Imagen generada con inteligencia artificial
Por Marcos Adrián Alemán Alonso
«Hace falta que te gradúes ya, porque te van a sobrar pacientes»
―la vecina
La crisis generalizada que experimenta Cuba en estos momentos presenta una multiplicidad de facetas que atraviesan, si bien en diferentes formas, la vida de todos los ciudadanos. Aunque la policrisis impacta al conjunto de la sociedad, la carga que esta representa se manifiesta con especial fuerza en los sectores no privilegiados, los llamados «cubanos de a pie», que deben enfrentar directamente y sin paliativos la inseguridad económica, los ya rutinarios cortes eléctricos, la escasez de medicamentos, la actual situación epidemiológica, y en sentido general, la muy conocida «luchita» cotidiana por la supervivencia.
La situación antes descrita, sumada la creciente incapacidad del Estado para garantizar servicios y recursos elementales ―como la canasta básica, el gas licuado, los insumos médicos, la electricidad y el agua corriente―, crea una situación de malestar generalizado que cae directamente sobre las familias cubanas, y sobre todos y cada uno de sus integrantes.
Mucho se ha hablado de las consecuencias económicas y políticas de la crisis, pero menos se ha abordado su impacto en la dimensión psicológica de las personas. Es por esto que, desde una aproximación lo más abarcadora posible, el objetivo de este texto es explorar al menos una parte de los efectos psicológicos de la crisis, y sus posibles implicaciones y ramificaciones.
La escasez, la «lucha» y el bandwith tax
El estrés no resulta ajeno para nadie. La vida humana, en cualquier contexto, está llena de situaciones de estrés y factores estresantes ―también llamados estresores―, que influyen directamente en el estado mental. En una situación de crisis sostenida, los estresores se multiplican y las situaciones de estrés se hacen presentes en cada aspecto de la vida, impactando negativamente en la salud mental y la capacidad de respuesta de grupos e individuos ante las dificultades.
Los investigadores Mullainathan y Shafir (2013) proponen un concepto para explicar esta dinámica, que han denominado «bandwith tax», y que se traduciría literalmente como «impuesto de ancho de banda». En situaciones de relativa normalidad, toda persona tiene una determinada capacidad de foco y recursos mentales para centrarse en la solución de problemas, un cierto abasto de «energía mental» que se distribuye entre las tareas y procesos que debemos realizar. A este recurso, los autores lo denominan «ancho de banda cognitivo».
Sin embargo, ante situaciones de escasez ―sea esta de recursos, tiempo, etc.― el individuo experimenta una carga cognitiva asociada a la necesidad de suplir las necesidades básicas, y la mayor parte de este «ancho de banda» se dedica a priorizar la preocupación por la supervivencia. A consecuencia de esto, se afecta la capacidad general de toma de decisiones y de hacer planes a largo plazo.
Ante situaciones de escasez el individuo experimenta una carga cognitiva asociada a la necesidad de suplir las necesidades básicas.
La urgencia de la escasez ―especialmente si esta es múltiple― provoca, por una parte, que la capacidad cognitiva esté enfocada en lo inmediato, en cubrir las necesidades del día a día, por lo que se dificulta planear a futuro ante la incertidumbre de la propia subsistencia. Por otro lado, se genera una fatiga de decisión, es decir, que los individuos pueden evitar dedicar demasiada energía, esfuerzo o atención a tomar decisiones o emprender acciones en cuestiones menos críticas o urgentes, pues reservan sus recursos cognitivos y físicos para la solución de los problemas relacionados con la supervivencia.
Como resultado de esto, es habitual que se tomen decisiones apresuradas, o se descuiden aspectos relevantes, pero menos inmediatos que, a la larga, pueden conducir a nuevas situaciones problemáticas y, consecuentemente, multiplicar los factores de estrés en el tiempo.
Estrés sostenido, desequilibrio e impacto fisiológico
La situación de crisis en Cuba no es un fenómeno espontáneo y abrupto, sino que se ha ido instalando y acrecentando con el tiempo. El elemento crónico de la policrisis está lejos de ser un aspecto menor en lo que respecta a su impacto psicológico; es más bien, uno de sus principales peligros. Ya vimos anteriormente la carga cognitiva que representaban la escasez y la incertidumbre, pero es pertinente abordar el efecto que esto, sumado a otros factores de estrés psicológico y físico, puede tener en los cubanos.
