguran decrecimiento del Producto Interno Bruto, uno más; los apagones continuarán, mientras la generación de electricidad no sobrepase la demanda; los planes del gobierno apuntan a nuevos incrementos del costo de la vida para “corregir distorsiones”; y son de esperar presiones mayores desde Estados Unidos.
No hay que ser adivino para anticipar que cuando el 31 de diciembre se despida a este año maldito, pocos podrán ocultar el temor por lo que tenga reservado 2026.
El 1 de enero volverá al recuerdo del triunfo de aquella Revolución que despertó las esperanzas a quienes nunca conocieron ni los helados, ni el cine, ni la luz eléctrica. Que hizo crecer la dignidad. Que puso a la isla en el mapa mundial.
Entonces, habrá quien añore o critique el liderazgo indiscutible de Fidel y la entrega de varias generaciones a la esperanza de crear una Cuba en la que no mandaran ni el dinero ni los yanquis, cuando el dinero vuelve a mandar y los yanquis merodean sonrientes.
Pero 2026 está por ser descubierto y habrá que entrarle, digo yo, con las mejores ganas posibles. Aferrándonos a lo mucho o poco logrado en el orden personal, acudiendo a lo mejor de nuestra historia nacional (no a las sombras), manteniendo viva esa capacidad innata de reírnos hasta de nuestra mala suerte, y de bailar un son o una rumba, incluso, entre penumbras.
A la vida hay que quererla, venga como venga. No veo otra manera de entrarle al 26 y seguir pa´lante.


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