El huracán, sus heridas, la ayuda, el futuro y la mala leche

Manuel Juan Somoza/La Hababa

No exagero al afirmar que cerca de dos millones de cubanas y cubanos -de una población total de 9,4 millones- están exhaustos en el oriente por el golpetazo del huracán Melissa hace más de una semana y tampoco que el apoyo generado por este embate de la naturaleza, desde el resto de la isla y desde otros países e instituciones, sobrepasa lo que yo recuerde en esta tierra de ciclones y tormentas.

En la provincia Santiago de Cuba, una de las cinco regiones por la que se paseó la destrucción de Melissa, la más dañada directamente, (un millón 45 mil habitantes), el servicio eléctrico solo se le había restablecido el domingo 9 de noviembre al 15,5 por ciento de la población, en tanto desde hace dos días, cientos de personas realizaban el penoso regreso a sus casas destruidas -tras perder todas sus pertenecías, hasta los colchones para al menos bien dormir-, desde los lugares en que pudieron ser protegidas (otra provincia oriental) debido al derrame del río Cauto, el más extenso del país.

Son dantescas las imágenes que llegan de esos sitios y aunque la consigna se mantiene, “Nadie quedará desamparado”, las preguntas son inevitables: ¿Cómo podrá sobrevivir tanta gente herida, cuando el país no cuenta con recursos para una vida plena? ¿Qué pasará cuando el oriente deje de figurar en las prioridades noticiosas, al saberse que aún hoy, hay cubanos que no han podido reponerse del todo de la furia de otros ciclones?

No hay plan perfecto, ni revolución sin manchas, ni democracia sin hondos huecos. Absolutamente nadie del reino de este mundo puede estar en todos los lugares golpeados por Melissa para constatar si las cosas se hacen bien o mal, por lo que jode mucho, MUCHÍSIMO, el quehacer de esos francotiradores que recrean las manchas ciertas o imaginadas como parte de una política conocida y tan tediosa como el teque revolucionario, según la cual todo aquí se hace mal.

Me quedo entonces con los muchos que fundan en estas circunstancias, con los que ya le han propuesto a los mandantes en la isla variantes de solución relativamente rápidas y consistentes (reactivar la planta de prefabricado situada en la zona, redirigir hacia los damnificados la producción de esa fábrica estatal de muebles que tiene como prioridad absoluta al turismo internacional y a los hoteles vacíos) y vuelvo a confiar en los que hacen, hablan poco y nunca se cruzan de brazos.

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