Ernesto Limia/La Habana
Hace tiempo un personaje inflama las redes sociales ―sobre todo Facebook―, a los dos lados del estrecho de la Florida. Se llama Sandro Castro y todos dicen que es nieto de Fidel. La foto al pie la tomé del muro de Yuliet Teresa, una activista del Centro Memorial Martin Luther King que recientemente escribió enardecida acerca de la actitud de este rufián. Pedro Jorge Velázquez la replicó. Son dos jóvenes a los que admiro y leo por la hondura de su pensamiento y compromiso. Algunos de los comentarios que leí mueven esta reflexión desde la historia.
José de la Luz y Caballero, padre de la pedagogía cubana y alfarero cuya labor educativa en Carraguao y El Salvador talló los principios del mundo moral en las generaciones que levantaron la patria ―Francisco Vicente Aguilera, Perucho Figueredo, Rafael María de Mendive, Manuel Sanguily e Ignacio Agramonte fueron discípulos suyos, por mencionar cinco nombres―, decía que el triunfo y la felicidad dependen del carácter, de la virtud y la sinceridad, y que la abyección social engendrada por el desprecio a los intereses humanos y morales en el hartazgo de riquezas fácil e inicuamente amontonadas, revuelcan a los hombres en un fondo siniestro de miserias. Apuntó más allá en su Elenco de 1835: “La moral del interés nos abre un abismo de males: he aquí sus consecuencias forzosas: 1.ª El olvido de nuestros derechos; 2.ª La pretensión de contentar al hombre sólo con goces físicos; 3.ª La degradación del carácter nacional” (Luz, Obras, vol. III, 2001: 77).
El mayor mérito de Luz, empero, no fue definir el camino hacia el venturoso porvenir de la patria: “¡La educación y sólo la educación!” (Luz, Obras, vol. III, 2001: 353), sino instituir una pedagogía para recorrerlo. La obra exigía cuatro operarios, dijo: el padre y la madre, el alumno y el maestro. Y a cada uno le definió el rol: los padres deben inspirar al niño desde los primeros albores la profunda convicción de que de la educación dependerá su felicidad real y su dignidad verdadera como hombre y como ciudadano; el maestro debe estar lleno de fe, de amor, de devoción para cumplir su sagrado ministerio; el alumno, animado del más vivo deseo de saber, debe respetar y amar con todas veras a la ciencia y al encargado de comunicarle tan rico tesoro. “…cuando los tres miembros de esta trinidad, ligados por vínculos de cariño y respeto, trabajen de consuno y animados por un mismo espíritu para salvar a los hombres y a los pueblos del pecado original de la ignorancia, entonces y sólo entonces puede llegar a ser la educación el manantial fecundo de todos los bienes apetecibles, la inagotable fuente de todos los progresos imaginables”. Luego dijo a los maestros: “…educar no es sólo enseñar gramática y geografía y física e historia; educar es templar el alma para la vida, es elevar como lo ha entendido muy bien la lengua francesa; es fortalecer, regenerar el alma; es como lo comprendió el bello idioma del Lacio, sacar del tierno niño, el hombre fuerte, el varón heroico, ¡el genio sublime!” (Luz, Obras, vol. III, 2001: 354 y 361).
Para nadie es un secreto que contra la articulación y armonía de esa triada conspiran muchas fuerzas en la contemporaneidad, que las reglas de una nota en Facebook no permiten dilucidar, porque ―entre otros factores― hasta los algoritmos de las redes sociales están diseñados para brindar un espectáculo que exacerbe la ira y el rencor. Sandro no es el único caso a quien la vanidad y el anhelo de protagonismo mediático ―a sabiendas del peso en la opinión pública de su ADN― llevan a desvariar una y otra vez. No pocos jóvenes y no tan jóvenes educados ―quizás sea más exacto decir: instruidos― en nuestras escuelas y universidades en estos últimos 20 años tienen similar comportamiento; de hecho, de ellas salió el segmento que al llegar a Miami se alió al Batistato para obtener provecho de la industria de la contrarrevolución.
