Mario Vizcaíno Serrat/ La Habana
Encontrarse a las ocho de la mañana con un joven leyendo un libro en el paseo de una avenida de La Habana es, cuando menos, una novedad
Nada más lo vi, saqué la cámara a prudencial distancia y lo capté para compartir la imagen. Aquella escena bastaba para apuntalar la esperanza de que, en la intimidad de los hogares, otros imitan al protagonista de esta crónica. La esperanza es muy optimista.
Una imagen así puede enderezar las emociones una de esas mañanas aciagas en las que, mires para cualquier lugar, parece que todo irá mal.
Hace cuarenta años, esto no asombraba en Cuba. Era común ver a una mujer o un hombre en una guagua con un libro abierto, frente al tumulto y la algarabía. La memoria visual de muchos conserva imágenes de pasajeros leyendo incluso de pie.
Todos los estudios apuntan a un descenso en los niveles mundiales de lectura, aunque todavía al parecer sin una caída drástica, a juzgar por las librerías con cientos de libros y el buen sistema de bibliotecas públicas de tantos países.
Los teléfonos celulares y las redes sociales han contribuido al avance de la banalidad y la disminución del interés por leer, un ambiente que la gente más preparada enfrentar mejor.
A pesar de que el acceso a los libros en la Isla ha sido influido de modo notable por una política cultural, se extraña cuando en un mismo ómnibus diez o quince personas leían una novela, que podía ser Crimen y castigo, Madame Bovarí o Enigma para un domingo, y a pesar de la diferencia temática y de calidad entre esas obras, era bienvenido el acto de leer, pues encerraba placer, oportunidad de pensar mejor o enriquecer el lenguaje.
En los últimos años la sociedad cubana ha visto un declive significativo en sus posibilidades de leer, ante el paulatino descenso en la impresión de libros, derivada de una prolongada y profunda crisis económica.
Las personas que leen disponen de un universo más completo al que pueden acudir en momentos de crisis existencial o usar en un diálogo, activar su mente o limpiar el mundo interior.
Por eso, sin que él lo supiera, felicité a aquel muchacho del paseo de la calle 70, en el municipio Playa, le deseé lo mejor y agradecí a Dios por haber subido por esa avenida y no por otra, porque me permitió alegrarme una mañana deprimente, con tanta gente resignada a pasar otro día tan feo como el anterior.
(Tomado de Palabra Nueva)


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