Félix López/Andalucía
Hoy he leído tres post de amigos indignados con los performances de Sandro Castro y su serie «Cristach». Mientras ustedes se entretienen con el disociado, Mike Hammer, el animado Encargado de Negocios de los Estados Unidos en la isla, se va a Santiago de Cuba y monta su escena para TikTok en la Loma de San Juan, el mismo día en que se conmemora otro aniversario de la batalla que puso fin al dominio colonial español en Cuba.
Hammer, que sabe por dónde le entra el agua a la comunicación, dice emocionado que fue precisamente allí, en 1898, donde las fuerzas de los Estados Unidos se unieron a los mambises cubanos. Y cito: «Esta colaboración selló el destino de la administración española en la Isla, dándole a Cuba su independencia». Los invito a que busquen y lean los comentarios de cubanos, muchos jóvenes, dándole las «gracias por la libertad», «por enseñarnos lo que no nos dijeron en la escuela», «por la hermandad»…
Lo que Hammer no les dirá nunca es la verdad tras esta historia. Por años, España había recibido ofertas de varios presidentes de los Estados Unidos —Adams, Polk, Buchanan y Grant— para que les vendieran la isla de Cuba, como si se tratase de un rancho o una granja vecina. Pero el gobierno español siempre rebotó aquellas propuestas, convencido de que no entregaría uno de sus territorios más ricos de ultramar.
Lo que no sabían los españoles es que los gringos esperaban la proximidad de la victoria mambisa para intervenir y apoderarse de Cuba. La estrategia comenzó con el envío al puerto de La Habana del acorazado de segunda clase Maine, viejo barco que era todo un símbolo de poderío imperial. Si bien el objetivo parecía ser el de intimidar al ejército español, el Capitán General Ramón Blanco y Erenas recibió en su despacho al capitán de navío Charles Dwight y le prometió una recepción en su honor, como desagravio por el frío recibimiento a la llegada del buque estadounidense a la capital cubana.
La noche del 15 de febrero de 1898, a las 21:40 horas, se produjo una explosión ensordecedora que iluminó por unos segundos toda la Bahía de La Habana… A esa misma hora, el representante de la Corona y la alta oficialidad del buque de guerra bailaban y brindaban con vinos españoles y güisqui de Bourbon en el Palacio de los Capitanes Generales. Tras las explosiones, el Maine se convirtió en un amasijo de hierros ardientes retorcidos. Cincuenta y cuatro marineros gringos y dos oficiales medios desaparecieron. Al amanecer, sin darles tiempo a los investigadores, los periódicos del magnate estadounidense de los medios William Randolph titularon: «El barco de guerra Maine partido a la mitad por un artefacto infernal secreto del enemigo». Era la noticia inculpadora y sensacional que necesitaba William McKinley, presidente de los Estados Unidos, para justificar la declaración de guerra a España.
Con esa argucia se personaron las tropas yanquis en la batalla de San Juan. Los cubanos no necesitaban esa colaboración. Tras años de guerras y centenares de muertos cubanos, los gringos izaron su bandera junto a la nuestra, apropiándose de una victoria que no les pertenecía. Hammer no es un analfabeto. Él sabe la verdad, pero prefiere ir a Santiago de Cuba y emular la trampa de sus antepasados. Aquellos se apropiaron de una victoria que no les costó nada. Este se apropia del relato y posa para recibir el aplauso y el agradecimiento de los ignorantes.
PD: De la Cristach les hablaré después, porque toda la mierda no se debe poner en la misma canasta.
(Tomado del Facebook del autor)


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