Dónde va la humanidad?

 Jorge Gómez Barata/La Habana

Siempre hubo sabios que trataron de dar respuesta a la pregunta que sirve de título, ilusos que pretendieron conocerla, algunos que asumen que los destinos humanos están escritos, incluso megalómanos que se creyeron capaces de determinar su rumbo, el más reciente fue Adolf Hitler que anunció el advenimiento de un milenio nazi.

Yo mismo, a la luz de un credo equivocado, durante años creí que el desarrollo de la sociedad está regido por leyes objetivas que funcionan al margen de la conciencia y la voluntad de las personas. Más tarde adopté puntos de vistas más flexibles según los cuales, apreciada en su conjunto, la historia es una sucesión, más o menos concatenada de procesos desplegados en el tiempo y espacios que forman el devenir civilizatorio y son generalmente espontáneos.

El hecho trascendental de que en todas partes y en todos los tiempos, el sentido y la dirección de tales procesos sean idénticos se explica por la presencia de los humanos que, a pesar de haber vivido aislados los unos de otros, todas las culturas y civilizaciones marcharon en la misma dirección y con idénticos anhelos de progreso.

Ninguna persona ni grupo de ellas inventó la esclavitud ni el feudalismo, nadie creó la fe ni concibió la guerra y nadie diseño el capitalismo. Aunque abundan los hechos concretos que han acelerado o retrasado el avance de la civilización, no conozco ninguno que haya cambiado su signo, excepto la II Guerra Mundial.

    La II Guerra Mundial se desató cuando la humanidad había llegado a un punto desde el cual podía atalayar sus opciones y estaba en capacidad de dotarse de herramientas para forjar su destino. Aquellas circunstancias fueron sintetizadas por enfoques filosóficos avanzados como el liberalismo, el marxismo y el pensamiento político de matriz cristiana, todos inspirados en la idea de la democracia.

Un liderazgo emergente encarnado por Franklin D. Roosevelt, entonces presidente de los Estados Unidos, Iósiv Stalin, líder de la Unión Soviética, y Winston Churchill, primer ministro de Gran Bretaña, y sus colaboradores, a la vez que encabezaron la lucha contra el fascismo, concibieron un orden mundial para la posguerra y diseñaron las instituciones para realizarlo.     

   Pocas veces se recuerda que la coalición antifascista aliada, encabezada por Estados Unidos, la Unión Soviética, Gran Bretaña y China, se forjó en torno a un programa: La Carta del Atlántico, en la cual se dibujaron los contornos del mundo del futuro que excluía el colonialismo y la guerra. En aquel documento, por primera vez se utilizó el término Naciones Unidas, referido no a la organización, sino a una meta.

Del modo más democrático posible, mediante decenas de conferencias y reuniones entre las que resaltan las de El Cairo, Moscú, Teherán, Yalta, Postdam, Bretton-Woods y San Francisco, por primera vez en la historia hubo consenso y talento para diseñar las bases del mundo del futuro.

La Carta de la ONU y la institución con ese nombre, las entidades de colaboración y regulación nacidas del consenso de Bretton-Woods y La Habana (Fondo Monetario Internacional, Banco Mundial y GATT) la descolonización y la desnazificación, propiciaron el más fecundo período de progreso y paz que, aunque con luces y sombras, llegó hasta nuestros días.

En menos de un  siglo, a partir de 1945, se abrió un período de prosperidad inédito, se reconstruyeron política y materialmente los países de Europa y Asia, incluida la Unión Soviética profundamente dañados por la guerra y la ocupación nazi, tuvo lugar la descolonización afroasiática  en virtud de la cual aparecieron más de 40 nuevos estados independientes, floreció el socialismo y se produjeron los llamados milagros económicos de Japón, Alemania y China, incluido el debut de los Tigres asiáticos (Taiwán, Hong Kong, Corea del Sur y Singapur)

De ese proceso son hijas unas 20 potencias emergentes, incluida Rusia y otros 20 estados, que emergieron como naciones independientes del desastre civilizatorio que significó el colapso de la Unión Soviética, calificado con razón como el mayor ajuste geopolítico desde el descubrimiento de América. Este movimiento telúrico ocasionó el cambio de régimen en unos 40 países y cuyas consecuencias persisten todavía.

