El Nobel que incentiva la guerra

Por Redacción La Joven Cuba/La Habana

El Premio Nobel de la Paz otorgado hoy a María Corina Machado complejiza el tablero regional en un momento de máxima tensión. Lejos de desactivar la escalada, puede funcionar como incentivo político para quienes, en Washington y la región, abogan por «operaciones de paz» que terminen siendo una intervención militar en Venezuela.

La Casa Blanca reaccionó con molestia: su director de comunicaciones afirmó que el Comité «pone la política por encima de la paz», mientras el propio Trump venía sugiriendo que él debía ganar el premio, llegando a decir que sería «un gran insulto» si no se lo otorgaban. Ese clima —sumado a despliegues y acciones militares recientes en el Caribe— vuelve más verosímil una «paz» impuesta por la fuerza.

El aumento de la hostilidad hacia Venezuela no parece responder a una estrategia de seguridad, sino a intereses domésticos: un presidente bajo presión por las redadas migratorias, por efectos inflacionarios de su política arancelaria y por la reactivación de escándalos en su entorno, encuentra en la escalada externa una vía para desviar la atención y cohesionar apoyos. En el podcast Pod Save the World del 8 de octubre, Ben Rhodes y Tommy Vietor advirtieron que la Casa Blanca está construyendo los pretextos —narcotráfico, «estabilización»— para administrar un conflicto en el Caribe con réditos internos.

Nuestro compromiso en LJC es con la democracia en la región, pero con una democracia que nazca de adentro: plural, negociada, paciente y basada en instituciones propias; no importada por grandes potencias ni diseñada a la medida de derechas o izquierdas «amigas». La edificación democrática suele ser lenta y trabajosa, precisamente aquello que las potencias tienden a eludir cuando prefieren escoger a dedo a sus interlocutores.

Conviene además recordar que el Comité Nobel tiene un historial de decisiones apresuradas que envejecieron mal —Kissinger en 1973 es el ejemplo clásico— y que, con frecuencia, se alinean con narrativas liberales simplistas sobre países en desarrollo, reduciendo conflictos complejos a guiones de «buenos» y «malos». Dos miembros del Comité dimitieron aquel año, y décadas después se reconoció que el acuerdo premiado difícilmente traería paz duradera.

Aquí entra el Nobel. El Comité distinguió a Machado por su resistencia democrática bajo represión; pero el momento y el personaje importan. Machado propuso en 2020 una «Operación de Paz y Estabilización» para Venezuela al amparo del TIAR, es decir, una coalición multinacional con control territorial y desarme. Otorgar el premio justo cuando Estados Unidos intensifica su huella militar en el Caribe puede, más que promover la paz, empujar hacia su contrario.

Para disipar dudas, basta un trazo: la propia Machado ha pedido «más medidas» de Estados Unidos contra Maduro y defiende un programa de privatizaciones —incluida PDVSA—. Ese paquete, leído por muchos como de derecha dura, no promete necesariamente una democracia más amplia, sino un gobierno más amistoso para Washington y para intereses privados que lleguen con la «estabilización».

A su alrededor, Marco Rubio —para quien el cambio de régimen en Caracas y La Habana es identidad política— ven en el clima actual una oportunidad. Mientras, la Administración invoca el narcotráfico para ampliar reglas de enfrentamiento en el Caribe, con golpes letales y pedidos de sesión de emergencia en el Consejo de Seguridad.

Desde Cuba, esta dinámica no puede verse con indiferencia. Cada vez que Washington intensifica su presión sobre Caracas, las repercusiones alcanzan inevitablemente a La Habana: menos petróleo, menos cooperación y endurecimiento indirecto de sanciones. En entrevista reciente, el vicecanciller Carlos Fernández de Cossío afirmó que Cuba no entraría en guerra si estalla un conflicto EE. UU.–Venezuela: el apoyo sería político, no militar. Es una postura prudente que reconoce la gravedad del momento.

Lo más preocupante es que esta escalada, aunque alimente expectativas entre críticos de Maduro, sentaría el precedente de usar la fuerza para «garantizar intereses» en la región, a costa de la soberanía y la paz. Venezuela podría ser el primero, pero no el último.

Los cubanos tenemos en nuestra historia la intervención estadounidense de 1906–1909, que lejos de traer garantías democráticas deformó la política doméstica con autoritarismo, clientelismo y dependencia crónica de intereses norteamericanos; y condicionó tanto la débil cultura democrática de la República como —por reacción— los déficits democráticos de la Revolución. La historia demuestra que los atajos tutelados de fuera rara vez construyen ciudadanía ni Estado de derecho.

Hoy, aunque Cuba no es el blanco directo, sus vínculos con Venezuela la colocan en el centro de las posibles consecuencias. Desde La Joven Cuba creemos en crear incentivos —internos y externos— para el desarrollo democrático venezolano, pero rechazamos cualquier iniciativa de «cambio de régimen» que viole el Artículo 2.7 de la Carta de la ONU.

Y sobre el Nobel: Occidente no debería confundir la crítica al autoritarismo de izquierda con la idealización de una derecha redentora; en el caso de Machado, su historial de pedir coaliciones «de paz y estabilización» y de impulsar un giro económico de choque sugiere que, de gobernar, no necesariamente ampliaría la democracia, sino que consolidaría un alineamiento pro-Washington. Eso no merece un Nobel ni traerá paz alguna.

(Tomado de La Joven Cuba)

Deja un comentario