No hay una única definición de estrés. Aparece definido en el diccionario de la Asociación Psicológica Americana (APA) como la respuesta «fisiológica y psicológica a estresores internos o externos», que «involucra cambios que afectan casi todos los sistemas del cuerpo, influyendo en como las personas se sienten y actúan». El Dr. Hans Selye, considerado el padre de los estudios sobre el estrés, definió a su vez en 1975 dos aspectos del estrés: uno que resulta en una reacción positiva de resolución, denominado eustrés, y una respuesta negativa o desequilibrada, denominado distrés. Dicho de otro modo, el estrés es un elemento común e inevitable de la vida.
En tal sentido, el estrés, como respuesta a un estímulo externo, lleva a nuestro organismo a buscar la recuperación de su estabilidad ―denominada homeostasis― mediante cambios psicológicos o fisiológicos que permitan responder y adaptarse a la exigencia del medio. Este proceso de recuperación, denominado alostasis, se ve afectado cuando el organismo sufre una exposición crónica al estrés ―sea físico, psicológico, social, ambiental, u otro―, lo que produce una excesiva «carga alostática» que se ha asocia a la aparición de diversos padecimientos de salud física y mental.
Podemos tomar ejemplos cotidianos. Tan solo los apagones constantes ―programados o no programados― se convierten en generadores de situaciones de estrés relacionadas a aspectos diversos de la vida, como los quehaceres diarios, el estudio, el trabajo o el ocio. De igual manera, pueden incidir a menudo en los hábitos de sueño y en su calidad, lo cual tiene una incidencia directa en la aparición del estrés, además provoca agotamiento, dificultad en la toma de decisiones, irritabilidad, y la aparición de diversos problemas fisiológicos. La frustración y la angustia sostenida influyen de igual modo en el estado de ánimo, que interactúa con los aspectos anteriores y dificulta aún más las respuestas resilientes.
Solo los apagones constantes ―programados o no programados― se convierten en generadores de situaciones de estrés relacionadas a aspectos diversos de la vida.
La combinación de estas complicaciones y su reforzamiento generan un círculo vicioso que, sumado a la persistencia de los factores de estrés, conduce a un estado de estrés crónico que, como factor de riesgo, aumenta las probabilidades de padecer enfermedades cardiovasculares, problemas metabólicos, debilitamiento del sistema inmunitario ―lo que puede incidir negativamente en la ya preocupante situación epidemiológica―, problemas digestivos, de sueño, de memoria, de atención e incluso la capacidad de aprendizaje.
De igual manera, la exposición crónica a elementos estresantes, puede influir en la aparición o empeoramiento de trastornos de la salud mental, se ha sugerido que aumenta el riesgo de desarrollar la enfermedad de Alzheimer e incide en el desarrollo psicológico y neurológico infantil, en especial si se asocia con una mala alimentación. Al tiempo, todo esto potencia el consumo de tabaco, alcohol u otras sustancias como un intento desesperado para escapar mentalmente de la precariedad cotidiana.
Desconfianza, aprendizaje social del cinismo e indefensión aprendida
Más allá del nivel individual, la crisis impacta con igual fuerza en las dinámicas psicosociales. Por una parte, el conjunto de afectaciones individuales o grupales en la ciudadanía indudablemente conduce a consecuencias en el nivel social, incluyendo en la implicación o no del individuo en la sociedad, y viceversa. Por otra, el propio deterioro del tejido social y político conduce a cambios en las dinámicas sociales que inciden directamente en los individuos, sus relaciones y sus sistemas de creencias.
Una de las primeras víctimas de una crisis generalizada ante un mar de promesas y discursos vacíos es la pérdida de confianza en las instituciones. Si bien esto es relativamente comprensible para entidades con un marcado carácter ideológico —por su relación con la estructura de toma de decisiones— esta desconfianza generalizada se puede trasladar injustificadamente a instituciones como el Instituto de Meteorología (INSMET) o ciertas instancias del Ministerio de Salud Pública, cuyas informaciones pueden ser cruciales para prevenir o mitigar amenazas, y corren el riesgo de ser desestimadas en el mismo lote que el resto.
Una de las primeras víctimas de una crisis generalizada ante un mar de promesas y discursos vacíos es la pérdida de confianza en las instituciones.