Un hecho inesperado con el cual la humanidad emergente tuvo que improvisar fue la cuestión nuclear.

La bomba atómica, surgida como el arma milagrosa para luchar contra el fascismo y que debutó del peor modo posible cuando ya Hitler había sido derrotado, fue el eje de la Guerra Fría, de la carrera armamentista y de filosofías tan nefastas como “Destrucción mutua asegurada”.     

No obstante, bajo el liderazgo de las grandes potencias, la humanidad consiguió gestionar la no proliferación nuclear y crear instrumentos como el Tratado de No Proliferación y la Organización Internacional de la Energía Atómica, los cuales limitaron el número de países nucleares y facilitaron el desarrollo nuclear con fines pacíficos. Varios conceptos que sirvieron de base a esas realizaciones amenazan con quebrantarse, lo cual puede significar un retroceso enorme, uno de ellos es la proliferación nuclear.

El genocidio israelí en Gaza, la inesperada guerra por elección en  Europa que involucra a más de 30 países y el reciente encontronazo militar entre Israel, Irán y Estados Unidos, en torno a la cuestión nuclear, de no frenarse, pueden significar retrocesos que, sin bien, a la larga serán trascendidos, pueden implicar costos civilizatorios.

En este esbozo, dado el espacio y la necesaria brevedad, deja fuera varios temas y mutila otros, entre ellos la necesidad de actualizar para reforzar más que para sustituir, algunos pilares del orden mundial, incluida la Carta de la ONU y las instituciones económicas globales. Prometo, en entregas sucesivas trabajar para subsanar las carencias. Por ahora. Allá  nos vemos.   

