Catalejo no juegues con los santos: Israel Rojas, La Joven Cuba y sus descontentos

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Por Arturo López-Levy

Entre las recientes entrevistas del programa La Sobremesa, de La Joven Cuba (LJC), la de Israel Rojas, del dúo Buena Fe, es la que ha traído más atención y debate. Quizás porque se trata de un cantante popular, quizás porque viene después de otras con reflexiones más profundas sobre áreas específicas del saber, como la economía, la historia, y la sociología de la pobreza. Lo cierto es que el intercambio entre la periodista y directora de LJC, Mariana Camejo, y Rojas ha revuelto pasiones a diestra y siniestra del espectro político cubano.

Desde que apenas se anunció el encuentro, un grupo de intelectuales, jóvenes y no tan jóvenes, revolucionarios-oficialistas y anticastristas-contrarrevolucionarios —para respetar las denominaciones empleadas— se lanzaron a cuestionar al cantante, que carga cicatrices por varias campañas macartistas de cancelación política desde Miami en su contra, y también al medio al que daba la entrevista.

En varios espacios se apuntó que, si hay financiamiento para la entrevista, aunque fuese noruego, «viene de la ley Helms». Según esta argumentación, Estados Unidos es el único interesado en un cambio de régimen, y es por tanto su gobierno el que pone la plata. Noruega, el país al que LJC agradece apoyo para realizar esta entrevista, sería apenas un «triangulador».

Aquí vale la pena apuntar la diferencia con otros medios que trabajan con fondos federales para cambio de régimen. ¿No hay allí una diferencia sustancial? ¿Es lo mismo recibir apoyo de un gobierno que no apoya el bloqueo, y otorga ayuda para el desarrollo a Cuba, que por aquellos que promueven el hambre para que el país estalle? Precisamente por ser el financiamiento un tema delicado en política, habría que abordarlo con matices. Es lógico que el gobierno niegue legalidad a los financiamientos que salen de la ley Helms-Burton, un engendro condenado en las Naciones Unidas por ofender la soberanía de Cuba, pero el periodismo cuesta, y el cubano patriota que discrepa del gobierno tiene derecho a opinar, entrevistar, cotejar opiniones. ¿Cuál es el criterio o buena práctica desde el derecho internacional para proscribir todo financiamiento a quien no comulgue ciento por ciento con las posturas gubernamentales?

Para ellos no hay cabida para terceras posiciones, neutralismos, y escapes a la polarización.

Además del tema del financiamiento, una de las críticas que se le hace a LJC está relacionada a reducir la importancia de la guerra económica de EE.UU en las tragedias de la Isla, y tener una agenda con pocos matices sobre las problemáticas de la sociedad cubana actual, durante su anterior equipo. Sin embargo, las entrevistas de La Sobremesa a prestigiosos académicos como Julio Carranza, Mayra Espina y Fabio Fernández, y a una figura pública como Israel Rojas expresan, en mi criterio, una corrección de rumbo. ¿Quién no ha cometido equivocaciones y confiado en quien no debía? ¿El PCC? ¿De veras? El propio Israel Rojas ha dicho, y en la entrevista por venir Rafael Hernández reitera, que la política informativa vigente está muy por debajo de lo que exigen los retos de la Cuba actual.

Después de tanta estrechez en definir quién puede y no puede participar en la política cubana desde algunos de los portavoces revolucionarios-oficialistas, uno se pregunta con qué concepto de igualdad ciudadana trabaja de ese sector. Resulta decepcionante cómo algunos desde la oficialidad rechazan un diálogo, en el que las preguntas de Camejo fueron lógicas. Por su parte, Rojas, al que proclaman su campeón por la mañana, y un párvulo en la «trampa de la equidistancia» por la tarde, defendió con tiempo y amplitud sus ideas. ¿Cuál entre sus críticos pudo hacerlo mejor? Ganó LJC y ganó Israel Rojas, quien habló contra la guerra económica contra Cuba, pero también de reconciliación, un tema ausente de los medios oficiales, incluso para fundamentar en contra. ¿De quién es la responsabilidad? De la propia política informativa oficial, les ha dicho Rojas, no Camejo.

La lógica de que Rojas «legitimó» a LJC es soberbia. La legitimidad política de un medio o una institución, no es otorgada a priori por ningún aparato ideológico. Es resultado de cuán fuerte es la creencia en la comunidad a la cual se dirige —en este caso la cubana transnacional—, y de la pertinencia y funcionalidad acorde a sus valores, de la institución respectiva. Eso puede ser en términos de identidad, función, eficacia, justicia, a partir de tipos de autoridad tradicional, racional legal, o carismático, en una lista no limitada. La legitimidad política no es una dicotomía sino un espectro. Los regímenes políticos y las instituciones operan desde zonas de legitimidad que se achican y se expanden.  

Mientras unos tratan a Rojas como su campeón operando en campo enemigo, otros lo descalifican como párvulo seducido. Ambas lógicas argumentan que no hay zona legítima de discusión fuera de «nuestro socialismo».  Esa intolerancia es incompatible con el discurso constitucional que ha dicho que todo el que sea patriota y martiano, así simplemente patriota y martiano, es parte del «con todos y para el bien de todos».

¿Cuál ha sido el resultado más notable de estas entrevistas en La Sobremesa? Que un sector importante de la comunidad política, que no se siente representado en los medios oficiales pero que tampoco comulga con la oposición contrarrevolucionaria, haya expresado agradecimiento por este espacio de deliberación. Se llama legitimidad por desempeño.

El camino de Martí

En el manifiesto de Montecristi, Martí escribió que la moderación era «el espíritu de Cuba». Si se quiere construir unidad patriótica, es esencial hacer política desde un diapasón ideológico abierto, ganarse a los indecisos, escépticos, y a los patriotas no leninistas. No es con celos ideológicos ni ira que se atrae a sectores que se sienten a gusto con el tono de la conversación entre Camejo y Rojas. Son miles. ¿Quieren ustedes competir por el favor o la atención de ese sector? Pues persuadan, y sean persuadidos; y a la corrupción y la ineptitud, exijan soluciones y cuentas por una reforma dilatada y desviada.

Es evidente que, para un grupo importante de adalides de la ideología oficial, el resto no somos conciudadanos iguales en derechos y tan capaces de pensar como ellos.  Frente a la supuestamente vanguardia iluminada, no hay espacio para una oposición o disidencia leal al país. Claro que hay que preguntarse con quién es la reconciliación y comprensión. No es posible ni viable con el acoso, el bloqueo y el plattismo. El tema es que la soberbia exhibida es un problema para dialogar, incluso en los términos patrióticos que plantea Israel Rojas.

Con el mensaje de «si no adoptas nuestra ideología, eres igual que los reaccionarios y plattista, ningún financiamiento para ti es aceptable, no te queremos, no te necesitamos» van a empujar a un sector grande de la sociedad cubana transnacional a la oposición activa o pasiva, o por lo menos al desinterés. La política democrática es persuadir y ser persuadido. Entonces, menos reprimenda y más diálogo. Y sobre todo, sacar al país de la crisis estructural en la que está. Nada crearía mejores condiciones para dialogar y reconciliarse que una Cuba en desarrollo.  

(Tomado de la Joven Cuba)

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