No sé de qué lugar sacó Sandro su dinero, pero seguro estoy de que no se lo dio Fidel. Este pueblo lo sabe, y la CIA también ―vaya usted a saber si no contribuyó indirectamente, no sería la primera vez que corrompe como método de subversión. Recuerdo que en 1991 le presentaron a Fidel como un acto deshonroso que los coroneles del Minint jubilados en 1989 como resultado de las Causas Uno y Dos estaban boteando e indicó que los dejaran tranquilos, que eso ponía de manifiesto que no robaron y fue esa la forma honrada que encontraron para mantener sus carros funcionando. Se conoce que anduvo con las suelas de las botas rotas, que tras el Periodo Especial nunca más cogió vacaciones, que no cambió su viejo mercedes por la nueva flotilla que le regalaron, que comía tan frugal que cuando una foto íntima apareció en un muro de Facebook de Miami enseguida fue retirada porque la imagen desdecía décadas de propaganda ultrajante.
Martí es el Apóstol y uno de los pilares de la nación, cuya savia le llegó en torrentes de Varela y de Luz a través de Mendive y de varios de sus maestros en San Pablo; pero atribuir lo mejor de nuestra juventud a Martí sin mencionar a Fidel no obedece a la verdad histórica. Guillén lo reflejó en un poema: “Te lo prometió Martí y Fidel te lo cumplió”. Se hace referencia a la definición del hombre nuevo esbozada por el Che en su célebre carta ensayo; mas nadie como Fidel trabajó en erigirlo y, en especial, a la mujer nueva, impulsando transformaciones que permitieron a esta pequeñita isla convertirse en brújula y coloso de las ciencias, el deporte y las artes. De ahí la rabia de nuestros adversarios; la saña por barrer al símbolo que lo hizo realidad. Fidel repitió hasta al cansancio la frase martiana: “Toda la gloria del mundo cabe en un grano de maíz”, y quienes lo difamaron no daban crédito en 2016 a su desinterés por la perpetuación de su imagen. Sus restos descansan en un grano de maíz tallado en piedra y toda revolucionaria o revolucionario y todo patriota tiene el deber de defenderlo como símbolo de la nación ―uno de los cuatro que Raúl tuvo la genialidad de poner en línea en Santa Ifigenia.
Sandro no es el «enemigo» ―aunque por razón de su apellido haga daño―, Sandro es un imbécil. Como jefe del Estado Mayor del Ejército, el hijo de Martí participó en la masacre de los Independientes de Color; y el de Céspedes no hablaba español y todos saben que duró en la presidencia de la República burguesa lo que dura un merengue a la puerta de un colegio. Ni Céspedes, ni Martí ni Fidel tuvieron culpa de ello. Los enemigos de la nación cubana son el Gobierno de Estados Unidos y los círculos reaccionarios de ese país; la crápula batistiana y su descendencia; la contrarrevolución de allá y acá, pagada con dinero asignado por el Congreso federal y su comunidad de Inteligencia.
Sandro no siente cariño por su abuelo, ni respeta su memoria. Retratarse con la bandera de Estados Unidos a sus espaldas es la mayor evidencia, y todas estas reacciones alimentan su ego. Nuestros enemigos lo saben y por ello inducen sus estupideces; sin embargo, no ha cometido delito. Quieren tendernos una celada: si va a prisión sin apego a la ley ―como más de uno reclama ―, la noticia recorrerá el Planeta en fracción de segundos convertida en titular ominoso: “La Revolución Cubana devora a sus hijos como Saturno: está preso el nieto de Fidel”. No sería nuevo, fue más que utilizado en la década de 1960 por la prensa al servicio de la CIA y los padres de quienes controlan el poder hoy en Miami. La razón es simple: ellos, los verdaderos enemigos, 67 años después sangran por su herida supurante. Nadie como Guillén lo sintetizó: ¡Ay que linda mi bandera, / mi banderita cubana, / sin que la manden de afuera, / ni venga un rufián cualquiera, / a pisotear en La Habana! // Se acabó. / Te lo prometió Martí / y Fidel te lo cumplió. / Se acabó”.
(Tomado del Facebook del autor)


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