Por otro lado, la exposición sostenida a riesgos, amenazas y tragedias puede provocar una habituación en la precepción de riesgo en sí, disminuyendo la atención o valoración crítica de posibles amenazas, y como resultado, la proactividad en la toma de acciones de preparación o mitigación.
Un estudio encabezado en Italia por P. Salvati (2014) sugiere que individuos expuestos a un mismo riesgo en el tiempo desarrollan familiaridad y habituación, y, por lo tanto, su percepción se ve atenuada. Por otro lado, investigaciones como las lideradas por Harper y Van Haven, ambas en 2020, en medio del contexto de pandemia por COVID-19, arrojaron como resultado que la exposición prolongada a noticias e informaciones catastróficas o preocupantes genera una «fatiga de riesgo» que inhibe en cierto grado la sensibilidad ante peligros potenciales.
De manera similar, y en conexión con el apartado anterior, los autores Lazarus y Folkman sugirieron ya en 1984 que el estrés crónico antes mencionado impulsa al individuo confrontado por situaciones potencialmente estresantes a pasar de estrategias activas, que se orientan hacia la comprensión y la búsqueda de soluciones, a estrategias pasivas como la negación y la evitación.
Dicho de otro modo: las personas dejan de reaccionar adecuadamente a situaciones de riesgo porque ya no tienen suficientes recursos psicológicos ni sociales para procesar más peligro. Esto genera dificultades en la respuesta y gestión de situaciones complejas, y suele ocurrir en contextos de crisis sanitaria o económica, lo que, por cierto, se ajusta a la situación actual de Cuba.
Las personas dejan de reaccionar adecuadamente a situaciones de riesgo porque ya no tienen suficientes recursos psicológicos ni sociales para procesar más peligro.
Lo anterior, sumado a la desconfianza generalizada en las instituciones y la sensación de abandono o incapacidad por parte de las autoridades, conduce a lo que, siguiendo al eminente psicólogo Albert Bandura ―que desarrolló la teoría del aprendizaje social― podríamos denominar como «aprendizaje social del cinismo».
En un escenario de crisis sostenida, con un fracaso de las instituciones en generar confianza o respuestas satisfactorias, el riesgo se normaliza y disminuye la percepción de la capacidad individual y colectiva para gestionar la crisis. Se establece en la sociedad el pensamiento de que «no merece la pena» preocuparse o actuar, que «nadie hará nada» o que «nada puede ir peor».
De esta forma, se hace necesario abordar un fenómeno psicológico que, si bien no está exento de controversia, resulta de interés para comprender en muchos casos la inacción, la apatía y el desinterés generalizado que genera la policrisis en los cubanos: la indefensión aprendida.
Este concepto, descrito por Martin Seligman en 1972, hace referencia a un estado psicológico de resignación o pasividad que se produce tras experiencias repetidas de fracaso o falta de control sobre los resultados de las acciones y situaciones, lo que provoca que los individuos «aprendan» ―es decir, asuman y acepten para sí mismos― que no es posible influir o cambiar una determinada situación. Esto trae consigo en los afectados un incremento de la apatía y el desinterés en el cambio, lo cual consolida la inercia y los disuade de emprender acciones, tanto individuales como colectivas, para transformar el curso presente de las cosas.
Un estado psicológico de resignación o pasividad que se produce tras experiencias repetidas de fracaso o falta de control sobre los resultados de las acciones y situaciones
Ante una situación de crisis, donde coexisten la escasez, la pobreza y el no reconocimiento ―o irrespeto― sistemático de los propios derechos, los ciudadanos pueden asumir que la situación es «incorregible», lo que se refuerza además como resultado de fracasos previos en los intentos de transformación la realidad social, ya sea por los caminos «formales» —como reuniones o cartas— como por los «informales» —como la protesta.
La resignación conduce a la desesperanza, que fomenta actitudes de pasividad o reactividad, al tiempo que desincentiva las actitudes proactivas. En muchos casos, como todo cubano sabe, la solución imaginada para los problemas pasa por abandonar la realidad demandante por completo y pasar página, lo que se puede percibir en la crisis migratoria por la creciente imposibilidad para muchos jóvenes cubanos de imaginar un futuro en el país, con todas las consecuencias que esto trae para los que se quedan.
¿Y qué podemos hacer?
