Bisabuelo cuando cada día somos menos

Manuel Juan Somoza/La Habana

Supongo que es algo natural. Los veinteañeros no tienen -no tuvimos- espacio para pensar en lo que les traerá el tiempo y de ahí, quizá, la pasión sin medir costos con la que enfrentan la vida.

Y cuando la obligada marcha lo sitúa a uno en la condición de bisabuelo, inevitablemente llegan el recuento, los errores, las heridas, con mayor intensidad que las despertadas incluso por el primero de los hijos.

Es como revelación de lo sabido: “¡Cojones, que viejo estoy! ,  nos decimos, mientras quema esa soledad que acompaña a muchos en la isla por la partida de los hijos y los nietos, y el nacimiento de nuevas descendencias en otras tierras, aunque sea a 45 minutos de vuelo.

Digo y redigo que estaré entre los que mantendrán prendido El Morro, sabedor de que eso nada importa más allá de mi existencia. La desbandada de cubanos se mantiene, pese a que Donald Trump ha cerrado las fronteras.

Cuando comenzó esta nueva crisis que desdibuja sueños y utopías éramos 11,2 millones de habitantes. Hoy nos dicen oficialmente que descendimos a 9,7 millones, al tiempo que se estima en más de 200 mil los que abandonarán la isla en los próximos 12 meses.

E inevitablemente, entonces, vuelven los recuentos disfrazados de nostalgias por lo que se hizo mal o se pudo hacer mejor, porque uno ha sido y es parte de este berenjenal (embrollo, jaleo, lio) en que ha devenido la Nación, cuando la aspiración era exactamente la contraria.

Son muchas las razones y justificaciones del desmembramiento de las familias cubanas. Ir contra la corriente impuesta desde el Norte, es una de ellas.

Sin embargo, hoy poco importa eso, al menos a mi descendencia, que se fue en busca de un mejor vivir, por lo que Mateo, el primer bisnieto, crecerá en un mundo anglosajón, con tintes de cubanía.

Es así, y no como nos lo cuenta la propaganda. Cada quien responde a su tiempo de la manera que sabe o puede, con valor o cobardía.

Y probablemente a mayor brevedad de la que imaginen los adivinadores de lujo, la población se reducirá a seis millones, cifra similar a aquella que se registraba al comenzar la Segunda República, como yo defino lo ocurrido a partir de 1959.

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