Un país que se va

Desde la otra orilla

Por Luis Carlos Battista

 Cuba emigra y no es noticia. La emigración ha terminado por ser un hilo invisible que une a la Giraldilla de La Habana con el Versailles de Miami, el Metro de Madrid, y el Zócalo de México. Cuba a veces emigra, a veces se exilia; dos palabras que conviven con naturalidad en otras orillas, aunque la semántica oficial todavía persista en omitirlo.

La emigración —o el exilio, según quien lo pronuncie— es la gran paradoja de una Revolución que se erigió en nombre del pueblo. Los millones que han abandonado la Isla, votando con los pies o con los remos, son los mismos que ahora ayudan a sostener la economía de muchos hogares. Un país que durante décadas exportó azúcar, tabaco y médicos depende hoy en gran medida de las remesas enviadas incluso por aquellos que escucharon el «no los queremos, no los necesitamos».

Desde 1959 ha existido una división entre «los que se fueron» y «los que se quedaron», entre «los de allá» y «los de aquí», pero partir hacia un nuevo destino, sea en busca de oportunidades o por disentir de un gobierno o sistema político, no rompe el vínculo de una persona con su tierra de origen.

La deuda moral con los de fuera

La relación del gobierno cubano con su población de otras orillas sigue siendo una gran asignatura pendiente, entre tantas. Desde el oficialismo, durante décadas, el emigrado ha sido visto con una mezcla de recelo y utilidad: sospechoso ideológico, pero fuente inagotable de divisas.

El emigrado cubano debe pagar tasas consulares abusivas, pasaportes a precios de lujo, y trámites lentos y humillantemente onerosos. Envía dinero, medicamentos, y comida; pero su opinión, en realidad, no es bienvenida. Incluso fuera del territorio nacional, el cubano continúa siendo sujeto de un sistema que se resiste a reconocerle como ciudadano pleno. Una vez que el cubano establece residencia en el exterior, su entrada en el país queda sujeta a la decisión arbitraria de un funcionario anónimo, y pierde los limitados derechos electorales que mantienen los ciudadanos residentes en Cuba. Sin embargo, no es extraño que un emigrado descubra en otras tierras que su voto sí tiene consecuencias y aprenda a utilizarlo como algo más que una formalidad.

Es justo admitir que, en los últimos años, el Gobierno ha hecho ciertos gestos hacia su diáspora: flexibilizaciones consulares, discursos más conciliadores y encuentros simbólicos. Pero esos gestos, aunque mediáticamente amplificados en los medios oficialistas, no modifican la sustancia.

El espejismo de la normalización

Por mucho tiempo, los diplomáticos cubanos han repetido el mantra de la normalización con Washington. Pero ese discurso olvida una verdad elemental: no podrá haber normalización real mientras la política exterior cubana no normalice primero su relación con los cubanos en otras orillas. Este teorema político lo demuestra el Partido Republicano en cada elección. Independientemente de que guste o no, los cubanos de Miami, Kentucky, o Houston serán invariablemente sujetos de referencia en la política exterior de los Estados Unidos hacia la Isla, ya sea por deferencia o por intereses electorales.

La decisión intrépida de Barack Obama en el 2014 dio sus frutos en un tiempo limitado. Durante unos años, cientos de exiliados hicieron las paces con quienes en alguna ocasión le lanzaron huevos al grito de traidores. Pero esta política necesitó trabajo de campo; no olvidemos que, tras anunciar su decisión, Obama viajó posteriormente a Miami en múltiples ocasiones para explicar y convencer a los cubanoamericanos —votantes suyos, por cierto— sobre su política conciliatoria. 

Esta clase elemental de política no se enseña en la Ñico López, por tanto, los representantes del Estado cubano nunca han articulado un discurso que logre convencer a los emigrados sobre la necesidad de apoyar un engagement. Y cuando hablo de los emigrados me estoy refiriendo a una comunidad mucho más diversa y compleja que la mostrada en las reuniones de Nación y Emigración. Igualmente, bastó una crisis como la del 11 de julio, para que se culpase desde el Palacio de la Revolución a miembros de esa comunidad de “orquestar” las protestas desde afuera, en lugar de analizar los problemas internos que las estimularon.

