Manuel Juan Somoza/La Habana
Es difícil hasta sobrevivir bajo el asedio de Estados Unidos cada día de cada año cuando, además, las respuestas del gobierno nacional no logran contener la crisis que se ahonda en Cuba.
Y, sin embargo, la marcha continúa entre sorpresas y necesidades tan humanas como ver, sin el estorbo de esas empecinadas cataratas que en otras partes del planeta el desarrollo de la ciencia y la tecnología han convertido en mal menor.
Pero en Cuba, bajo ataque silencioso y permanente, donde escasean desde las dipironas hasta los lentes y colirios necesarios para recobrar la visión, las cirugías de este o cualquier otro tipo constituyen acontecimientos grandiosos, aunque sean gratuitas como parte del sistema de salud pública vigente desde 1959.
“Le avisaremos”
Así me dijo el cirujano Raúl Barroso cuando ya cegato y medio acudí a él en “La Ceguera”, como solemos decirle los cubanos a ese hospital insigne situado al oeste de La Habana.
Transcurrió casi un año, “la lista de espera es larga”, me advirtió también, porque contar con lo necesario en acciones de este tipo pasa por un rocambolesco trayecto a fin de burlar las sanciones impuestas con el propósito, dicen los del Norte, de “acabar con el régimen” y traernos “democracia”.
Barroso realizó la cirugía con éxito, pese a que él tampoco escapa de las penurias cotidianas que amargan a cualquiera. Apagones diarios -los hospitales tienen plantas propias, pero a veces fallan-, la transportación en ómnibus públicos convertida en suspiro, racionamiento de combustible y el costo de la vida más allá de las nubes.
Datos oficiales apuntan que el salario medio mensual en el predominante sector estatal ronda los 5 mil 839 pesos. Una ginecóloga especialista de segundo grado, con un máster y docente auxiliar con 47 años en la profesión gana poco más de 13 mil pesos.
La inflación en 2024 llegó a 24,88 por ciento, por lo que para llegar a fin de mes de manera decorosa, cada cubano debería ingresar casi el doble de la ginecóloga citada.
Aun así, se vive
Consultar a un médico o tener la urgencia de una cirugía en los tiempos que corren es un reto y más cuando la familia ha sido reducida a ella y yo, porque hijos y nietos emigraron en busca de otra vida, como es tendencia.
Pero entonces ocurre una de esas cosas mágicas que de manera espontánea y cotidiana se dan en esta isla: intervienen los amigos.
Y así Segundo, quien practica el “uber”, nos llevó y nos trajo gratis de la operación de cataratas; Vicente llegó de su trabajo a las ocho de la noche y a mi solicitud levantó la pesada tapa de la cisterna, comprobó que teníamos agua -llevábamos tres días sin ese servicio-. y cebó el motor; Miriam, la vecina, se asomó de inmediato al patio a recordarme que “¡no puedes hacer fuerza!”, y Reynaldo caminó cinco kilómetros desde su casa para resolver el problema del motor.
“Eso nada más se da aquí, en Canadá todo el mundo te saluda y pregunta cómo estás, pero en realidad es solo formalidad, les importa poco como estés. Aquí somos distintos”, me dijo por estos días de convalecencia Xenia, cubana que cursa un doctorado allá.


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