Manuel Juan Somoza/La Habana
Formo parte de una generación que en la práctica dejó de contar, aunque no guarde silencio. “Pasó nuestro tiempo”, dice con nostalgia mi amigo Aurelio, sobreviviente a dos guerras cruentas y distantes, quien todavía publica cada día lo que observa y lo que cree.
Vivian, mi compañera de más de media andanza, dirige en el barrio un núcleo del Partido Comunista que si sumáramos edades sobrepasaría con creces los siete siglos. Y, sin embrago, siguen reuniéndose, debatiendo y proponiendo.
“Puros”, nos dijo la muchachada de la crisis de los 90, “padrino” o “madrina”, nos dicen en la actual y sospecho que incluso somos materia prima de la nueva novela de Leonardo Padura, “Morir en la orilla”. Confirmaré si puedo leerla.
Somos parte de esos 2,4 millones de cubanas y cubanos que sobrepasan los 60 años de edad en una población que se redujo a 9,4 del poco más de 11 millones de habitantes con que contaba la isla al comenzar la crisis en curso. Fuimos unos seis millones al triunfar la revolución en enero de 1959.
Y apelo a esa especie de por cuantos a fin de situar en contexto las percepciones que expondré, sabedor de que nunca serán aprobadas por todos -como debe ser para que impere el conocimiento-, pese a estar vinculadas al destino de la Nación.
Donald Trump, Luis Arce y Evo Morales
En menos de 24 horas, intercambié sobre esos personajes con vecinos y desconocidos en la calle y en las redes, y lo hicimos con el mismo apasionamiento con el que cualquier cubano cuestiona la validez de las políticas oficiales o discute acerca de la inmortalidad del cangrejo.
De Trump dije -sin lograr consenso- que es líder natural de una mayoría de votantes ultra conservadores, conservadores, supremacistas, analfabetos políticos y hasta neonazis estadounidenses, que lo apoyarán, incluso si fallaran sus políticas económicas y bajara su aprobación en las encuestas.
Sobre Arce y Evo expuse que ellos demostraron lo que ocurre cuando los egos mandan por encima de los intereses de un país. “Algo parecido -añadí- pasó antes en Argentina y Ecuador”. Tampoco hubo consenso, pero del debate espontáneo surgió la pregunta que animó esta nota.
“¿Y qué pasaría en Cuba?”
Preguntó uno de los participantes y me hizo pensar. Soy de aquella mayoría que desde 1959 contrajo un compromiso inconmovible con Cuba de la mano de la Revolución.
Y de realizarse aquí, vaya usted a saber, una elección presidencial entre un representante de la Revolución y otro del libre mercado y la obediencia a Washington, no tengo duda alguna de que también en mayoría quienes hoy andamos entre los 70 y los ochenta y tantos años volveríamos a votar por la Revolución, incluso desde los sueños si cumplir y las pensiones de miseria.
No espero lo mismo de esos cubanos que devinieron adolescentes o jóvenes en medio de la crisis anterior y de los que después llegaron también a la edad de votación, sin conocer la mejor cara del socialismo cubano.
“Puede que estés equivocado y salgamos de este desastre”, fue la respuesta de un ingeniero treintañero cuando le comenté que si se perdía la Revolución, sabríamos en carne propia lo que vivirá Bolivia cuando asuma la derecha y lo que padece Argentina con Milei al mando.
En fin, es lo que pienso.


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