Por otro lado, uno de los principales errores del “exilio histórico” en Miami ha sido apoyar actos de terrorismo realizados por los elementos más radicales de esa comunidad y su alianza con servicios de inteligencia extranjeros. No discuto el derecho de los emigrados de influir en la política exterior de su nueva ciudadanía, pero apoyar actos violentos cruza una raya difícil de justificar. De igual manera, resulta poco creíble demandar cambios democráticos en Cuba, cuando en la otra orilla se apoya el desmantelamiento del Estado de Derecho y los sueños húmedos de aspirantes a dictadores.

Para el MINREX, Estados Unidos no es solo un adversario político; es también el epicentro de una diáspora poderosa y políticamente articulada. Ninguna política exterior cubana, por audaz y novedosa que sea, podrá prosperar si sigue ignorando a ese actor que con su músculo hoy influye en campañas presidenciales, y define, en gran parte, la imagen de Cuba ante el mundo.

Por demás, al otro lado del Atlántico, en esa segunda capital de la diáspora que es Madrid, ésta también aprende a articularse alrededor de la derecha española de Ayuso, Feijóo, Monasterio y Abascal, y aspira a dominar la política exterior de los peninsulares hacia los criollos una vez se apague el fuego de ese Ave Fénix de la política española que es Pedro Sánchez.

Reconciliarse con sus ciudadanos de ultramar no garantiza una relación diplomática estable con Washington o Madrid, pero constituye un paso muy importante para lograrlo. Esta teoría, sin embargo, parece incomodar en el Palacio de la Revolución. Al Buró Político le cuesta admitir que el país más importante para la política exterior de Cuba no es Estados Unidos, sino la Cuba que vive en Estados Unidos; y pronto, como van las cosas, también le costará admitirlo con España.

El exilio como espejo

La emigración cubana no es homogénea. Hay quien se fue buscando libertad, hay quien se fue buscando leche en polvo. Hay quienes levantan empresas en la Florida, y quienes limpian mesas en un restaurante de Houston. Ambas maneras igual de dignas. Pero todos, o casi todos los ciudadanos de ultramar, comparten la sensación de que vieron en marcharse su realización personal.

En ese contexto, sorprende la ausencia de una política que ampare a los cubanos emigrados, principalmente aquellos que se encuentran en tránsito. No existe —al menos públicamente, salvo casos muy puntuales— una red de asistencia, ni un sistema de información, ni protocolos de apoyo consular. Por tanto, ahora, en tiempos de deportaciones y crisis migratorias, los ciudadanos quedan en una especie de limbo. Por un lado, el país de origen apenas los reconoce, o lo hace a regañadientes, salvo para recaudar aranceles consulares, y por otro, el país de tránsito o de destino no los acoge. Entonces el cubano se convierte en el sujeto de un peloteo diplomático entre La Habana, Panamá, Bahamas, Managua, Tapachula, o Laredo.

De hecho, en demasiadas ocasiones muchos cubanos han sido convertidos en apátridas de facto. Hay ejemplos de ciudadanos cubanos que no pueden regresar a su país, aun cuando lo deseen, por la decisión arbitraria de un funcionario en La Habana. En los Estados Unidos, aun cuando muchos de nuestros ciudadanos están sujetos a una campaña de deportación o sin  documentos vigentes, el consulado cubano no tiene una red de representación consular honoraria que extienda sus funciones a lo largo del país norteño, o al menos una página web actualizada con información sobre la protección a sus ciudadanos. No es tan difícil seguir el ejemplo de México, o Colombia, por solo mencionar dos casos. Por hacer una propuesta, el MINREX incluso bien pudiera publicar en su sitio web información útil para aquellos cubanos que son objeto de trata de personas o violencia en el exterior, sobre todo violencia sexual. El gobierno cubano, que tanto se enorgullece de acciones humanistas, necesita de más políticas humanitarias hacia los suyos.

