Los cubanos, carajo

Manuel Juan Somoza/La Habana

No tienen la constancia de los asiáticos, ni la flema de los ingleses, ni la riqueza yanqui. Sobreviven en medio de una crisis multiforme desde hace años. Sin que alcance la luz, tampoco la comida . Y, sin embargo, cuando llega la hora de los mameyes (la furia de un huracán), se transforman.

Melissa arrasó el oriente de Cuba, entró a la isla con menos fuerza que a Jamaica, pero la combinación de vientos agresivos y aguaceros inconmovibles durante muchas horas resultaron más que suficientes para presagiar muerte y sembrar caos.

No obstante, hasta el instante en que escribo esta nota, no se reporta ningún fallecido.

Antes del impacto del ciclón con nombre de mujer, las autoridades se las arreglaron para proteger a casi 700 mil personas, y brigadas de las empresas estatales de electricidad, comunicaciones, viales, así como fuerzas y medios ingenieros del ejército, se apostaron en los límites de la zona en la que sería la devastación, como bien previeron los meteorólogos, y cuando amainaron la lluvia y el viento, entraron en acción.

En paralelo, se trasladó comida, agua potable y medicamentos, al igual que médicos y socorristas, a las localidades de alto riesgo, y absolutamente nadie en el país se desentendió del combate que comenzaba en el oriente.

Sí, debe escapárseme cierto orgullo al escribir esto. Conozco y he vivido realidades similares en otras partes del planeta. Sé, lo que es dejar a la gente a su suerte.

Con el paso de Melissa aumentaron las penurias, creció la crisis, el futuro es ahora más incierto, pero los cubanos -gente dicharachera y de optimismo innato-, siguen su camino y, aunque la vida apunte a lo contrario, suponen que “mañana, todo será mejor”.

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