Félix López/Almería
«Más se perdió en Cuba» se titula mi último libro. Si todo sale bien verá la luz en 2026, pero hoy les regalo un fragmento para las lecturas de este fin de semana:
(…) Ya en el restaurante Al Carbón, mojitos mediante, el español se atrevió a compartir sus primeras impresiones del viaje. «Cuba —aseguró— es una mina a cielo abierto con oportunidades de negocios. Todo está por rehacer. Llegas a un aeropuerto internacional de la era prehistórica, con aduaneros que parecen oficiales de las SS y el aire acondicionado fuera de servicio. Piensas: esto se merece una inversión. Sales a la calle, en un Lada de la post guerra, y descubres un museo rodante a tu alrededor. Dices: vamos a venderles coches nuevos. Entras a La Habana Vieja y hay un basurero en cada esquina. Sacas cuenta: en España cada familia paga de media ochenta y cuatro euros anuales por la recogida de basura, el reciclaje y la gestión de los residuos. Aquí hay una futura empresa… Pasas frente a un mercado y están los anaqueles vacíos y los vendedores aburridos. Calculas y planeas: llenaré esto de comida. Descubres una fábrica de tabaco que se cae a pedazos. Y sueñas: la convierto en un museo productivo y exporto los puros. Sé que para lograrlo se necesita dinero fresco que no tienen y que los bancos se niegan a prestarles. Pero todo aquí es un negocio potencial y sin competencia».
—Yo invertiría en una factoría de aromatizantes. La Habana huele a mierda —dijo Camila.
—No lo dije por respeto a ustedes —confesó José Manuel—. Pero ahí tienes otra opción de emprendimiento.
—Mi padre diría que eso de pagar por la recogida de la basura es obra del capitalismo salvaje —comentó Camila.
—El Estado está para que funcionen la salud, la educación y la seguridad ciudadana. Si hay un basurero en cada esquina, podemos imaginarnos cómo están las demás cosas —dijo Marcelo.
Cuando probó el enchilado de langosta, el arroz congrí y el tamal en cazuela, José Manuel confesó que le provocaba quedarse en Cuba al frente de la sucursal. Hacer lo mismo que su bisabuelo Antonio Rojo García, que llegó destinado a una guerra y se olvidó de Almería. Camila le advirtió que una cosa fue aquella guerra convencional, en los montes, y otra muy diferente la guerra de desgaste de estos tiempos: «Un día no hay agua, otro no hay gas para cocinar, otro se acaba la gasolina y muchos otros sin luz. Importar desde una aspirina hasta el arroz. Convivir con la mediocridad de los burócratas y el pillaje de los nuevos ricos… Y un buen día, sin comerla ni beberla, puedes aparecer en una lista de sancionados por la Oficina de Control de Activos Extranjeros (OFAC), del Departamento del Tesoro de los Estados Unidos, por el gravísimo delito de tener relaciones comerciales con Cuba. Pagar una multa millonaria por venir a negociar con un país al que los gringos metieron en una lista de naciones que, según ellos, colaboran con el terrorismo. Y la única verdad es que aquí no hay nada. Ni terroristas».
Llegado a este punto de la charla, las miradas se posaron en el empresario español. ¿Querían saber hasta dónde estaba dispuesto a apostar por una inversión en la isla?
—No me miren con caras de lástima, a mí los gringos me la sudan —dijo José Manuel.
—El primero en aparecer en la lista de OFAC será Marcelo, por representar a la empresa en Cuba —predijo Antonio.
—¡Los yanquis me la tocan! —exclamó Marcelo—. Hace mucho forjé la libertad interior en una decisión: no dejarme manipular por nadie.
—¿Y ya con eso eres libre? —preguntó Camila.
—Duermo tranquilo —respondió Marcelo.
Dejaron el restaurante y circularon despacio por el Malecón de La Habana, para que José Manuel disfrutara, cuadro a cuadro, de todo lo que acontecía sobre el muro. Las parejas de amantes, los pescadores que se ganan la comida del día, las jovencitas que hacen ojitos a los turistas sexuales, las que rezan con la mirada fija en el horizonte, los que aseguran que detrás del horizonte está Miami, los que venden canciones de la vieja trova, los que pasan un canuto de María, los que salieron extenuados del trabajo, los vagos carteristas, las divorciadas, los solteros, los santeros y los policías. La Habana entera en un mismo sitio. Icónico. Simbólico. Ocho kilómetros de cubanía pura y dura. Con maní tostado, ron, risotadas y piropos.
—¡Quiero sentarme ahí! —exclamó José Manuel.
—Tío, que es casi igual que el paseo marítimo de Aguadulce —lo vaciló Camila.
—Esto es otra cosa. Paren el coche —insistió José Manuel.
Antonio estacionó en la plazoleta de La Piragua y cruzaron en busca de un espacio en el muro. Se sentaron con los pies sobre el mar, absortos en el sonido de las olas, hasta que se vieron rodeados por un trío de guitarristas callejeros, un vendedor ambulante de cervezas, una mulata que predice el futuro con las cartas y un mercader de poemas. Se cambiaron de posición, de espaldas al mar, y prestaron atención a los trovadores, que comenzaron con Habáname, de Carlos Varela: «Escuchando a matamoros desde un lejano lugar/La Habana guarda un tesoro que es difícil de olvidar/Y los años van pasando y miramos con dolor/Como se van derrumbando cada muro de ilusión». Dos, tres, cuatro canciones. Dos, tres, cuatro cervezas. Y José Manuel pidió que le cantaran La Guantanamera. Y la corearon. Y la tarotista le tomó las manos, le colocó una carta y al voltearla se encontró la imagen de El Loco. Arcano cero. Lo miró fijo a los ojos y le dijo: «Asume este viaje en libertad. Con fe en lo desconocido. Continúa adelante con optimismo. No temas a los riesgos y a las decisiones importantes que tendrás que tomar». Recogió las cartas, guardó los diez euros que recibió como pago y se perdió.
José Manuel quedó estupefacto. No sabía si la mujer era una tarotista auténtica o una activista del Partido Comunista, dedicada a la caza y captación de inversionistas. Lo cierto es que ella, sin conocerlo y sin saber los motivos de su viaje a Cuba, le ofreció tranquilidad y disipó las alarmas de Pasión. Los tres cubanos no podían dejar de reírse. Un episodio surrealista como el que acababan de presenciar solo podía suceder en el Malecón de La Habana, el sofá de los absurdos y sucesos memorables. Cada uno de los tres habaneros tenía allí sus propias historias, pero esta del tarot les hizo la tarde. Y hasta el viaje, aseguró José Manuel. (…)
(Tomado del Facebook del autor)


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