El país que se queda

Mientras tanto, Cuba se vacía. Cada vuelo hacia Managua, cada balsa improvisada, cada solicitud de refugio en México, Moscú o Madrid, aunque se disfrace de viaje familiar, en realidad oculta —en su gran mayoría— un voto de decepción con el proyecto de país que nunca llegó. Mi generación, la de finales de los 80, creció en una crisis económica que, tras más de tres décadas, mantiene las mismas causas y poco se ha hecho para enfrentarlas definitivamente; y en esa generación que intentó hacer la Revolución, muchos de sus miembros sobreviven gracias a las ayudas de los hijos y nietos que un día repudiaron, en términos prácticos, el proyecto fracasado.

En la Cuba de hoy hay más expertos en trámites migratorios que en derecho electoral o ingeniería agrónoma. El pasaporte, ese caro librito azul, se ha convertido en una fuente de esperanza más valiosa que el título universitario; y en cada familia hay alguien que partió, alguien que planea partir o alguien que sueña con poder hacerlo. La emigración cubana, con sus varias olas, es un éxodo colectivo y sostenido. La respuesta de los funcionarios cubanos es, como siempre, echar mano al consabido catalejo; pero bien poco le importa a un cubano las causas de otro latinoamericano para emigrar. Sus esperanzas y anhelos no los encuentra en la tierra que le vio nacer, y está dispuesto a cruzar un puente que sabe será quemado desde la otra orilla porque no podrá regresar.

Sin embargo, lo más triste es que la Revolución en el poder, que sepamos, hasta ahora no conoce, o no se esfuerza en conocer, cuántos de los suyos yacen en el Estrecho de la Florida o en la Selva del Darién. Justo es, para esas madres que lloran a sus hijos sin una tumba, crear mecanismos que les permitan conocer qué ha pasado con ellos.

El camino por tomar

El Gobierno cubano tiene ante sí varias avenidas para resolver —o al menos atenuar— la encrucijada que mantiene con su emigración. La primera, y quizás más simbólica, pasa por transformar su servicio consular en algo más que una ventanilla burocrática.

No basta con la cortesía formal —virtud que muchos funcionarios practican—; hace falta un mandato político claro, una voluntad, un discurso que emane desde los niveles más altos del Estado, capaz de entender que cada trámite es también un gesto de reconciliación con sus hermanos de otras orillas.

La segunda avenida, más práctica y menos sentimental, apunta a la economía. El Gobierno debe reconocer, sin titubeos ni pretextos ideológicos, el derecho de los cubanos residentes en el exterior a invertir en su país, más allá del uso de testaferros o la mera importación y reventa de alimentos y artículos de consumo. Sin distinciones de fecha o razones de partida, el gobierno debe ofrecer garantías jurídicas y financieras con estándares internacionales; hacer que el embargo o bloqueo (cada cual que le llame como mejor le plazca) tenga un costo de oportunidad tan alto que sea imposible justificar su existencia.

La diáspora es capital humano, financiero y moral que los líderes de Palacio no pueden seguir despreciando por orgullo, desconfianza o celos de poder. No hay mejor inversor que sus semejantes en otras orillas. Ellos conocen la realidad, conservan la lengua, mantienen vínculos afectivos y culturales con toda la Isla desde el Cabo de San Antonio hasta la Punta de Maisí. En un momento en que el interés extranjero para invertir en Cuba es escaso, abrir esa puerta podría ser una tabla de salvación para un pueblo ya de por sí con hambre de alimentos y de esperanzas; y si para ello el Buró Político debe ceder cuotas de poder, más valdría hacerlo ahora, mientras aún quede algo que administrar.

Finalmente, la tercera avenida, quizá la más profunda, es de orden moral y jurídico: reconocer el derecho automático, universal, inalienable, de todo cubano a regresar a su país. Ninguna reconciliación será posible mientras el retorno siga dependiendo del permiso de un burócrata o seguroso. Ninguna nación puede considerarse completa si veta la entrada a sus propios hijos.

Epílogo

Quizás algún día, cuando el país se atreva a hablar sin miramientos, se reconozca que el mayor error histórico de la Revolución no fue perder la comunicación con Washington o posiblemente Madrid, sino con sus propios hijos. Porque ningún gobierno que depende de su diáspora para sobrevivir puede seguir tratándola como un hostil. Y ningún pueblo que se ve obligado a marcharse puede llamarse, sin ironía, soberano.

(Tomado de La Joven Cuba)

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