Manuel Juan Somoza/La Habana
Hoy desperté con luz tras demasiadas jornadas en las que mandaron las tinieblas, y las notas en FB de Sergio Berrocal, Rodolfo de la Fuente y Milena Recio, llegadas desde lugares remotos y sobre temas diversos, me removieron el ánimo -aún no sé muy bien por qué- y ratificaron lo que casi había olvidado: fuera de esta isla bendecida o maldita, la vida fluye de otra forma.
Claro que por decisión propia vivo en un país en guerra, aunque no se escuchen los tiros, ni la prensa internacional de cuenta de ella. Este fin de semana, una vez más, los ultras -incluidos hijos y nietos de los llamados «líderes históricos» del anticastrismo- volvieron a reunirse en Miami, dijeron que para para “Salvar a Cuba” después de pasar la cuenta. “¡Dios nos coja confesados!”, diría mi abuela.
En tanto, aquí, los que deciden no acaban de dar pie con bola en eso de administrar lo mejor posible el dramatismo impuesto a la Nación. Las consignas se repiten, el optimismo sin sentido prolifera -oh Bernardo Espinosa y sus partes diarios sobre el SEN- y la burocracia manda, al tiempo que se desparraman la violencia, la corrupción, el enriquecimiento de la nueva clase y crece el desconcierto.
Así comenzó este domingo, todavía con luz al escribir esta nota, que es como ese mensaje en botella que los sobrevivientes lanzan al mar.


Deja un comentario