Julio de 2026. Publicado por el diario ¡Por esto!  Al reproducirlo indicar la fuente 
Siempre hubo sabios que trataron de dar respuesta a la pregunta que sirve de título, ilusos que pretendieron conocerla, algunos que asumen que los destinos humanos están escritos, incluso megalómanos que se creyeron capaces de determinar su rumbo, el más reciente fue Adolf Hitler que anunció el advenimiento de un milenio nazi.
Yo mismo, a la luz de un credo equivocado, durante años creí que el desarrollo de la sociedad está regido por leyes objetivas que funcionan al margen de la conciencia y la voluntad de las personas. Más tarde adopté puntos de vistas más flexibles según los cuales, apreciada en su conjunto, la historia es una sucesión, más o menos concatenada de procesos desplegados en el tiempo y espacios que forman el devenir civilizatorio y son generalmente espontáneos.
El hecho trascendental de que en todas partes y en todos los tiempos, el sentido y la dirección de tales procesos sean idénticos se explica por la presencia de los humanos que. A pesar de haber vivido aislados los unos de otros, todas las culturas y civilizaciones marcharon en la misma dirección y con idénticos anhelos de progreso.
Ninguna persona ni grupo de ellas inventó la esclavitud ni el feudalismo, nadie creó la fe ni concibió la guerra y nadie diseño el capitalismo. Aunque abundan los hechos concretos que han acelerado o retrasado el avance de la civilización, no conozco ninguno que haya cambiado su signo, excepto la II Guerra Mundial.
    La II Guerra Mundial se desató cuando la humanidad había llegado a un punto desde el cual podía atalayar sus opciones y estaba en capacidad de dotarse de herramientas para forjar su destino. Aquellas circunstancias fueron sintetizadas por enfoques filosóficos avanzados como el liberalismo, el marxismo y el pensamiento político de matriz cristiana, todos inspirados en la idea de la democracia.
Un liderazgo emergente encarnado por Franklin D. Roosevelt, entonces presidente de los Estados Unidos, Iósiv Stalin, líder de la Unión Soviética, y Winston Churchill, primer ministro de Gran Bretaña, y sus colaboradores, a la vez que encabezaron la lucha contra el fascismo, concibieron un orden mundial para la posguerra y diseñaron las instituciones para realizarlo.      
   Pocas veces se recuerda que la coalición antifascista aliada, encabezada por Estados Unidos, la Unión Soviética, Gran Bretaña y China, se forjó en torno a un programa: La Carta del Atlántico, en la cual se dibujaron los contornos del mundo del futuro que excluía el colonialismo y la guerra. En aquel documento, por primera vez se utilizó el término Naciones Unidas, referido no a la organización, sino a una meta.
Del modo más democrático posible, mediante decenas de conferencias y reuniones entre las que resaltan las de El Cairo, Moscú, Teherán, Yalta, Postdam, Bretton-Woods y San Francisco, por primera vez en la historia hubo consenso y talento para diseñar las bases del mundo del futuro.
La Carta de la ONU y la institución con ese nombre, las entidades de colaboración y regulación nacidas del consenso de Bretton-Woods y La Habana (Fondo Monetario Internacional, Banco Mundial y GATT) la descolonización y la desnazificación, propiciaron el más fecundo período de progreso y paz que, aunque con luces y sombras, llegó hasta nuestros días.
En menos de un  siglo, a partir de 1945, se abrió un período de prosperidad inédito, se reconstruyeron política y materialmente los países de Europa y Asia, incluida la Unión Soviética profundamente dañados por la guerra y la ocupación nazi, tuvo lugar la descolonización afroasiática  en virtud de la cual aparecieron más de 40 nuevos estados independientes, floreció el socialismo y se produjeron los llamados milagros económicos de Japón, Alemania y China, incluido el debut de los Tigres asiáticos (Taiwán, Hong Kong, Corea del Sur y Singapur)
De ese proceso son hijas unas 20 potencias emergentes, incluida Rusia y otros 20 estados, que emergieron como naciones independientes del desastre civilizatorio que significó el colapso de la Unión Soviética, calificado con razón como el mayor ajuste geopolítico desde el descubrimiento de América. Este movimiento telúrico ocasionó el cambio de régimen en unos 40 países y cuyas consecuencias persisten todavía.
Un hecho inesperado con el cual la humanidad emergente tuvo que improvisar fue la cuestión nuclear.
La bomba atómica, surgida como el arma milagrosa para luchar contra el fascismo y que debutó del peor modo posible cuando ya Hitler había sido derrotado, fue el eje de la Guerra Fría, de la carrera armamentista y de filosofías tan nefastas como “Destrucción mutua asegurada”.      
No obstante, bajo el liderazgo de las grandes potencias, la humanidad consiguió gestionar la no proliferación nuclear y crear instrumentos como el Tratado de No Proliferación y la Organización Internacional de la Energía Atómica, los cuales limitaron el número de países nucleares y facilitaron el desarrollo nuclear con fines pacíficos. Varios conceptos que sirvieron de base a esas realizaciones amenazan con quebrantarse, lo cual puede significar un retroceso enorme, uno de ellos es la proliferación nuclear.
El genocidio israelí en Gaza, la inesperada guerra por elección en  Europa que involucra a más de 30 países y el reciente encontronazo militar entre Israel, Irán y Estados Unidos, en torno a la cuestión nuclear, de no frenarse, pueden significar retrocesos que, sin bien, a la larga serán trascendidos, pueden implicar costos civilizatorios.
En este esbozo, dado el espacio y la necesaria brevedad, deja fuera varios temas y mutila otros, entre ellos la necesidad de actualizar para reforzar más que para sustituir, algunos pilares del orden mundial, incluida la Carta de la ONU y las instituciones económicas globales.

 (Tomado del diario ¡Por esto!)  

Deja un comentario