Celia Cruz y la censura

Manuel Juan Somoza/La Habana

Corría 1960, Cuba vivía otro momento dramático -como casi siempre-, la Revolución había triunfado poco antes, los petardos explotaban en los cines, la CIA tenía listo su plan de invasión, el anticomunismo arraigado fraccionaba a las familias, Estados Unidos rompería pronto sus relaciones diplomáticas y cada quien adoptaba su posición.

No hay crónica posible hoy, 65 años después, que pueda aproximarse a lo que sintieron los cubanos que en aquel instante dejaban atrás la niñez, se adentraban en la adultez o ya andaban de regreso, y en tales circunstancias optaron por la Revolución, mientras se acentuaba la fuga de médicos, arquitectos, ingenieros, escritores, cantores y de mucha gente más con sabiduría, amante de otros paradigmas.

Había comenzado al parecer un éxodo infinito, del cual formó parte Celia Cruz, fue también su opción soberana, y muy pronto, desde su voz potente y su cubanía, porque esa condición no la anulan las ideologías, se transformó en bandera internacional de los contrarios, de la contrarrevolución para ser exacto.

Sin embargo, ni mis hijos, ni mis nietos y mucho menos mi bisnieto, vivieron lo que yo viví, ni sintieron en sus carnes las heridas aún latentes, ni asocian a Celia con la política o con los que todavía aplauden la guerra económica en curso. Entonces, ¿por qué censurar a estas alturas un homenaje a la cantante?

Quien quiera celebrar su centenario, que lo haga -creo que lo hicieron Cándido Fabré y la Failde-, quien quiera recordar el alcance de su militancia contraria, que lo haga. Eso no debilita a este país. Los continuadores de Torquemada, a mi entender, lo único que han logrado es echar un poco más de leña al fuego de los odios y reafirmar esa ceguera crónica que padecen los inquisidores en cualquier parte y en cualquier época.

Y como cada quien escoge su altar, les cuento que en el mío nunca ha estado la cubana de allá. Si, Benny Moré y Celina González, quienes en la misma época convulsa optaron por seguir cantando entre nosotros, pese al riesgo -aún latente- de desafiar al Imperio más agresivo del planeta. Ni el Benny, ni Celina, tuvieran el marketing internacional del que gozó Celia, y sin embargo trascendieron igualmente.

Por tanto, digo con orgullo: Mi son es el de “Maracaibo”, Benny , y ¡Qué Viva Changó!, Celina.

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