Jorge Gómez Barata/La Habana
Durante la Primera Guerra Mundial (1914-1918) en la cual, desde la época del zar, Estados Unidos y Rusia fueron aliados, el presidente estadounidense Woodrow Wilson y el líder ruso Vladimir Lenin, cada uno con sus argumentos, coincidieron en la crítica a la Diplomacia secreta. A juicio de ambos se trataba de una aberración política, según Wilson contraria a la democracia y según Lenin una conspiración contra los pueblos.
En ambos enfoques, el secretismo excluye de los procesos políticos internacionales, no sólo a la opinión pública, sino a otras instancias nacionales como son los parlamentos, la prensa y la sociedad civil.
Actualmente, las mayores posibilidades de circulación de la información, así como el agravamiento y la extensión de los conflictos internacionales, muchos de los cuales, como ocurre con la guerra entre Rusia y Ucrania, tienen efectos económicos, comerciales y financieros globales, afectan a millones de personas de terceros países, como es el caso de todos los europeos, dañan el funcionamiento de entidades como la ONU y crean riesgos de seguridad, tan dramáticos como los de una confrontación nuclear.
El ocultamiento de la verdad, impide el conocimiento de los hechos y procesos realmente existentes, así como las verdaderas posiciones de los líderes y actores de los conflictos, abre enormes espacios a las especulaciones y manipulaciones y a la divulgación de mentiras que, no por burdas, dejan de tener impacto en millones de personas que se convierten en víctimas de las lesivas prácticas de los gobiernos, incluidos los propios.
En realidad, debido a la concentración de la propiedad y la dependencia de la prensa, incluidas la radio, la televisión, sitios de Internet y redes sociales, algunos llamados comentaristas, “influencers” y/o expertos, presuntamente imparciales, son voceros de algunos de los actores. Abiertamente, actúan agencias de los gobiernos que, como la Voz de América, Rusia Today y otras, funcionan con dinero público y sólo divulgan lo que conviene a los gobiernos implicados.
Respecto a la guerra en Ucrania, cuando resalta el cambio de política de los Estados Unidos, que ha dejado de echar leña a la hoguera de la guerra, mientras Europa y la OTAN persisten en sus posiciones belicistas frente a Rusia, con lo cual obstaculizan los esfuerzos del presidente Trump por lograr la apertura de negociaciones que conduzcan al alto al fuego y eventualmente a la paz, en lo cual se han logrado avances.
De hecho, se han reanudado las negociaciones directas entre Ucrania y Rusia en Turkiye y, por tercera vez desde su segunda llegada a la Casa Blanca, Trump ha conversado con el presidente Putin en tres ocasiones, sumando alrededor de diez horas sobre el tema de la guerra y las opciones de paz.
Como otras veces, el contenido de las más recientes conversaciones, es escamoteado por todas las partes que, utilizando la discreción como filtro, impiden que la opinión pública y la prensa conozcan lo tratado.
Según se ha dicho, los mandatarios hablaron durante dos horas, pero lo informado, incluidos los saludos de rigor, incluso algunas bromas, apenas llena 20 líneas, con contenidos que no cubren 20 minutos. ¿De qué hablaron el resto del tiempo? ¿Cómo llegaron a lo acordado? ¿Cuáles fueron las posiciones?
Según las posiciones de Ucrania y Europa de las cuales, Estados Unidos ha tomado distancia, excepto en lo referido a la petición de alto al fuego, sosteniendo que puede ser importante para generar un clima propicio para los diálogos de paz. Por el contrario, con sus razones, Rusia está en desacuerdo, prefiriendo primero considerar un documento en el cual cada parte exponga sus posiciones luego, cuando exista algún consenso, considerar un cese del fuego.
Según trascendidos, al respecto, en la conversación telefónica prevaleció la posición rusa por lo cual, por ahora no hay alto al fuego y se trabajará en los documentos con las respectivas posiciones que, según se sabe, no son fácilmente conciliables, debido a que Rusia insiste en sumar a su territorio las áreas ucranianas de Crimea, Lugansk, Donetsk, Zaporozhie y Jerson, en algunas de las cuales se han efectuado referéndum que formalmente, desde el punto de vista de Rusia consagran la anexión.
En total se tratade alrededor del 20 por ciento del territorio ucraniano en el cual habitan varios millones de personas. Obviamente el desacuerdo de Ucrania, apoyada por Europa, aunque no por Estados Unidos, es total.
Aunque la posición de Washington, alentada por Henry Kissinger aconsejó, a Ucrania ceder territorios a cambio de la paz, ese pragmático enfoque ignora que, los procesos nacionales de esa naturaleza, son extremadamente complicados, porque en ellos intervienen factores objetivos y subjetivos, entre ellos el nacionalismo y el patriotismo que no suelen ser objeto de frívolas transacciones comerciales.
Por añadidura, debido a experiencias harto elocuentes, europeos y ucranianos recuerdan que ceder territorios para apaciguar a poderosos adversarios, son acciones que no necesariamente conducen a la paz.
Es sintomático que Rusia insista en retomar las conversaciones en el punto donde quedaron en 2022, momento en que fueron suspendidas por Ucrania, según se afirma aconsejada por la OTAN, especialmente por el primer ministro británico de entonces. Sintomáticamente, en aquel momento, aunque Crimea había sido sumadas a Rusia, no lo estaban Lugansk, Donetsk, Zaporozhie ni Jerson cuya incorporación, según el presidente Putin no son negociables.
Debido a lo distante de las posiciones, las exigencias maximalistas y la intransigencia, el alto al fuego parece poco probable y menos aún algún acuerdo para una paz justa y duradera. El impase, han advertido el presidente Trump y el vicepresidente JD Vance, pueden dar al traste con su paciencia.
Si Estados Unidos llega a retirarse de la mediación, volverá la incomunicación y continuará la matanza, según Trump de 5000 jóvenes semanales. El precio es demasiado alto. Allá nos vemos.
(Tomado de ¡Por esto!)


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