Israel-Irán. Llegó la guerra. ¿Qué sigue?

 

                                                      Jorge Gómez Barata/La Habana

No dejaré de insistir en algo de lo cual Nelson Mandela no tuvo que ser convencido: Las armas nucleares lejos de proveer seguridad aportan riesgos. Según cuentan el líder sudafricano heredó varias bombas atómicas y ordenó prescindir de ellas; también lo hicieron los gobernantes de Ucrania, Bielorrusia y Kazajistán que, actuando de buena fe, cedieron a Rusia los arsenales nucleares legados por la Unión Soviética. Lamentablemente todavía hay países que apuestan por el riesgo.    

Junto a la angustia por el sufrimiento humano que genera el brutal enfrentamiento que a distancia y sin motivos sostienen Israel e Irán, y la certidumbre de que ninguno ganará porque las guerras no se ganan en el mar, el cielo o el espacio, sino en tierra y no hay manera de que las tropas de uno puedan llegar a territorios del otro debido a que los separan 1500 km.,  ocupados por otros estados.  
 
Días después del bombardeo a Hiroshima en 1945 cuando se conocieron las primeras fotografías y los primeros datos del evento, a pesar de que entonces no existía televisión, la sociedad estadounidense, incluidas sus élites políticas, económicas y militares, quedaron espantadas, principalmente porque a ellos podía ocurrirles lo mismo. La presunción se transformó en certeza cuando en 1949, la Unión Soviética realizó su primera prueba nuclear.
De aquellas certidumbres emana la lógica de la no proliferación en la cual trabajaron los Estados Unidos y la Unión Soviética que tuvieron ocasión de lamentar las excepciones realizadas cuando, en 1961 el Pentágono emplazó misiles nucleares de alcance medio en Turkiye y en 1962 la URSS lo hizo en Cuba, decisiones que dieron lugar a la Crisis de los Misiles en 1962.
La paradoja del letal conflicto entre Israel e Irán es que el programa nuclear iraní comenzó a desarrollarse en los años cincuenta del siglo XX durante el régimen del último sha, Mohammad Reza Pehlevi, bajo los auspicios de los Estados Unidos que, en la administración de Dwight Eisenhower (1953-1961) desplegó el Programa Átomos para la Paz mediante el cual se entregó a Irán su primer reactor y las primeras cantidades de uranio.
En 1967 Estados Unidos suministró a Irán su primer reactor de investigación y combustible nuclear y en los años setenta, el estado persa  suscribió contratos multimillonarios con firmas de Estados Unidos, Francia, Alemania, Namibia y Sudáfrica y otros países para fabricar unos 20 reactores y una instalación para el enriquecimiento de uranio, otra para el reprocesamiento del combustible utilizado.
Entonces Irán, como casi todos los países del mundo, se atuvo a las normas nucleares internacionales y en 1979 su parlamento ratificó el Tratado de No Proliferación Nuclear (TNP)
A partir de 1979, el programa nuclear se ralentizó debido, entre otros factores a las dinámicas y las tensiones internas y externas derivadas de la llamada revolución que llevó al poder a la jerarquía islámica chiita y provocó una aguda y, hasta hoy, insalvable contradicción con occidente y Estados Unidos, debido al apoyo que antes y después del derrocamiento prestaron al sha. Más tarde la guerra contra Irak prolongada por ocho años (1990-1998) virtualmente paralizó el programa nuclear.
Al margen de los antecedentes, el vía crucis atómico de Irán, que ha conducido a la tragedia que hoy se vive, comenzó alrededor de 2002 cuando adversarios de Irán denunciaron la existencia de instalaciones nucleares secretas para el enriquecimiento de uranio. Esta revelación desencadenó la crisis nuclear que aún continúa.
Después de décadas de sanciones económicas y amenazas militares principalmente por parte de Israel y Estados Unidos, marchas y contramarchas de Irán cuya economía se resintió, no solo por las sanciones, sino también por el esfuerzo nuclear hasta que, en 2013, el presidente, Hasán Rohaní, aceptó negociar su plan nuclear de modo que excluyera las facilidades para crear la bomba atómica. Así en 2015 se llegó al Plan Integral de Acción Conjunta (PAIC), firmado con Estados Unidos, Reino Unido, Francia, Alemania, Rusia, China y Alemania.
Según lo verificado, Irán redujo sus reservas de uranio enriquecido en un 98%, desmanteló miles de centrifugadoras y aceptó inspecciones; en respuestas se levantaron algunas sanciones económicas internacionales. Las cosas funcionaban hasta que, en 2018, Donald Trump retiró unilateralmente a Estados Unidos del acuerdo por considerarlo deficiente.
Entonces el presidente pasó por alto que es preferible un mal acuerdo que podía ser perfeccionado que un caos.
Las consecuencias de unos y otros hechos están a la vista. Llegó la guerra que hace imposible el diálogo. ¿Qué sigue ahora? Obviamente es preciso buscar la paz que otra vez se hará esquiva y difícil y otra vez los protagonistas tendrán ocasión de corroborar que, hubiera sido mejor no comenzar. Allá nos vemos.
(Tomado del diario ¡Por esto! )

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