(Basado en una historia real)
Por Félix López/Andalucía
De chico tuve una novia con la que compartí estudios, militancia, cama, mesa y mantel. En nuestro caso se cumplió, por fortuna, la sentencia de que «la novia del estudiante no es la esposa del graduado». Guardo de ella dos recuerdos muy nítidos: su talento sobrenatural para la Gramática Española, algo de lo que yo todavía carezco, y su certeza de que llegaría al Siglo XXI como integrante de una cofradía de intelectuales que emularía a los genios del Grupo Orígenes en Cuba, el Grupo de Florida en Argentina o La Mafia de los escritores mexicanos. Mis ambiciones eran desde entonces menos pretenciosas. Me conformaba con aprender de Wolfe, Taibo y Padura. Por la Gramática estuve a punto de tirar la toalla, pero una decana de la Facultad de Periodismo me salvó al enseñarme a escribir con el corazón era más importante que la sintaxis y la morfología.
Pasaron los años «y la vida seguida/como siguen las cosas que no tienen mucho sentido/una vez me contó un amigo común que la vio/donde habita el olvido». Ese lugar era Miami, a donde recaló luego de su exilio en Europa. Nunca sentí curiosidad por saber a qué se dedicaba, dónde vivía o cómo envejecía. Hasta que un día las redes «sociales» me pusieron frente a un post en el que mi lejana ex se lamentaba de haber compartido conmigo estudios, militancia, cama, mesa y mantel. Me calificaba de «zorro comunista, perro fidelista y cerdo chavista». Como soy un furibundo animalista y también zurdo, aquello me pareció un elogio y pasé la página. Tiempo después uno de esos sitios digitales que trafica con las desgracias de los cubanos, publicó una nota injuriosa sobre mi vida. Terminé de leerla seguro de la autoría que se escondía bajo un seudónimo y me felicidad por haber logrado convertir mi privacidad en un templo.
Lo cuento hoy a la luz de la cacería de brujas que se ha desatado en los Estados Unidos contra los emigrantes. Algunos cubanos, más trumpistas que Elon Musk, publican listas y nombres de compatriotas a los que acusan de haber colaborado con la tiranía y piden que los deporten y los humillen. Muchos de los indignados sufren, entre otras dolencias, de un Alzheimer temprano. Olvidaron su pasado aguerrido y antiimperialista en la Isla. A mi ex, por ejemplo, la conocí militando en la Juventud Comunista y la primera vez que visité su casa me pidió que no criticara nada de la revolución para que agradara a sus padres. Ahora reniega de esa autobiografía común y para colmo, lejos de aquellos sueños bonitos de ser grande, terminó en las manos, en la nómina ya las órdenes de una persona despreciable para todos los periodistas e intelectuales decentes. No debe ser fácil intentar superar las peñas del Grupo Orígenes y tener que conformarse con las perretas del Grupo Amargura.
Mi ex no lo sabe, pero mi militancia comunista se resistió poco más que nuestra relación. Los del Partido decidieron que no me admitirían por mi falta de ejemplaridad. Y les di la razón porque nunca he pretendido ser ejemplo para nadie más que no sean mi hijo, mi familia y mis amigos. Pero ese capítulo de mi vida no me hizo una persona diferente a la que yo era. A partir de ese momento decidí seguir ideas y no hombres. Me convertí a la izquierda autónoma que no va a reuniones ni recibe órdenes con disciplina partidista. Aprendí a escuchar ya respetar las opiniones del otro, sin dejar de defender las mías. Hola amigos de diferentes credos y saldos bancarios. Y me pasé la Gramática Española por el arco del triunfo. Esas decisiones me han permitido vivir, ser feliz y no dejar de reír, pese a todo y todos. Cuando repaso toda esta historia comprendo lo terrible que es el efecto corrosivo de la simulación. Pero siempre hay antídotos. No lo voy a escribir yo mejor que Kafka: «En un mundo de máscaras, es de valientes mostrar tu rostro real».
(Tomado del Facebook del autor)


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