Si algo se puede aprender de los enfoques dialécticos sobre la relación entre el individuo y la sociedad, es que dicha relación no es, en modo alguno, unidireccional. Aunque el contexto juega un papel fundamental en la conformación de la persona concreta, es posible para esta asumir un rol en la transformación del contexto.
Los psicólogos humanistas nos enseñaron que, si bien las circunstancias económicas, culturales, históricas y sociales condicionan las acciones humanas, no se debe entender como una completa determinación, puesto que, a todos los efectos prácticos, en el ámbito de la experiencia cada persona, sigue siendo eminentemente libre de decidir sobre sus acciones, y asumir la responsabilidad sobre su propio destino.
Entonces, sí, la crisis generalizada está produciendo algo en nosotros: disminuye nuestras capacidades, deteriora nuestra salud, nos aísla, nos lleva a abandonar toda esperanza de mejoría, y nos tienta a ser pasivos frente el curso de los acontecimientos. Sin embargo, esto no es en modo alguno una condena fulminante.
Es cierto que muchas cosas deben cambiar desde el «arriba», y es entendible la desconfianza en el cambio cuando desde esas instancias se pide resistencia creativa y resiliencia sin que muchos ciudadanos tengan los recursos para ello. Por tanto, no puede pretenderse que el cambio ocurra espontáneamente, puesto que la inercia resulta atractiva, y un status quo se puede convertir en una «zona de confort» para quienes gozan de ciertas ventajas.
No obstante, más allá de la impostergable necesidad de encontrar soluciones concretas a la escasez inmediata, para que sea posible revertir la tendencia al aislamiento, el desinterés y la inmovilidad, es necesario que existan vías efectivas de participación social, económica y política para todos los sectores de la ciudadanía, partiendo de su diversidad y su multiplicidad de identidades, de modo que se permita transitar de la apatía y la pasividad a un involucramiento activo en la transformación y (re)construcción colectiva del país.
Si estas vías no son facilitadas, será necesario exigirlas, y si esto no fuera suficiente, la propia necesidad las hará existir por sí mismas, con independencia de si existe o no una voluntad política para reconocerlas. Un ejemplo de ello es cómo las redes sociales se han establecido como un espacio común para la expresión cívica, tanto para visibilizar denuncias ciudadanas, como para articularse cívicamente para construir soluciones; eso es, en esencia, participación. Y es que los problemas no son únicamente económicos, y, en consecuencia, las soluciones necesarias no se limitan al área de la economía.
No es necesario recurrir a la lástima o la autocompasión, ni apelar a la condescendencia de quienes están mejor, o de quienes se encuentran en la estructura de toma de decisiones, que no nos deben favores, sino soluciones concretas y sistémicas. No se trata tampoco de encerrarse en la constante lamentación resignada de nuestras propias desgracias, ni de la rumiación neurótica de nuestra supuesta impotencia, sino de tomar parte en el esfuerzo de cambio para hacer allí donde se pueda, y donde no, extender los límites de lo posible para exigir lo que se nos debe.
Después de todo, regularmente se recuerda de Ortega y Gasset su frase de «yo soy yo y mi circunstancia», pero por lo general se olvida la segunda mitad de la cita, que, para nuestro contexto ―y a modo de cierre― es infinitamente más valiosa: «…y si no la salvo a ella no me salvo yo».
Bibliografía
Harper, C. A., Satchell, L. P., Fido, D., & Latzman, R. D. (2020). Functional fear predicts public health compliance in the COVID-19 pandemic. International Journal of Mental Health and Addiction, 19(5), 1875–1888. https://doi.org/10.1007/s11469-020-00281-5
Lazarus, R. S., & Folkman, S. (1984). Stress, appraisal, and coping. Springer Publishing Company.
Mullainathan, S., & Shafir, E. (2013). Scarcity: Why having too little means so much. Times Books.
Salvati, P., Bianchi, C., Rossi, M., & Guzzetti, F. (2014). Societal risk perception of landslides in Italy. Natural Hazards and Earth System Sciences Discussions, 2(3465–3497). https://doi.org/10.5194/nhessd-2-3465-2014
Seligman, M. E. P. (1972). Learned helplessness. Annual Review of Medicine, 23(1), 407–412. https://doi.org/10.1146/annurev.me.23.020172.002203
Selye H. Stress and distress. Compr Ther. 1975 Dec;1(8):9-13. PMID: 1222562.
(Tomado de La Joven Cuba)


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