Nuevas y antiguas estructuras y liderazgos


Jorge Gómez Barata/La Habana
Con el realismo y la lucidez que lo caracterizan, en la Cumbre de los BRICS recién concluida en Río de Janeiro, el presidente brasileño, Luis Inacio Lula da Silva fue lapidario: “…Si la gente no encuentra una nueva fórmula, va a terminar el siglo XXI igual a como inició el siglo XX…”
 El siglo XX político, al que aludió Lula, se inició con la decisiva victoria de Estados Unidos en la guerra contra España (1898), la ocupación de Cuba, Filipinas, Puerto Rico, Guam y otras posesiones coloniales ibéricas. Poco después, otra victoria militar con fuertes componentes económicos y políticos, en la Primera Guerra Mundial, Estados Unidos emergió como principal potencia económica, militar y política del planeta, posición que no ha cedido.
Aunque algunos creen que este siglo no terminará así, la profecía está por cumplirse. A ello también se refirió Lula. El que llegó a ser el presidente latinoamericano más popular y el líder tercermundista más relevante de su momento que, privado del poder, se elevó sobre la infamia que lo puso tras las rejas, se refirió a la dificultad que entraña la falta de liderazgos habilitados para alcanzar semejantes empeños, en lo cual no le falta razón.
Esta situación contrasta con la de mediados del siglo XX cuando, mediante un esfuerzo colectivo realizado por las tres grandes potencias del momento, Estados Unidos, Unión Soviética y Gran Bretaña, encabezados por Roosevelt, Stalin y Churchill, no sólo lideraron la lucha contra el nazi fascismo, sino que diseñaron las bases de un nuevo orden económico, político, financiero y comercial mundial, creando las instituciones para implantarlo.  
Entonces, asumir el liderazgo global fue más factible, no sólo por las personalidades que lo ejercieron, sino por la reducida escala del entorno internacional, formado por cuatro grandes potencias y otros 50 estados independientes, la mitad de los cuales eran de las Américas, con estrechos vínculos con Estados Unidos.  
Concluida la guerra, parte de Europa y Asia que fueron ocupadas por los nazis resultaron liberadas por la Unión Soviética y los Estados Unidos a quienes quedaron vinculadas, así como la decena de países que formaron parte del eje fascistas, incluidos Alemania y Japón que recibieron el tratamiento reservado a los derrotados.  
A las potencias de entonces, prácticamente las mismas que hoy actúan en los escenarios internacionales, se han sumado poderosos países como Alemania y Japón que en aquel tiempo fueron excluidos por formar parte del eje nazi, así como Francia que estaba ocupada y otros 150 estados que ejercen firmemente su soberanía y unas 20 potencias regionales, cada una de las cuales tiene su propia agenda.
Difícilmente, en los escenarios globales de hoy, en los cuales las potencias, más que colaborar pugnan y compiten entre sí, los países se esfuerzan por encontrar soluciones nacionales y las potencias emergentes por adelantar sus propias agendas que, con frecuencia miran más hacia dentro de sus sociedades que para entornos exteriores.
Quienes especulan con la posibilidad de hacerlo, no será fácil transformar la ONU ni encontrarle un sustituto, como tampoco está al alcance de la mano una reconstrucción de la arquitectura financiera formada por el FMI, el Banco Mundial, la Reserva Federal, los grandes bancos centrales y las bolsas norteamericanas, europeas y asiáticas, así como otras estructuras financieras y monetarias.    
En un ambiente de crítica nihilista al orden internacional vigente, incluida sus estructuras para ejercicio de gobernabilidad multilaterales, ha tenido lugar en Río de Janeiro la XVII Cumbre del BRICS, una joven entidad multilateral, todavía en construcción formada por menos de 30 países (entre miembros y asociados), en la cual, algunos protagonistas cifran grandes esperanzas.
No obstante, como botón de muestra de las dificultades que afrontan los ponentes de las reformas más sustanciales que llegan a asumir el presente momento político como una confrontación con el llamado “occidente colectivo”, figura la ausencia, por razones diversas, de dos de las personalidades políticas más prominentes del momento que dan a la entidad su proyección.
Se trató de los presidentes de China, Xi Jinping y de Rusia Vladimir Putin, fundadores de los BRICS que, con el estadounidense Donald Trump, ejercen las mayores influencias en los asuntos mundiales.
La relevancia de Xi se debe al enorme potencial económico, financiero y militar de China, a su competitividad tecnológica, al desempeño, capacidad de innovación y a la  amplitud de su comercio. Estados Unidos considera a China como su adversario principal.
Por su parte, el protagonismo de Putin, además de su exitoso desempeño al frente de Rusia, se debe, sobre todo, a la guerra que Rusia libra en Europa contra Ucrania y que involucra a la OTAN.
Entre otras cosas y de cara a otros temores, la actitud del presidente Donald Trump que demoniza a los BRICS, se debe sobre todo a la presencia y al liderazgo que dentro de la organización emergente desempeñan Rusia y China.
Las reformas de las instituciones y la reestructuración del orden político, económico y financiero internacional es un empeño necesario, siempre y cuando se asuma como un acto pertinente de cara a los intereses globales y no como elemento asociado a la agenda de algún país o grupo de ellos.
Ojalá los BRICS sean lo que sus impulsores quisieran que fueran y no lo que han resultado ser una miríada de entidades internacionales, buenas para nada. Allá nos vemos.
(Tomado del diario ¡Por esto!)

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