Jorge Gómez Barata/La Habana
Aunque son anomalías civilizatorias, las guerras y las luchas armadas, circunstancialmente han sido catalizadores de trascendentales procesos geopolíticos. De la derrota de las metrópolis coloniales europeas surgió en Hispanoamérica un rosario de naciones libres y de la capitulación del Imperio Británico ante la revolución emergieron los Estados Unidos. Las guerras napoleónicas aceleraron los procesos nacionales en Europa y de la ruina de los imperios ruso, otomano y austrohúngaro emergieron varios estados, entre ellos la Unión Soviética y la Turquía moderna.
Por una cruel paradoja, puede que, en la zaga de la guerra en Ucrania, el más lamentable evento europeo en los últimos 80 años, que se lleva consigo la vida de no menos de un millón de personas, tenga lugar la convergencia entre Estados Unidos y Rusia que, de realizarse tendrá implicaciones civilizatorias positivas e inmediatas para todo el mundo.
En 1991, Tras ciclópeos esfuerzos tratando de instalar un modelo político y económico que resultó inviable, exhausta tras 74 años de confrontaciones políticas, militares e ideológicas con occidente, debilitada por una ruinosa carrera de armamentos, incluidas las armas nucleares, y por las tensiones de una competencia económica que no podía ganar, así como por situaciones internas, entre ellas sostener económica y militarmente al campo socialista y al movimiento comunista internacional, la Unión Soviética implosionó.
Por elección, Rusia, los países ex socialistas de Europa Oriental, los Balcanes y Mongolia, así como los 20 nuevos estados surgidos en territorios ex soviéticos, cambiaron sus perspectivas estratégicas adoptando el capitalismo, la democracia liberal y la economía de mercado integrándose y aliándose con occidente.
La sociedad soviética, así como las estructuras políticas, incluyendo el partido, los mandos militares y de la seguridad del estado, el komsomol, la burocracia sindical y las élites científicas e intelectuales y la juventud, apoyaron el curso iniciado por Mijaíl Gorbachov. Ni una sola voz se levantó contra la perestroika, no hubo llamados, huelgas ni manifestaciones y nadie lloró sobre la leche derramada cuando finalmente sobrevino el colapso.
Un partido de 20 millones de militantes, presunto heredero de las tradiciones combativas de los bolcheviques, fue disuelto de un plumazo y prohibido sin que se alzara una voz en su defensa y la organización sindical de 100 millones de afiliados se disolvió en la nada sin ninguna manifestación de descontento.
Nunca se había visto un movimiento político tan trascendental ni cambio en semejante escala que fuera tan deseado. Aquellos pueblos que fueron objeto de un gigantesco esfuerzo propagandístico encaminado a reeducarlos para rechazar a occidente, su cultura y sus estilos de vida, aunque perdieron importantes conquistas, abdicaron de los credos inculcados mediante el adoctrinamiento y rápidamente se adaptaron a las nuevas condiciones.
De vez en cuando recuerdo que en un mismo día estuve en Berlín Occidental y Oriental, contemplé el Muro de Berlín desde los dos lados y fui impactado por los enormes contrastes que quizás un visitante percibía mejor que los lugareños.
Para entonces ya había asumido que el desarrollo económico, incluidos el consumo, el confort y el bienestar, forman la más importante de las estructuras sociales, superando en influencia a la política y las ideologías. A escala global, en la era de las sociedades industriales y tecnológicas, este indicador es determinante para limar las contradicciones ideológicas y politicas entre las potencias y promover las avenencias entre ellas. Esa es la base de la llamada convergencia.
Superadas las barreras ideológicas, las interacciones económicas, incluidas algunas manifestaciones de integración, aproximan más que contraponer a las potencias, las sociedades emergentes, las clases sociales y las personas. La lucha de clases no ha desaparecido, pero se realiza en un tono reformista.
Al menos ahora, en los países occidentales, así como en Rusia, en Asia y en África, los pueblos y las vanguardias política, procuran la mejoría por medio de reformas que son preferidas a los cataclismos que promueven los cambios de regímenes. Las revoluciones sociales que, por cierto, fueron pocas y violentas, dejaron de ser la opción.
En la medida en que avanzan las convergencias económicas, también lo hacen las políticas y las acciones sociales que auspician un tendido de puentes a escala global lo cual es un poderoso incentivo para las sociedades desarrolladas. A pesar de la guerra en Ucrania, un evento circunstancial, Rusia está hoy más cerca de la alianza con Estados Unidos que de la guerra con ellos. ¡Que para bien sea!
Por extraños caminos, cuando la hegemonía de Estados Unidos parece declinar, en las nuevas circunstancias aparecen Vladimir Putin y Donald Trump que, en la tóxica coyuntura de la guerra desatada en Europa, aproximan posiciones y tal vez metas. Rusia, aunque militarmente pareja, económica y políticamente más atrasada busca no sólo de la paz, sino los réditos de una beneficiosa alianza.
Ignoro cómo los entendimientos entre Washington y Moscú repercutirán en la perspectiva estratégica y cómo ello influirá en el inevitable ajuste internacional que ello conllevará. Tengo la impresión de que a China no le será difícil asimilar el cambio, al fin y al cabo, la confrontación con Estados Unidos no es su estrategia. El tiempo dirá. Allá nos vemos.
(Tomado del diario ¡Por esto!)


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