La Cuba actual cupo ENTERA en un concierto

Manuel Juan Somoza/LA HABANA

El fenómeno cultural, social, político y hasta comunicacional ocurrió la tarde-noche del 19 de septiembre en la escalinata de la Universidad de La Habana, cuando más de la mitad de Cuba estaba sin servicio eléctrico, el optimismo andaba en fuga y en la Embajada de Estados Unidos sacaban cuentas.

De nuevo el poeta cantor Silvio Rodríguez hizo el milagro de despertar la UNIDAD y la ESPERANZA en la simbólica colina universitaria, a la que acudieron los cubanos de cualquier edad con sus sustos y demonios, convocados por ese septuagenario capaz de mover multitudes, quizá por haber sufrido la censura cuando desde muy temprano aseguró a golpe de guitarra que La ERA está pariendo un corazón.

Allí se juntaron, de pie, Emilia, a quien su jubilación apenas le alcanza para sobrevivir; los jóvenes que motivaron el asombro de la burocracia política mandante al revelarse contra el paquetazo del consorcio estatal de las comunicaciones ETECSA; Virgilio, el desencantado de lo humano y lo divino; combatientes de la ya lejana guerra en Angola que insisten en vivir sin tener miedo; los eternos oportunistas que buscan la foto en cualquier lugar que les convenga; el veinteañero Tomás, que llegó desde el oriental territorio de Guantánamo ; el presidente Díaz-Canel y su esposa, sonrientes y aplaudiendo; y hasta una madre con su hija y su marido que trató de ver -sin lograrlo, según dijo-, las reacciones del gobernante al desgranar Silvio sus canciones críticas de estos tiempos, en los que pareciera que se ahonda la diferencia entre los que deciden y quienes cargan las penurias cotidianas a la espalda. “Los machucados”, les dice mi amiga Estrella.

Estuvieron igualmente los curiosos atraídos por la música y la luz, y desde lejos -siempre desde muy lejos- se pronunciaron aquellos consagrados en atacar la independencia nacional.

Nadie, ni los desprevenidos quedaron indiferentes. Más que un concierto, lo ocurrido en La Colina fue UN INSTANTE DE UNIDAD, en esa diversidad tan común entre cubanos, cada uno de ellos con verdades diferentes. Fue otra manera de lograr ese apretón de gentes que tanto hace falta y que nunca, absolutamente nunca, se alcanzará excluyendo a los incómodos y uniformando a los que repiten lo mismo, demasiadas veces sin saber lo que repiten.

Han pasado las horas, los días, y lo ocurrido aquella tarde-noche sigue en la conciencia de los cubanos, piensen como piensen. Y el que aún no alcance a ver la profundidad cultural, social, política y hasta comunicacional de lo ocurrido, morirá ciego.

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